La Hechicera de los Cristales

Capítulo III: Soñando con cristales

Querida mía, tu futuro es igual de brillante que un cristal.

Regresé a la pequeña habitación de motel en la que había despertado. Los restos del señor congelado ya se habían derretido para entonces, mezclándose con la sangre. 
Cerré la puerta con seguro. Moví algunos muebles que se encontraban por ahí para bloquear la puerta aún más. 
Me senté en el borde de la cama y miré hacia abajo, observando mi reflejo: parecía una loca. Mis castaños cabellos estaban alborotados y mis ojos estaban bien abiertos. Mis labios estaban resecos y tenía gotas salpicadas del rojizo líquido por todas mis mejillas.
El momento se vió interrumpido por un rugido en mi estómago. Caminé apresuradamente al refrigerador; me estaba muriendo de hambre y solo me encontré con latas de alcohol y agua embotellada.Sin éxito, decidí darle un vistazo a unos estantes que estaban por ahí, encontrando sopa instantánea. 
Prendí la pequeña y oxidada estufa y calenté agua. Una vez lista, le eché la sopa, y ni siquiera esperé a que enfriara. 

Fui al sofá que estaba en medio de la habitación y me recosté a descansar.

Soñé. Soñé con mi madre. Esta vez se encontraba de espaldas. Me acerqué rápidamente hacia su dirección, le toqué el hombro y ella volteó—. Bruja—dijo mientras se quemaba.

Desperté agitada y llorando. No podía asimilar que mi madre había fallecido. Evitaba imaginar sus restos cubieros por escombro y nieve, postrada en la cama aún.

Entre lágrimas volví a dormir.

Soñé. Soñé con un cristal. Un cristal anaranjado que se veía a lo lejos, sobre una montaña a las afueras de la ciudad. Irradiaba calor, tanto como un volcán. Podía oír como me susurraban algunas voces distorsionadas.

Desperté y miré a un reloj circular colgado en la pared, marcaban las 4 de la madrugada, empapada en sudor me levanté. «¿Cuál será la desgracia de hoy», pensé.

Caminé hacia la alacena abundada de sopas, agarré cuantas pude y las eché a mi mochila. Abrí el refrigerador, haciendo lo mismo con las aguas embotelladas. «Quién sabe cuando vaya a volver a comer», justificaba.

Encendí la televisión y puse a calentar agua para desayunar—. Una bruja está suelta. Ocurrió ayer por la madrugada. Testigos dijeron que vieron como una joven bruja arrebató, sin piedad alguna, la vida de decenas de personas. No salgan de sus casas, seguiremos informando...—Fue lo primero que escuché de la TV. Mis ánimos cayeron al suelo, está demás el explicar porqué. «Ahora soy una asesina», me culpaba.

La miserabilidad y la soledad me invadieron, nunca había sentido algo así, apesar de que mi madre no hablara, nunca me sentí sola. Por otro lado, ¿realmente era necesario el haber matado a todas esas personas? ¿Me detuve a pensar si tenian familia o no? ¿Si los hijos de los padres que asesiné los esperaban con ansias en pijama, listos para escuchar su cuento y su beso de las buenas noches? 
Me sentí atrapada por paredes transparentes, como encerrada en un cristal sostenido por mi tiranía.

Los cristales eran mi consuelo. Lo único que me motivaba a despertar cada mañana era cumplir aquella misión encomendada que apenas emprendía. Tenía una motivación gracias a la llegada de los cristales.

Antes de salir me quedé mirando hacia la habitación. La habitacion en la que el nombre de asesina se me grabó. La habitación que, probablemente sería el último lugar con cuatro paredes donde dormiría.



Johan Cinnamon

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En el texto hay: tragedia, magia y amor, magia negra

Editado: 16.04.2018

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