La donante *ya a la venta en físico*

Capítulo 7

 

Tarde o temprano pasaría. Yo lo sabía y también era consciente de que no podría dar marcha atrás.

«¿Desde cuando eres tan cobarde Gema?».

Suspiro y evoco el temple de mi padre y la fortaleza de mi madre. Ellos han hecho muchos sacrificios por mí. Hacen cosas que no son sencillas, como trabajar más de 8 horas en una fábrica de acero sin descanso por un sueldo mínimo, hacer malabares con la despensa y buscar trabajos de limpieza en las casas del centro en busca de ingresos extras. Ellos han hecho mucho por mí. ¿No puedo hacer esto por ellos? Si, si puedo.

Obligo a mi cuerpo a moverse y salir de la cama. No es momento para acobardarse. Suspiro un par de veces más, intentando controlar mis nervios. Me recojo el pelo en una coleta y tomo el primer vestido que encuentro. No me miro al espejo, pues no deseo dar marcha atrás al ver mi imagen, que me recordara lo sucedido. Salgo de la habitación y me dirijo al comedor. Cruzo el pasillo y desciendo la escalinata. Ahí está él. Me observa mientras desciendo. No le tengo miedo después de anoche, pero no estoy segura de lo que siento al verlo. Lo primero que noto, es que no hay colmillos intimidantes y su mirada parece tranquila. Algo muy distinto a lo que vi. Además de que su rostro tiene un tono menos pálido, al igual que sus labios que lucen ligeramente rosados. Parecen haber cobrado vida.

―Toma asiento ―dice con voz tranquila, al darse cuenta que me he quedado inmóvil en el último escalón. Bajo la mirada, avanzando hasta llegar a la silla. Me acomodo torpemente y un segundo después, Irina coloca un plato delante de mí―. Es algo ligero ―explica con la mirada en su copa―. Te sentara bien para el estómago ―«Sabe que vomite». No sé cómo lo hace o si es por ellas que sabe todo lo que ocurre. Eso es algo que no me gusta―. No has comido nada en todo el día. ―Levanto la vista y nuestros ojos se encuentran. Un nudo se me forma en el estómago y por primera vez bajo la mirada, huyendo de la intensidad de sus ojos carmín. ¿Qué me pasa? ¡Puedo hacerlo!―. Puedes irte si lo deseas.

―Voy a quedarme ―susurro levantando la mirada de mi regazo e intentando parecer segura. Su rostro apacible hace difícil adivinar sus pensamientos. No puedo saber que pasa por su cabeza y eso me llena de incertidumbre.

―Sabes que puedes irte cuando lo desees ―repite. No lo creo, aunque lo asegure. O tal vez lo haría, pero eso significaría que su dinero y su ayuda también se irán.

―Lo sé. Pero tenemos un trato y pienso cumplirlo. ―Es lo único que se me ocurre decir.

―Come. ―Retira la silla y se marcha. Suspiro aliviada cuando la sensación de inquietud que me provoca desaparece. Aun no me sobrepongo, ni siquiera puedo mirarlo, pero debo hacerlo. Tengo que hacerlo.

 

No sé qué ocurre, ni donde me encuentro. Estoy en una habitación fría y oscura. No puedo moverme y me duele demasiado el cuerpo, creo que tengo rotos los huesos. Escucho el llanto de alguien. Alguien a quien yo conozco y que quiero ayudar, pero no puedo hacerlo. Estoy desesperada, tengo miedo, un miedo que se esparce por todo mi cuerpo.

«Viene por mí, viene por mí», pienso desesperada.

Ese pensamiento se repite en mi cabeza. ¿Quién viene? ¿Quién llora? ¡No entiendo nada!

La puerta se abre y una sombra se proyecta contra la pared. Es un hombre. Pero no puedo verlo, mi postura no me lo permite y no puedo girar mi rostro.

― ¡Eres tú! ―Susurra una voz siniestra que me paraliza. Es el fin...

Me incorporo de golpe sobre la cama. «¿Qué fue eso?». Me llevo la mano al pecho, intentando respirar. No sé qué ha pasado. Tengo el rostro empapado de sudor y mi cuerpo tiembla. «¡Una pesadilla! Ha sido solo una pesadilla». De pronto soy consciente de algo. «¡Está aquí!». Levanto la mirada y distingo sus ojos entre las sombras.

―Gema ―susurra mientras se acerca, paso saliva y retrocedo hasta golpear la cabecera de la cama con mi espalda.

―¡No te acerques! ―chillo histérica. Las imágenes del sueño y el recuerdo de su boca sobre mi piel me provocan pánico. No quiero que lo haga ahora, no quiero que me toque.

―Todo está bien ―musita con voz tranquila.

―¡No! ¡No lo está! ―protesto moviendo la cabeza, cubriéndome con la manta.

―Gema. ―El sonido de su voz tiene algo extraño―. Calma, todo está bien. ―Es como si diluyera mi miedo―. Ven ―pide extendiendo su mano hacia mí.

Mi cuerpo obedece, a pesar de que no lo quiero cerca y de que mentalmente no he procesado la orden. Me arrastro entre las sabanas y bajo de la cama. Mis pies descalzos avanzan lentamente, hasta que estoy frente a él. Es la primera vez que estamos tan cerca y que no me cohíbe su mirada. Puedo ver su rostro perfecto y notar lo alto que es.

―Tranquila ―susurra deslizando su mano por mi rostro. Suspiro al sentir su piel fría, pero por alguna razón, me resulta agradable su caricia. Da un paso y sus brazos me rodean, impregnando mis pulmones con su aroma―. Todo está bien ―dice con dulzura mientras me toma en brazos y se asienta sobre la cama. Acunándome como si fuera un niño pequeño. Debería tener miedo, pero no es así. Su cercanía, su olor, su mirada, su voz, todo me resulta reconfortante, es como si aliviara mis temores―. Estoy aquí, descansa. ―Mis parpados se cierran casi al instante y de pronto el sueño me reclama.



Isela Reyes

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En el texto hay: vampiros

Editado: 24.09.2018

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