La Corona Negra

Capítulo 3

Las islas centrales, eran llamadas islas Caeli por los extranjeros del este, dado a su forma estrecha y delgada. Después de todo, las islas Caeli eran un largo archipiélago que se extendía de norte a sur, aunque otros decían que en realidad eran dos archipiélagos, puesto que un grupo de islas estaba más alejada de las otras. Aquellas fueron las primeras en ser descubiertas hace 200 años, ya que se encontraban entre Isaura, la tierra de los ocho reinos y Killasumaq con sus cinco reinos. Al ser tan tranquilas y distantes, un grupo de monjes decidió establecerse en una de las islas, la cual llamaron Halia al ver como se reflejaba el sol en la montaña. Hace unos 50 años, en busca de regresar la paz al mundo, se planteó la construcción de una Academia donde nuevas generaciones dejarán la guerra y los rencores atrás, y fue construida en la isla Allen, reconocida por sus bosques y una colina perfecta para la gran estructura de piedra que sería la academia. Además, su cercanía con las islas vírgenes, lo hizo un lugar perfecto que permitía ampliar el campus.

 

Entre la neblina fue difícil visualizar el majestuoso edificio que se alzaba sobre la escarpada colina de la isla, no me pareció un lugar muy seguro para establecer una academia o cualquier otra cosa; pero, allí estaba a pesar de todo, oscura y un tanto gótica. Tuvimos que caminar casi que a ciegas, siguiendo unas farolas de luces que bordeaban el camino de piedras, que nos dirigía a la entrada principal de la institución. Sira, levantó un poco su vestido para evitar que fuera rasgado por el contacto con el suelo desnivelado, a mi me daba igual, me desharía de él en cuanto pudiera. Finalmente, llegamos a un ancho tramo de escaleras que nos llevaba a la gran puerta de madera y cristal, que lució demasiado débil para mi, nada seguro. Entonces, noté una capa de hierro oculta, probablemente deslizable, que en las noches de seguro era movida para cerrar aquella fortaleza.

Al entrar, nos esperaba toda una comitiva de bienvenida llena de sonrisas, en su mayoría falsas y muy ensayadas o demasiado naturales. No conocía a ninguno de ellos, así que me detuve en la gran recepción del lugar, después de atravesar la puerta. Solamente había dado cinco pasos adentro, acompañada por cuatro guardias que nos habían acompañado desde el desembarque, y mi hermana. Le di un vistazo y la encontré a mi lado izquierdo, observando a las personas que se preparaban para saludarnos.

—Bienvenidas, señoritas Sânge —se acercó el hombre más adulto con cordialidad y gran festividad. Tenía una ropa extraña que no lograba definir, probablemente las nuevas modas del mundo que desconocíamos por nuestro obligado aislamiento. Su barba gris iba en punta, no muy larga y demasiado arreglada—. Espero no haya sido un viaje muy exhaustivo —comentó—. Permítame presentarme… Mi nombre es Morgan de Montes, soy el director de la Academia Real del Archipiélago Central Illari.

—Su barba es interesante —dijo Sira, con una sonrisa amable que el director tomó con amabilidad.

—Gracias, siempre me esfuerzo por mantenerla uniforme —dijo, orgulloso—. Bueno, déjenme presentarles a los miembros del comité estudiantil. Por favor, vengan —dijo, y nos invitó a seguirlo, acción que realicé con recelo, mientras que mi hermana lo hizo gustosa.

—Este lugar es fascinante, me gusta su arquitectura —, mi hermana intentaba iniciar una conversación y el director le seguía la corriente de buen agrado.

—Oh, vamos, he escuchado que su castillo fue construido dentro de una montaña, hablan maravillas de su arquitectura —comentó y ella simplemente asintió, probablemente Sira ya no recordaba aquel lugar, yo apenas tenía algunos recuerdos borrosos.

Dos chicos y dos chicas esperaban al pie de una angosta escalera principal, la única en el lugar, la cual se encontraba en todo el centro y en el segundo nivel se dividía en dos que iban a los costados del gran salón de recibimiento. Parecía estar hecha de oro, con un color dorado intenso, que reflejaba la luz del sol.

—Chicos, les presento a sus nuevas compañeras, Sira Sânge y Crina Sânge —, mi madre se hubiera enojado al escuchar que presentaban a mi hermana primero, pero, según había escuchado, los extranjeros nombraban a los hermanos mayores al final.

—Lo de sus ojos es cierto —dijo, un chico de pelo negro y ondulado, que no dejaba de mirarnos con cierto miedo.

—¿Qué cosa? —le pregunté.

—Tonterías, no preste atención a ello… Killian, discúlpate con las señoritas —pidió el director al chico.

—Me disculpo, mi nombre es Killian de Montes —se presentó.

—Es mi sobrino y el delegado de actividades —añadió el director con una sonrisa, que mi hermana le correspondió.

—Mucho gusto —, la vi hacer una inclinación de cortesía con la cabeza, nos la habían enseñado unos prisioneros de guerra.

—No tiene que esforzarse con tantos modales, no estamos en un palacio —dijo, una chica de cabello castaño claro, con voz llena de autoridad. La vi observar a mi hermana, medía su valía, desde su porte, hasta su vestido, en el cual se detuvo en la parte baja, llena de suciedad por el camino—. Veo que han venido caminando desde el puerto —comentó.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: romance, magia, venganza

Editado: 17.06.2020

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