La mariposa oscura

Capítulo 19

Ya han avanzado durante horas cuando el Sol los alcanzó iluminando el oscuro bosque. El paisaje que anteriormente parecía dormido se levantó ante los cálidos rayos dejando que la escarcha nocturna se repitiera como lágrimas de una tristeza pasada. El verde pasto y las flores se mecen con suavidad tratando de alejar el frío de aquella mañana.

 

Alejandra sentada a una distancia de Iván se dedica a observar los enormes árboles cuyos ramajes parecen invadidos de una tranquilidad envidiable. Observó con cautela el serio rostro de Iván que no aleja su atención del camino. Apretó las piernas con angustia, ante una imperiosa necesidad humana que la está desesperando.

 

—¿Podemos detenernos? —señaló rompiendo el silencio que llevaba horas rodeándolos a ambos.

 

Iván no la miró, siguió su camino ignorándola.

 

—Tengo hambre ¿Puedes detenerte? —volvió a interrogarlo con su corazón latiendo inquieto.

 

—No podemos —le respondió secamente y sin mirarla—. Si quieres comer puedes hacerlo sin necesidad de que nos detengamos.

 

Apretó el vestido que lleva encima presa de la angustia desesperante que la agobia. Su necesidad de detenerse es algo que ni ella misma puede controlar. Apretó los ojos suspirando apesadumbrada.

 

—No me interesa, detente ahora —reclamó.

 

—No lo haré y ahora guarda silencio —Iván suspiró con fastidio y apretó las riendas de los caballos dispuesto a seguir el camino, no está acostumbrado a que alguien desobedezca sus órdenes e insistiera en llevarle la contraria, eso lo molesta.

 

—Por favor —le suplicó.

 

—Que no —sonrió divertido al escucharla como le imploraba que se detuviera.

 

—Solo un minuto...

 

— No.

 

—¡Maldito hijo de fruta, necesito que te detengas ahora, estoy a punto de orinarme! —gritó sin control con los puños apretados y enrojecida por la rabia.

 

Al notar la expresión de sorpresa de Iván que ahora la mira fijamente y que comienza a sonrojarse se dio cuenta de su poco tacto enrojeciendo de vergüenza. Iván no deja de mirarla, realmente no se esperaba esto, nunca se lo hubiera esperado de una mujer, pero le pareció tan inocente y tonta que quiso reírse pero evitó hacerlo ante el rostro desesperado de Alejandra. Detuvo el carro y bajó ayudando a la joven mujer a descender, quien desviando la mirada avergonzada apenas puso sus pies en el suelo se fue corriendo detrás de unos arbustos.

 

—¡No te alejes mucho! —alcanzó a gritarle Iván viéndola desaparecer.

 

—¡Sí, amo! —le respondió ironizando.

 

No era la comodidad de los baños de su hogar, ni siquiera de esos baños raros del palacio, pero el poder librarse de esa necesidad la hizo sentir tan aliviada y desahogada que suspiró. Luego su mirada se perdió en las cristalinas aguas del rio que estaba a una distancia cercana, se levantó dispuesta a acercarse a las orillas.

 

—Ten cuidado —señaló Iván seriamente apareciendo detrás de ella.

 

—¿Qué demonios? —exclamó dando un salto asustada— ¿Qué haces apareciéndote de esa manera? ¿Y qué haces aquí? ¿Me espiabas? —se sonrojó imaginando que de verdad habría estado oculto viéndola hacer sus necesidades.

 

—No te espiaba, menos en esas circunstancias, de todas formas no deberías avergonzarte no hay nada que no haya visto de tu cuerpo —respondió molesto arrugando el ceño—. De seguro aun recuerdas como te produje sensaciones que te hicieron aullar de placer como para haber olvidado que ya te he visto desnuda.

 

Alejandra lo quedó mirando estupefacta, toda aquella apariencia fría y seria que hasta ahora había mantenido frente a ella comenzaba a desaparecer ahora que estaban solos. Bajó la cabeza molesta, hubiera querido reclamarle aunque lo que acababa de decir era cierto.

 

—Podemos comer aquí, es un buen lugar —agregó Iván cruzando los brazos—. ¿Te parece?

 

—Como usted diga... majestad —murmuró aun molesta.

 

—Solo dime Iván, de todas formas nosotros casi fuimos un matri... —cortó sus palabras recordando que ahora la situación ha cambiado tanto que está huyendo del reino con la mujer con la cual su hermano debería casarse y dar un hijo.

 

—Iván —señaló al notar la expresión tensa de aquel hombre, no le gustaba ese rostro porque inevitable le recordaba el infierno que se había transformado aquel reino con la llegada de Alexander.

 

Comieron en silencio, perdidos en sus pensamientos como si aquel fuera un muro de concreto que los distanciaba cada vez más. Alejandra lo observa por momentos notando el semblante taciturno de aquel hombre, se siente sola, tiene miedo de sentirse así porque dentro de ese aislamiento la congoja de los recuerdos de las torturas y abusos de Alexander la perturban. Por ello mismo, aún teniendo en cuenta que Iván podría rechazar su compañía, se levantó de su lugar y se sentó al lado de aquel hombre. No lo miró pero al sentir su cercanía es suficiente para dejar de sentir miedo. Y sin esperárselo él la rodeó con su brazo acercándola más hacia su cuerpo, apoyó su cabeza en su pecho sintiendo el aroma de Iván mientras él le acaricia su cabello en silencio. Respondió el abrazo sonriendo, cuando sintió que la miraba fijamente levantándole el mentón, no pudo evitar perderse en esos inexpresivos ojos sin entender que se proponía Iván. Y se acercó a ella cerrando sus ojos, haciendo que su tibio aliento a centímetros de su rostro la estremeciera y luego la cálida humedad de sus labios que tocaron los suyos con timidez siendo pronto suplida por una pasión desbordada cuando le sostuvo la nuca para hacer el beso más profundo. Cálido, necesitado, ansiado, y una sensación embriagante que ambos estaban disfrutando, Iván deslizó su lengua dentro de su boca jugando con la suya, produciendo que su corazón se acelerará y su cuerpo empezara a sentir cosquilleos gratificantes que ansiaban apoderarse de los labios, la piel, el aliento, y todo lo que le perteneciera a ese hombre, el sabor de ambos mezclados hacía que se excitaran llegando a sentir dolor ante el frenesí que se derramaba en ellos.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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