La Justicia De Los Nadie

Los Rhenals

A los Rhenals no les gustaba tomar la iniciativa cuando de conversaciones se trataba. Preferían esperar a que se dirigieran a ellos primero para después responder. Eso les aumentaba el ego y los hacía sentir más importantes que el resto. Sin embargo, en esta ocasión fue diferente. En el pueblo no había un hombre más respetado y casi temido que “Bigotes”, y Gustavo lo sabía. No era porque tuviese más dinero que todos, ni porque fuese peligroso… era porque el hombre, aunque modesto, guardaba un profundo conocimiento acerca de todo y sabía persuadir a sus opositores intelectuales para tener la razón cuando realmente no la tenía.

—Ni falta que me hacía saberme vivo, Rhenals. En Ramillete todos estamos muertos.

Gustavo se estremeció con la respuesta de Juan. En primer lugar, no esperaba respuesta; en segundo, lo que dijo le pareció absurdo.

—Pero qué dice. Si en ningún lugar del mundo hay más vida que en Ramillete.

—…Y lo dice usted, que sabe más de muertes que yo mismo.

Gustavo carraspeó.

—¿A qué se refiere, Bigotes? Cuide sus palabras, señor.

—A nada en concreto, Rhenals. Es solo que me sorprende la tranquilidad con la que usted habla de vida, cargando en sus hombros la muerte de tantos.

Hubo un silencio prolongado. Un cuervo se posó en la cima de la balanza y picoteó el oxidado metal.

—Calle su boca, Juan. Calle su boca.

Bigotes se rió y sacó dos puros del bolsillo. Encendió uno y le ofreció el otro a Gustavo, quien lo recibió en señal de reconciliación.

—Tiene que admitir que sus hijos no son ninguna perita en dulce, viejo— dijo Bigotes.

—Hombre, solo saben hacerse respetar.

—Claro, matando gente.

—Mis hijos no son ningunos asesinos. Qué se yo lo que dice la gente, pero tenga cuidado con lo que dice usted, viejo pendejo.

Bigotes sonrió esta vez, lanzó el tabaco casi entero al suelo y lo aplastó de un pisotón.

—Gustavo, en Ramillete no hay nada oculto y mucho menos para mí. Lo que se cuenta de sus hijos no está lejos de ser verdad, o ¿ya se olvido de la hija de los Bermúdez?

Rhenals fingió toser, se puso en pie y apagó el puro en uno de los costados de la balanza.

—Usted no sabe nada, señor— y se marchó del lugar sin esperar respuesta.

Juan Bigotes se quedó sentado en la banca, cruzó sus piernas, se abotonó un botón suelto de la camisa y sonrió después.

“Esos Rhenals, creen que el mundo gira en torno a ellos y que siempre van a salirse con la suya, pero algún día…” pensó.



Roger L. Chico

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En el texto hay: misterio, venganza, persecuciones

Editado: 01.04.2020

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