La donante *ya a la venta en físico*

Capítulo 4

 

¡Un fundador!

No tengo dudas. El rojo de sus ojos es el mismo, ese que busco siempre, pero no solo eso, la intensidad de su mirada es idéntica; así como también desprende una extraña sensación que parece hechizarme. Es como aquel vampiro que conocí cuando era una niña, solo que este es más joven, demasiado, podría ser solo un par de años mayor que yo. Su rostro es perfecto, sus rasgos finos y delicados, pálido y una expresión imperturbable. Me observa fijamente desde la puerta. «¿En qué momento la abrió y como es que no lo he escuchado?». Su pie se mueve y el mío retrocede instintivamente, pero no puedo ir más allá.

―No te muevas ―susurra con voz sutil. «¡¿Qué es esto?! No puedo moverme».

Antes de que pueda decir algo, su mano rodea mi cintura manteniéndome inmóvil, mientras su oído descansa sobre mi pecho. «¿Qué está haciendo?». Quiero gritar, salir corriendo de este lugar, pero no puedo. Me siento abrumada por su cercanía. «No eres tan valiente ¿eh?», Lina tiene razón, no lo soy. Estoy temblando y a punto de echarme a llorar―. Me gusta su sonido ―murmura haciendo que mi corazón aumente su ritmo y eso hace cambiar su expresión. No llega a mostrar una sonrisa, pero es menos indiferente.

Ahora comprendo lo que todo el mundo dice de ellos. Son extraños e intimidantes, verdaderamente intimidantes. Pero sobre todo, rápidos. Ni siquiera he visto cuando se movió. «¿Qué tan rápidos son? ¿Por qué mi cuerpo parece pesar demasiado? ¿Por qué no puedo moverme?».

De la misma forma como llegó, se aparta. Ahora se ha instalado en una de las sillas, del otro extremo de la mesa. Su actitud emite demasiada seguridad y tranquilidad. Lleva un medallón en el cuello, con una piedra roja, casi del mismo color que sus ojos. Su vestimenta es completamente negra e impecable. Lleva una gabardina de algodón y una camisa lisa que cubre su cuello, así como unos pantalones rectos que hacen juego con sus zapatos, que parecen de piel. «¿Así que para eso trabajamos tanto? Para que ellos disfruten y no se ensucien las mano», pienso con malestar.

―Ponte cómoda. ―Su voz parece una orden, que mi cuerpo acata sin que mi cerebro lo apruebe. Me acomodo sobre una de las sillas, entrelazando mis manos sobre mis piernas. Debería salir corriendo, pero ¿podría escapar? No, sin duda me retendría. He visto o mejor dicho, ni siquiera he visto sus movimientos, no podría con eso―. Supongo que conoces los términos del trato, ¿verdad? ―¿Trato? ¿De qué está hablando? Frunzo el ceño y niego porque realmente no lo sé―. Eso imagine. ―Apoya las manos sobre la mesa y echa ligeramente el cuerpo hacia el frente―. Estoy interesado en que trabajes para mí.

―¿Trabajo? ―No comprendo.

―Si. Como mi donante personal.

―Eso no es un trabajo ―replico saliendo de mi aturdimiento y por primera vez su rostro rompe la apacibilidad que mantenía.

―¿Acaso no has presentado solicitud? ―¿La muestra de sangre? Por un instante me he olvidado de ello. ¿Qué estás haciendo, Gema? Esto es por mi madre. Me aclaro la garganta y me muevo sobre el asiento.

―Si ―digo intentando sonar segura. Asiente y de nuevo su rostro adquiere esa tranquila expresión.

―Debes de saber que las condiciones son distintas al resto. No es bueno que entres y salgas del muro, eso levantaría rumores ―¿Adónde quiere llegar? Paso saliva imaginando sus siguientes palabras―. Así que preferiría que te instalaras aquí.

―¡¿Qué?! ―Mi voz es un gritillo estrangulado. Me obligo a mantenerme pegada a la silla, para no salir corriendo―. ¿Aquí? ―pregunto moderando mi voz.

―Como he dicho. Es una manera de evitar especulaciones. Además, necesito que estés disponible y sobre todo, asegurar que no enfermes.

―Eso... ―Mueve la cabeza y por un instante veo un atisbo de molestia en sus ojos.

―Acabo de decirte que las condiciones son distintas a lo acostumbrado. Comenzado por eso.

Hago a un lado mi desconcierto y malestar, repitiéndome que lo más importante es la salud de mi madre.

―¿Qué más es diferente? ―Ladea su cabeza y me recorre con la mirada. Sus ojos están en mi cuello confirmando mi temor. Esta vez me levanto provocando un sonido desagradable al empujar la silla hacia tras.

―No lo sabias ―afirma apoyando la espalda en el respaldo―. Está bien si deseas marcharte ―su tono de voz es similar a un suspiro de decepción―. Parece que la persona que te ha traído, no te ha explicado de la forma correcta ―Doy un paso hacia la puerta, pero me detengo.

«Necesito ese dinero. No hay otra forma de conseguirlo, no al menos antes de que sea tarde».

Ahora entiendo porque debo quedarme dentro. Si alguien me viera con la marca sabría que esta fuera de la ley. Levanto la mirada y lo observo.

―¿Eso no va en contra de las leyes?

―Sera un trato entre tú y yo, y nosotros pondremos las reglas ―Paso de nuevo saliva.

Imaginar su boca en mi cuello me resulta repugnante. No creo poder ser capaz de soportarlo.

―Yo…

―Esto es fácil. ―Lo miro sin creerlo―. Tú me das tu sangre y yo a cambio, te doy lo que desees ―Se incorpora sin apartar la vista de mis ojos y sin acercarse―. Ahora, Gema, dime ¿qué es lo que deseas?



Isela Reyes

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En el texto hay: vampiros

Editado: 24.09.2018

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