La donante *ya a la venta en físico*

Capítulo 2

 

Siento el impulso de tirar el trozo de papel al bote de la basura. No lo necesito. Los odio. Jamás podría darles mi sangre, sin importar cuál sea el caso. Pero ¿y si lo tiene? ¿Y si ella lo tiene? ¿Qué haría? ¿Entregaría mi sangre? No tenemos dinero, no podríamos pagar el tratamiento necesario para salvarla. No, ella estará bien. Tiene que estarlo.

―Gema. ―Miro a mi madre, quien despacio se acerca a mí. Oculto rápidamente el pedazo de papel entre mi ropa y sonrió. No quiero que note mi inquietud y se preocupe. Tengo que estar fuerte para ella.

―¿Listo? ―Solo quiero salir de aquí cuanto antes. Asiente, pero descubro que el medico viene detrás de ella.

―Me gustaría hablar contigo un momento ―dice dedicándome una mirada extraña. El miedo recorre mi cuerpo. «¡Por favor que no sea lo que estoy pensando! ¡Por favor, no!».

―Si ―balbuceo torpemente.

―Acompáñeme. ―Mi madre me mira, acomodándose en uno de los banquillos.

Le sonrió de nuevo y sigo al hombre. «¡Dios, por favor no!». Mi corazón late rápidamente y trato de convencerme que solo desea darme alguna recomendación. «Si, solo es eso».

Entramos al que parece ser su consultorio. No me pide que me siente, se queda de pie a mitad de la estancia y yo junto a la puerta. Su comportamiento me inquieta.

―Por favor, sea sincero ―suplico con el alma en un hilo. Me observa sin dejar de frotarse las manos con un pañuelo.

―De acuerdo. Hay muchas posibilidades de que sea el virus R ―¡No! ¡No puede ser! Siento como si la tierra se abriera bajo mis pies. Esto no puede ser, no puede estar pasando―. Ya he enviado las muestras de sangre al laboratorio, pero temo que presenta los síntomas.

―Pero... su tono de piel... y... ―Niega.

―No siempre se presentan todos los síntomas en los pacientes. Sin embargo, los vómitos, la debilidad, falta de sueño, son los principales indicios. ―¡No!

―Entonces...

―Necesita tratamiento. Parece que aún está en la fase inicial, así que puede salvarse ―¡Tratamiento! ¡Dinero!

―No tenemos dinero ―murmuro. Me mira con lastima y sacude la cabeza.

―Intenta conseguirlo o... ―deja la frase inconclusa, siento crecer el nudo en mi garganta. Mi madre podría convertirse en un repudiado. Necesito dinero.

«¿Por qué ella? Esto es muy injusto». Desearía gritarle que todo es por culpa de esos malditos. Ellos, solo ellos. Pero estas personas están de su lado, trabajan para ellos. No conseguiría nada haciéndolo. «¡Malditos! ¡Mil veces malditos!». Respiro profundo reprimiendo las ganas de llorar y de gritar hasta quedarme sin voz. Mi madre espera por mí afuera, no quiero preocuparla. «Contrólate, Gema».

―Ella… ¿Lo sabe? ―Sacude la cabeza de nuevo.

―Es mejor no alterarla. Así que le he dicho que es una infección estomacal y que necesitamos descartar otros padecimientos por eso se le han hecho pruebas.

―Entiendo.

―Inténtalo. Podemos salvarla ―¿Intentarlo? Llevamos años intentado sobrevivir y ¿él pide esto? No tiene idea, realmente no la tiene.

No digo nada. Salgo al pasillo y veo al enfermero. Él ha mencionado el tratamiento, pero...

―¿Cómo ha ido todo? ―pregunta mirándome curioso. «Lo sabe. Sabe de mi madre». ¿Por qué si no ha dicho todo eso?

―Mencionaste que había una forma de conseguir el dinero para el tratamiento. ―Asiente esbozando una sonrisa perversa―. ¿Cómo? ―formulo la pregunta que deseaba a toda costa reprimir.

―¿Has escuchado hablar de los donantes?

«¡Los donantes! ¡Lo sabía! Sangre. Dar mi sangre».

―¿Quién no? ―digo con sorna―. ¿Entonces...?

―Si. Podrías ganar no solo para el tratamiento de tu madre, también para ayudar al resto de tu familia. ¿Qué dices?

Es un hecho que quienes dan su sangre mejoran su vida. Pero, no lo sé. No sé si puedo hacerlo, porque desde luego que no quiero hacerlo. Toda mi vida les he odiado, he deseado su muerte y justo ahora me pide que los alimente. No, imposible.

Paso junto a él, sin mirarlo ni responder. Estoy sumida en mis pensamientos. No puedo. Simplemente no puedo hacerlo, pero entonces ¿de dónde sacare el dinero que necesitamos? Nadie de nuestros conocidos tiene dinero, mi padre podría pedir un préstamo, pero sería poco, tampoco puedo pedirle a Aldo. ¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

―Solo piénsalo. Podrías salvarla ―susurra mientras me alejo.

No quiero pensarlo, no deseo hacerlo.

 

Ninguna de las dos dice nada. Caminamos por la calle rumbo a la casa. Continúo dándole vueltas al asunto, buscando desesperada una solución. ¡Sangre! Solo eso. Parece poca cosa, pero la idea me resulta repugnante. Me pregunto qué diría Pen al respecto. ¿Qué habría hecho en esta situación? ¿Seguirá con vida? Después de que sus padres murieran, no volví a verlo. ¿Estará formando su ejército como prometió? Ojala estuviera aquí.

―¿Qué debería preparar de comer? ―pregunta entusiasmada mi madre, haciendo que la mire.



Isela Reyes

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En el texto hay: vampiros

Editado: 24.09.2018

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