La chica y el vínculo

Capítulo 46; Una batalla campal

Edith y Erriel continuaron su momento de amistad, y mientras descansaban, jugaban y reían, muchos soldados del bando de Racktylern deforestaban gran parte del bosque para hacer las plataformas. Tardaron bastante, sí, pero de a poco todo tomaba la forma deseada.

Troncos largos y gruesos eran acarreados y trasladados hacia done Milosh y Blazh, quienes se habían adjuntado a un grupo de leñadores para acelerar la creación de las trampas. En esa zona, los leños eran cortados, procesados y tallados para, posteriormente, acomodarlos perfectamente los unos con los otros, creando atalayas idénticas.

La población del bosque se vio fraccionada en varias partes. Unos derrumbaban árboles, otros movían los troncos y los últimos ataban firmemente los tablones con sogas para unificar las plataformas. De a poco y sin prisas, los hombres ya habían fabricado un total de diez atalayas.

Pero, luego de elevar dichas torres vigías, restaba la tarea más ajetreada de todas.

Subieron a los árboles y elevaron las grandes pilas de madera, ajustándolas a su árbol correspondiente, camuflándolas con vegetación y perfeccionándolas aún más para que fueran casi invisibles desde tierra firme.

De este modo, Racktylern pasó cuatro días consecutivos edificando tarimas y creando un corredor por donde suponían los enemigos iban a pasar. Momentáneamente, aquel claro del bosque se tornó en un embudo sumamente custodiado y protegido, donde muchos cuerpos enemigos caerían.

Entretanto,mientras la rebelión se preparaba para los posibles arremetimientos, el Reinodel Norte también se las ideaba para luchar.

Entretanto,mientras la rebelión se preparaba para los posibles arremetimientos, el Reinodel Norte también se las ideaba para luchar        

Extrañamente, Octabious no se había dignado a atacar en aquel periodo de tiempo. Todo estaba en calma, todo parecía una zona de paz... y eso comenzaba a extrañar a la líder de la aldea boscosa. Ni un rastro, ni una huella, ni un grito y ni mucho menos una voz, nada había allí más que el conjunto de sonidos del bosque y Racktylern. Pero, sin que la población de Edith se percatara de lo que estaba a punto de acontecer, el enemigo se preparaba para algo grande.

Octabious sabía que no podría ganar contra Racktylern si enviaba a su debilitado ejército de soldados. Tras el estúpido regalo que el hombre le había ofrecido a Elvira hace ya tiempo, el reino tenía una gran falta de armas en sus arsenales. Sin espadas, cuchillos, arcos o alabardas, aquel poderoso ejército de hace algunos años se veía sumamente débil gracias a la ambición y la lujuria de su rey.

Pero Octabious no era tan ingenuo, pues también tenía trucos bajo sus mangas, y con la ayuda de su amada Katerina, los planes macabros comenzaban a reaparecer en la mente del hombre y pedían con deseo ser efectuados.

La castaña le había advertido de algo, y era que ella sabía muy bien como derrotar a las tropas de Edith, y Octabious, en un desesperado acto por salvarse asimismo y a todas sus pertenencias, cayó ante la tentación y se dignó a cumplir los deseos de su amada.

—Amor mío, Octabious, ¿acaso quieres saber cómo acabar con las vidas de esas sucias ratas escurridizas? —preguntó Katerina un poco enojada, mascullando aquellas palabras y susurrándole al oído algunas casi inaudibles.

—Esas sucias ratas lograron demostrar que no son tan sucias, sino astutas, con un plan muy bien pensado —sollozó —, ¿Como no me hube percatado de que hay pelirrojos en mis tierras? Deimos, mi hermoso Deimos, ahora se ve amenazado por algo que no creo pueda detener —barruntó mientras llevaba sus manos a la cabeza.

—Tranquilo, amado mío, yo tengo un plan —confesó mientras rodeaba la cintura del hombre con sus brazos —, un plan mejor ideado que el de esas sabandijas.

—¿Y cuál es? —se cuestionó el hombre.

—Esos pelirrojos vienen del mismísimo averno, ¡súbitos de Belcebú y habitantes de sus penumbras! Necesitan un poco de lo que los creó para regresar a su profundo sufrimiento... fuego, fuego caliente y abrasador —entonó una voz algo aficionada, como si se interesara por aquel tema.

—¿Quieres que los quememos? —preguntó Octabious.

—No solo quemar, querido —explicó—, sino dejarlos sucumbir ante las llamas, enviarlos hacia donde pertenecen. Pulverizarlos, calcinarlos, achicharrarlos, y presenciar con nuestros gloriosos ojos el hermoso espectáculo que podremos tener —al decir esto, la mujer se ganó una traumática expresión por parte del rey.

De verdad, esa mujer estaba loca.

Pero esa locura no importaba para que el apasionante amor entre ellos dos se encendiera, y Octabious, como siempre, haría lo posible para no dejarla ir.

—¿Y cómo haremos que se quemen? —volvió a cuestionarse el hombre.

—No por algo esta región posee una mina repleta de azufre en el bosque donde ellos habitan. ¿No lograste ver la señal enviada por los astros? Cada cosa está en su lugar, cada cosa se enreda, una con la otra para que en algún momento de la vida proceda la catástrofe —dio una pausa para tomar aire y prosiguió —, si logramos acumular una gran cantidad del preciado azufre que nuestra región nos brinda, podremos avivar las llamas en Pocatrol.

Octabious quedó boquiabierto ante la lógica de la mujer. Muy pronto deberían efectuar ese plan, pues era simplemente perfecto, una forma de limpiarse las manos sin mover casi un dedo... el fuego los consumiría de a poco. Pero aquel plan necesitaba de un aspecto más para poder ser ejecutado, y era que Octabious desconocía el paraje de Edith y su gente.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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