La chica y el vínculo

Capítulo 37; Los frutos de un vínculo

—¿Por qué han de demorar tanto? —mencionó la colorada a la par que dirigía su vista a las afueras de Racktylern —, varias horas ya han pasado desde que partieron —comentó desengañada justo después de bajar la atalaya y dirigirse con pena hacia Dorete.

—Calma, jovenzuela... tenga fe, esos muchachos saben guiarse muy bien por el bosque —la alentó la anciana luego de llevar su mano en el hombro de Edith —, debieron atrasarse con el cargamento —dio una pausa —, por lo que dijo usted, pidió cien arcos y espadas, ¿cómo cree que cargarán con el fardo en un solo viaje?

La impaciente no contestó, el nerviosismo impedía que razonara con cordura. Aquella ofrenda podía significar solo dos cosas: Octabious en verdad había caído en su trampa, o ella en la de él.

Cuando esta pensaba demasiado en el rey, su mente le jugaba malas pasadas. Enojo, temor, inseguridad y rabia... una sopa de sentimientos a flor de piel que le impedían hablar, moverse o respirar con fluidez. Estaba paralizada, atada por las zarpas de un demonio con el cual aún no había luchado.

Y lo tenía más que asimilado. Cuando fuera el momento de combatirlo, saldría más que dañada.

Los minutos pasaron y la luz volvió a salir para Edith, quien se recomponía lenta pero seguramente a un lado de la atalaya. Cuando por fin tenía las fuerzas para hablar, lanzó una pregunta desprevenida.

—¿Y si ese hombre les hubo tendido una trama? —se alertó —, si llegase a lastimarlos, juro por mi vida que no tendré piedad.

—Calma Edith, eso no sucederá —intentó apaciguar sus inquietudes—, mis años de vejez confirman que ese hombre es una persona muy ocupada.

—La última vez que lo vi, iba en busca de un alce junto con sus lacayos, ¿a eso le llama usted estar ocupado? —bufó con ironía.

—Bueno... no he de creer que Octabious salga por tanto tiempo de su castillo —respondió —, por lo que comentan las voces, se pasa las noches hundido entre sus pertenencias en busca de algo que logre solver sus deudas.

—De igual modo, Dorete —dio una pausa, como si la ira se apoderara de ella y no la dejara hablar, pero se controló por un momento y pudo concluir la oración—, no logro sacarlo de mi mente, en verdad anhelo acabar con todo esto de una vez, pero no habré de lograrlo sin Alain, Milosh y los demás.

Sus ojos comenzaban a humedecerse por las lágrimas que estaban a punto de desbordarse.

—¿Y qué hará para ganar esta guerra de ideologías y diferencias, Edith? —se cuestionó la curandera.

—Haré que suplique piedad, se arrodille a mis pies para así redimirse de todos sus pecados —estalló furiosa—, pero no recibirá otra respuesta más allá del filo de mi espada en su oscuro corazón.

La longeva miró preocupada a la pelirroja pues, cuanto más el tiempo transcurría, más odio hacia el rey se apoderaba de su cuerpo y alma... pero ese odio, que en un principio era inocente y casi nulo, se estaba descontrolando y se veía fuera de lo normal, como si aquella doctrina que Edith buscaba disolver pasara a segundo plano.

—¡Edith! ¿es consciente de como dice las cosas, muchacha? Se parece más a él de lo que usted imagina —se opuso siendo más que directa, sin rodeos: no quería seguir fingiendo algo que no sentía... orgullo por la líder con la que convivía —, muchacha, usted me preocupa, ¡posee una criatura en su vientre! Una pareja, un hermano y a todo un pueblo siguiendo sus pasos —dio un suspiro y prosiguió—, no deje que sus tormentos tomen control de usted, ¡cuida no ser como la persona a quien desea acabar! Porque habrá de acabar con usted misma, querida —terminó su sermón.

La chica, al escuchar aquellas palabras tan duras y ciertas, comenzó a reflexionar muy profundamente de las cosas en las que estaba pensando. Allí, devastada, sentada en el frío y húmedo suelo del bosque, Edith quedó completamente sola. Y aunque analizara todo en voz baja, Dorete pudo darse cuenta de ello, y decidió dejarla a solas para que nada o nadie la interrumpiera.

Silencio fue lo que sucumbió en aquel lugar. Leves rayos de luz solar chocaban con el sollozante rostro pecoso de la señorita que, quieta y callada, comenzaba a dejar que los sentimientos que tenía dentro fluyeran para poder relajarse. Por fin y luego de tanto tiempo lo pudo entender: el odio profundo hacia una persona no era sano pues, cuando uno desea dañar y se empeña en hacerlo, termina siendo en lo que siempre odió.

Edith se dirigió hacia su cama y muy delicadamente se recostó para, seguidamente, cerrar sus ojos y escapar de la realidad que tanto la abrumaba, entrando en un profundo sueño del cual, luego de un tiempo, había sido interrumpido por Alain... pero fueron días enteros los que pasaron desde que Edith no salió de su cama.

Las náuseas y dolores aumentaban y la chica estaba a punto de colapsar, aquellos cambios tan bruscos eran antinaturales y aún no se acostumbraba. Cuatro días, cuatro días de reposo y sufrimiento, sin saber cómo iban las cosas en las calles de Racktylern.

Hasta que, por fin, esos cuatro días de dolor cesaron y ella logró ponerse de pie.

—Edith, querida—el muchacho de rubios rizos se sentó en el borde de la cama —, despierta —La alentó mientras llevaba su mano al brazo de la susodicha.

Abriendo sus ojos lentamente, la moza se encandiló con la luz que aun residía desde el vitral. Posteriormente, al haberse enterado de con quién hablaba, esta se levantó de un salto alegre y energizado. Todo el temor que sintió en un pasado se esfumó instantáneamente: Alain estaba allí, vivo y sano.

—¡Alain! —se abalanzó para otorgarle un abrazo muy fuerte—, ¿cómo os ha ido? ¿os habéis hecho con las cosas?

—Debes verlas con tus propios ojos, están guardándolas en la armería, vamos.

La pareja salió de la choza, tornando su rumbo hacia el lugar donde almacenaban todas las armas. Ya estando ahí, varias personas entraban y salían repetidas veces, cargando grandísimos sacos de cuero aparentemente pesados y con muchas cosas dentro.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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