La Justicia De Los Nadie

La vida es esto

La señora de Bermúdez, Eva, atizaba el fuego para montar la olla quemada en la que prepararía, como de costumbre, la sopa de plátano verde recién cortado que tanto le gustaba a Felicio. Tenía ojos cansados, como los ojos de aquellos que lloran durante horas, días o tal vez años. Sus manos expresaban la experiencia de una mujer a la que le había tocado sobrevivir para seguir en pie. También tenía algunas contundentes arrugas entre ceja y ceja, que la hacían lucir enojada aunque estuviera del mejor ánimo.

—Abuela, mire.

La voz de la pequeña Camila robó la atención de la señora Eva. Señalaba al cielo con uno de sus dedos y sonreía. La anciana dejó su labor por un momento, quería ponerle atención a su nieta. Sentía que le debía eso a la vida, porque por la poca atención había perdido cosas preciadas, como a su hija Lola, la madre de Camila.

—Dime hija, ¿qué es lo que ves en el cielo?

—Esas nubes, abuelita. Tienen formas de animalitos.

Camila tenía seis años. Su imaginación empezaba a crear conceptos y su cabeza a llenarse de cuestionamientos. Los niños comunes empezarían a preguntar desde años aun más prematuros, pero Camila no era como el resto de niños. Ella había crecido rodeada de vegetación, gallinas, perros y animales de monte junto a sus abuelos, y había preferido callar sus incógnitas. Era taciturna, pero desde el descubrimiento del cuerpo de su madre, la pequeña se había convertido en una persona mucho menos sociable. Nunca presenció la escena y ni siquiera pudo ver a su madre por última vez a través de la ventanilla del féretro, pero ella sabía lo que pasaba aunque tuviese cuatro años y todo el mundo pretendiera resguardarla de la realidad.

Aquella mañana, la señora Eva le vistió con un trajecito color blanco, el mismo con el que años atrás había vestido a su Lola, como solía llamarle. La mujer la miró con detenimiento antes de decir cualquier cosa, pues no pudo evitar recordar, su Lola estaba ahí, resucitada en sus años de inocencia a través de Camila. El corazón de Eva no pudo abstenerse de sentir y las lagrimas, amigas fieles de su vida, surgieron espontaneas deslizándose rápidamente hasta perderse en una sonrisa de satisfacción que ninguna de las dos notó. Eva sentía que la vida le había regalado una segunda oportunidad para reivindicarse y que su Lola, tal vez, intentaba manifestarse en la pequeña para minimizar su ausencia. Nadie podía convencerla de lo contrario, pues desde el suicidio de Lolita, Eva había desarrollado una extraña obsesión por la niña, quería protegerla a como diera lugar, protegerla, inclusive, de los malos sentimientos.

—Mi niña, tienes mucha imaginación—dijo con ternura.

 

Mientras tanto, El señor Felicio regresaba de una jornada dura, caminaba lento a través de un estrecho sendero cargando en su hombro derecho dos canastillas repletas de mangos recién cosechados. Traía también la mente llena de preguntas y el corazón contristado; Sabía, en el fondo, que su nieta se alegraría al saber que su abuelo le había llevado mangos, pero le confundía el recuerdo, porque la reacción de Camila era exactamente igual a la de Lola, quien solía correr en círculos a la noticia de que papá le había traído frutas.

Sus ojos, acostumbrados a descubrir el mínimo detalle en su entorno, notaron una serpiente enrollada al borde del sendero. Estaba a unos quince pasos de llegar a ella y su instinto de defensa se activó por un instante. Se detuvo y bajó con cuidado las canastillas. Con lentitud sacó el machete de la vainilla hecha de hilos que le había tejido Eva alguna vez, luego empezó a acercarse más. Uno, dos, tres pasos. La serpiente lo había olido desde hacía rato, pero se mantenía quieta, y justo antes de llegar a alcanzar una distancia prudente, o más bien un tanto imprudente para atacarla, Felicio se detuvo a pensar.

“Tantas veces que he visto esto y ahora me sobresalto. No puedo evitar comparar este camino con mi propia vida. Y esa serpiente, acechante, vestida con una piel brillante y colorida, que podría llamarse bella, es como aquellas personas de mal haber que solo nos han hecho daño desde siempre. Ahora que lo veo, entiendo lo vulnerables que todos ellos resultan ser en realidad. Los Rhenals… cómo me gustaría tener la certeza de que si con decapitar a este animal los decapitaría a todos ellos de una vez por todas, pero nada gano. La serpiente muere o yo en el intento, pero ellos seguirán en pié, haciéndonos la vida imposible”

 

Escupió a un costado mientras divagaba, y la serpiente siseó; sin embargo, al escapar de sus propios pensamientos prefirió volver a guardar su machete. Recogió sus canastillas, rodeó al animal haciendo el menor ruido posible y continuó su paso.

Para los Bermúdez el tiempo no existía, no tenían nada que se los recordara, ni un reloj de pared y mucho menos un televisor. La radio que Felicio había conservado por años ya había caducado y solo les quedaba suponer. Se guiaban por el canto de los gallos o la puesta del sol. Se habían acostumbrado a vivir así y le daban poca importancia. Por eso Felicio tardó mucho menos de lo que pensó en llegar a casa.

Lo esperaban sus dos únicas motivaciones. Eva lo recibía con un beso, siempre que él regresaba de cualquier parte, y Camila solo saltaba de regocijo al sentir la voz y la presencia de alguien más en la pequeña casa.

—Te traje algo que te va a gustar, mi niña.

La pequeña no esperó a saberlo y saltó con ahínco intentando alcanzar las canastillas, mientras que sus abuelos reían de orgullo. Al notar que eran mangos empezó a correr en circulos, justo como lo hubiera hecho Lola.

 

                                               ***



Roger L. Chico

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En el texto hay: misterio, venganza, persecuciones

Editado: 01.04.2020

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