La mariposa oscura

Capítulo 23

Abrió los ojos en medio de la calma de aquella humilde habitación, se siente confundido y cansado. Pestañeó tratando de recordar el porqué se encuentra en ese lugar. El viento sacudió con suavidad las cortinas de género de color marrón, sonrió al recordar las maldiciones de Alejandra cada vez que se pinchó los dedos cosiendo aquellas cortinas. Se sentó en la cama sintiendo leves mareos y recordando aquel extraño sueño que acababa de tener, en donde una niña pequeña le decía que debía regocijarse porque alguien le había pagado con su vida tributos a la muerte para que pudiera seguir viviendo. Detuvo su mirada en la puerta esperando que se abriera y apareciera Alejandra sorprendida de verlo despierto, pero no hubo tal escena y ni siquiera escuchaba el canto en ese idioma extraño con que ella solía hacerlo cuando hacía las labores. Solo aquel silencio que lo hizo tragar saliva con angustia, como si el extraño sentimiento que lo embarga es como un sabor amargo de que algo malo ha pasado.

 

La puerta se abre repentinamente y Laurence entra con cautela sin percatarse que Iván ha despertado. Mantiene su atención fija en el pórtico arrugando el ceño preocupado.

 

—¿Pasa algo? —preguntó Iván sin entender su comportamiento.

 

Laurence se sobresalta mirándolo con sorpresa. Se ve recuperado, ya no hay esa palidez en su rostro ni se ve esa expresión de dolor en él, eso significa que Alejandra logró llegar hasta el Dios de manantial y obtener su ayuda, sin embargo no ha tenido noticias de ella y esto le preocupó, esperaba que aun siguiera en el templo lo bastante lejos de este lugar.

 

—Los soldados de Alexander han cerrado la frontera —señala acercándose al príncipe.

 

—Debemos quedarnos aquí —indica Iván—. Dile a Alejandra que venga para acá.

 

Laurence titubeó desviando la mirada.

 

—¿Donde está Alejandra? —el rostro de Iván se tensó temiendo escuchar lo que imagina.

 

Le contó todo, desde su ataque cardíaco, su desahucio, de Alejandra que fue al templo a pedir por su vida.

 

—"Alguien ha pagado con su vida tributos a la muerte para que puedas seguir viviendo" —repitió lo que la niña de su sueño le había dicho.

 

Apretó los dientes sintiendo dolor en su pecho y una angustia ante solo imaginar a aquella joven que ha muerto por él. Con desesperación se pasó las manos en el cabello, esto debe ser una pesadilla, no es su realidad, todo su esfuerzo por salvarla no habían servido, al final ella había sido quien sacrificará su vida por él.

 

—¡Maldición! —exclamó apretando los dientes— ¡No debiste haberla dejado ir! No importaba si yo estaba al borde de la muerte, ¡Debiste llevártela a la frontera!

 

—Alejandra no lo hubiera aceptado —indicó Laurence con la cabeza baja.

 

—¡¿Y qué?! Debiste llevarla a la fuerza no importa que ella no quisiera, daba lo mismo si yo moría, ella tenía que estar a salvo.

 

—¿Es que no se ha dado cuenta? —le respondió Laurence molesto, sorprendiéndolo—. Sabe que Alejandra no lo haría, ni yo podría herirla de esa manera, dijo que sin usted su vida no valía nada, se desesperó porque pensó que lo perdería, yo solo quería ayudarla... ¿Es que acaso no se ha dado cuenta? Alejandra lo amaba, el perderlo era lo más doloroso para ella.

 

—¿Me... amaba? —tartamudeó sorprendido, y aun cuando siempre rechazó ese tipo de sentimientos el escuchar aquello se sintió confundido, cerró los ojos desesperanzado y sin querer evitarlo, por primera vez frente a aquel hombre lloró amargamente. Alejandra no volvería.

 

—¡Laurence! —se escuchó una voz afuera— ¡Debes apresurarte! ¡Se la han llevado!


El joven soldado abrió los ojos con optimismo a pesar de la mala noticia, si se la han llevado, a Alejandra, eso quiere decir que aun sigue con vida. Salió sin agregar palabras ante Iván que también pareció darse cuenta de las palabras de aquel hombre.

 

—¿De qué hablas? —preguntó Laurence saliendo de la habitación.

 

—De la chica que debíamos proteger —respiró agitado—. Se la llevo Byron en las entradas del pueblo. Uno de los nuestros vio todo pero no pudo hacer nada, eran demasiados soldados...

 

—No perdamos más el tiempo —lo interrumpió—. Reúne a todos que...

 

—No, calma —apareció Iván abrochándose su camisa—. Iremos a Canterpie donde mi tío. No le daremos el gusto a mi hermano de matarnos acusándonos de traición, seamos más inteligentes, le daremos en donde más le duele.

 

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El frío viento nocturno la hizo temblar a pesar de estar frente a la fogata, observó el fuego con tristeza, solo le da calma el hecho de por lo menos haber logrado ir al templo antes de que pudieran capturarla. La cubren con un grueso abrigo de color claro y aquel hombre de cabellos blancos la observa fijamente, sus largas pestañas blancas lucen extrañas con aquellos ojos azules que parecen mirarla con burla.



A.L. Méndez

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En el texto hay: aventuras, amor, medieval

Editado: 25.03.2018

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