La Desconocida Asesina - El Precio De Ser Bella-

CAPITULO VII  “Emmanuela se mudará a casa de la próxima victima de la Desconocida”

En la casa de Felicia. De la nada los celos y la locura pueden llevar a Felicia a cometer muchos errores y también a perderse en un mundo donde lo único que queda es un universo dominado solo por su mente; pero quizás no sea de la nada sino resultado de algunas mentiras que están pos pisarle los talones. El Sr. Ángel no estaba sorprendido por la locura de su mujer, al saber que su hermana había vuelto de la muerte a la vida, en la sala el hombre, tranquilamente jugaba con sus hijos, le sorprendió que su mujer saliera de la habitación, cerrando violentamente la puerta, mientras se conducía a la sala aventaba todo a su paso, maldiciendo la existencia de su hermana.

— ¿Sabes que es lo peor? Ella lo miraba como si estuviese extrínsecamente de la realidad, como si por momentos mirase a su hermana en algún extremo de la sala, sonriéndoles y burlándose de su desastroso matrimonio; pero aun así su marido le decía—: Que de ti nada me sorprende, Felicia. Y alejándose de sus desvaríos, Felicia arremete contra su marido:

— Si vuelves con ella, te mato, mato a los niños y de último me mato yo.

 — Estás loca, de verdad lo estas, asustas a los niños, por favor hijos, váyanse a su habitación. Los niños se fueron corriendo, su madre quiso sostenerlos; pero ellos no se dejaron tocar por ella, le temían, sabían que ella sufría más que locura, eran problemas de bipolaridad e histeria, y a veces veía o escuchaba voces; pero en realidad era su conciencia al saber que más tarde que temprano se sabría su secreto.

— Estoy loca por ti, por tu culpa. Mira mis hijos, me temen, ¿Qué les dices? ¡Que me odien! Jamás te los llevaras si te separas de mí.

— Siempre has sabido que amo y amaré a tu hermana Emmanuela, ella es mi vida, tú, tú solo eres la madre de mis hijos, a la que nunca amé, la que se metió en mi cama, ¿Por qué? no yo lo sé, no sé porque lo hiciste y nunca te invité a mi cama, tú me amarraste a propósito y no me amenaces con mis hijos, que si tengo que meterte a un manicomio por ellos, lo haré, tu hermana y mis hijos son mi única razón de vida, por ellos soy capaz de todo. Sobre advertencia no hay engaño, eso era lo que Felicia debía comprender.

— Nunca te vas deshacer de mí, antes muerta, y para que yo muera, te mueres tu, nuestros hijos y yo. Endurecidamente Ángel se acerco a ella, y muy; pero muy cerquita de su rostro le decía:

— Te equivocaste con el que pretendes chantajear, en cuanto pueda me iré con Emmanuela, mis hijos siempre recibirán amor de mi parte; pero yo voy a ser feliz, voy a borrar todo el daño que tú me has provocado, no voy hacer más infeliz contigo, eso jamás volverá a pasar. Y ella, Felicia, sujetándolo agresivamente del pelo, practicando su habitual violencia domestica le gritaba:

 — Te odio y antes de que intentes irte, te mato o la mato a ella. Ay que ternura, me vas acusar de violencia domestica, eres un estúpido, aquí mando yo, a estas alturas no me vengas con que te vas apretar el pene y te vas amarrar los pantalones para ir y denunciarme porque te maltrato física y verbalmente, ay es que eres tan hombrecito que te da pena denunciar que una mujer te pega, y a esa, la voy a matar. Se burlaba de él; pero  Ángel estaba preparado para todo:

— Le tocas un solo pelo y seré yo quien te mate, ella es mi vida es mi princesa, así fuese una criminal, la amaría y mataría por ella, así que ojo, no me retes, si todo este tiempo me has pegado, no es porque seas más fuerte que yo, sino porque yo no estoy hecho para pegarle a una mujer, por muy mula que sea.

— Pobre y estúpido, no me conoces, eres mi marido, imbécil, y aún no sabes qué clase de perra soy. Increpaba Felicia, seguidamente le decía—: No te defiendes de mis golpes, por cobardía, por poco hombre, no porque no quieras pegarme, si se nota que me desprecias y desearías dejarme el ojo morado como te lo dejo yo. La intensa pelea de los esposos puede llevarlos a caminos insospechados, donde la carta al final puede ser la muerte de ambos, y eso lo demostró Felicia cuando sin que él se lo esperara le dio una bofetada, seguidamente unos puñetazos de esos que daría un buen peleador, nuevamente Ángel terminó siendo golpeado y con el ojo morado, a escondidas sus hijos los veían pelear, eran ellos los que solían contarle a la abuela María del Carmen sobre las incontables peleas de sus padres, y de las palizas que Felicia le propiciaba a su marido.

Más tarde en el Bar el Chaparro. Las seis mujeres y La Desconocida provocaron la pasión animal de muchos hombres que había en ese lugar, hombres de disímiles edades, que ni siquiera se les cruzaba la idea de qué había llevado a esas mujeres a ese lugar.

— Desconocida, traes nueva mercancía. Le decía el cantinero.

— Estúpido, ellas son mis amigas, no mercancía. Y me entere que otro es ahora el dueño de tu bar.

— ¡Hola! Que linda se ve, señora. Le decía el cantinero a la señora Celia.

— Seguro. Contestaba Celia, sintiendo un gusto por el hombre.

— Pocas personas son las que llegan a conocer mi verdadero nombre; pero para usted, mi nombre es René. Le murmuraba el cantinero, que tal parecía estar encandilado con la hermosa señora Celia, vaya, que el amor no tiene límites de edad para anidar.

— ¿Le gusto? Le preguntó ella, pues; no tenía esos tiempos para andar con arrumacos, rápidamente el cantinero René le dijo:

— Pues sí, para que le miento, está usted como quiero que esté una señora de verdad bella, me aventaría a vivir una aventura bien chévere con usted.



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Editado: 02.11.2020

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