La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

Capítulo 9

CALLUM

Fuiste mi primer pensamiento al despertar.

Abrí los ojos, confuso. Una sucesión de láminas de madera componían el techo bajo sobre mi cabeza. Estaba sujeto por cuatro postes que salían de la cama en la que me encontraba.

Me sentí letárgico, igual que la primera vez que desperté en el Andrónicus, solo que esta vez sabía quién era, y sabía quién eras tú. Gracias a tu recuerdo, no sufrí la soledad apabullante y el desamparo de la primera vez. Fue un gran confort tener un punto de referencia, una conexión con ese mundo extraño que me recibía más allá de la piel de mis párpados.  

Con la idea de encontrarte, me erguí en el peculiar catre con cuidado de no golpearme la frente con las tablas. Me encontraba en una sala oscura repleta de camastros construidos unos encima de otros. Todos contaban con dos pisos.

Miré a mi alrededor, seguro de que estarías cerca. Sin duda responsable de mi regreso a la consciencia, pero no estabas.

Atónito, vi cómo varios hombres se paseaban inquietos por la peculiar habitación y escuché que otros gimoteaban en sus camas.

¡Estaban todos conscientes, Amanda!

Me puse de pie.

—¿Qué ocurre? —Pregunté en general— ¿Dónde estamos?

Un muchacho rubio y despeinado, que caminaba descalzo sobre la corroída madera me miró con ojos muy abiertos.

—No…no lo sé. Acabo de despertarme…no, yo, yo no sé cuándo me dormí. No, no lo recuerdo —tartamudeó tocándose la sien. Su piel era tan blanca que podía adivinar el recorrido de sus venas azuladas.  

Miré a mi alrededor. Todos los hombres, y los había de distintas edades, parecían estar tan desorientados como el muchacho rubio, que no podía tener más de quince años.

—Nos han despertado —murmuré, más para mí mismo. Carraspeé y alcé la voz para que me escucharan todos— ¿Dónde están las mujeres?

Miradas confusas fue toda la respuesta que recibí.

—He visto a una mujer —murmuró un hombre delgaducho de unos cincuenta años. Su cabello tenía el color de la ceniza que se acumula en el suelo de una chimenea. Estaba sentado en el camastro inferior que había junto a una puerta de madera—. Se fue por ahí

De camino hacia la estrecha puerta, noté que el suelo se balanceaba. Quizá estuviéramos en alguna especie de embarcación, lo que explicaría la falta de ventanas.

El pomo de la puerta cedió bajo mi mano pero no logré abrirla. Habían echado la llave.

La golpeé con mis puños, mientras chillaba tu nombre, pero nadie apareció por allí. Cargué el peso de mi cuerpo contra la superficie, y aunque esta crujió, no logré más que hacerme daño en el hombro.

Paseé mi mirada por los presentes.

—Usted, venga —le ordené a un grandullón que debía de pesar más de doscientas libras. Su brillante cabello azabache le llegaba por los hombros. Tenía una cicatriz con forma de estrella bajo el ojo derecho.

El grandullón titubeó un instante, pero acabó por acercarse a mí, acostumbrado a años de cumplir órdenes. Debía de serle muy útil a su ama—. Quiero que le des una patada fuerte a este punto de la puerta. Señalé un par de pulgadas por debajo de la cerradura.

El hombre frunció el ceño.

—¿Por qué? —tragó saliva, y noté que tenía los puños cerrados. Estaba más ansioso de lo que se adivinaba en su rostro.

Había conducido aquella situación de forma incorrecta.

Me giré hacia ellos y suspiré. No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, pero sería mejor que nos aliáramos antes de enfrentarnos al mundo exterior. Alcé la voz para hacerme oír por todos.

—Señores, siento informarles de que una enfermedad se extendió entre los hombres en el año 1855. Esta enfermedad nos ocasiona un estado catatónico en el que perdemos la consciencia de nuestra propia racionalidad—los informé—. Es un poco como estar dormidos. Nacimos así.

—No —me interrumpió el delgaducho de cabello canoso que aseguraba haber visto a una mujer—. No todos nacimos así. ¿Has dicho en 1855? ¿En qué maldito año estamos?

Sus ojos estaban perdidos en algún punto de la habitación, pero su mirada parecía más lejana.

—Claro —comprendí enseguida, pues aquel hombre debía de tenar la edad de tu madre, y por lo tanto había nacido libre—. Usted recuerda su infancia, ¿verdad?

El hombre se levantó de la cama. Era larguirucho como una caña de pescar.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —me preguntó con una mirada gélida. Apretaba la mandíbula a la espera de mi respuesta.

Tragué saliva sin saber cómo decirle a aquel hombre que había perdido casi cuatro décadas de su vida. Me mojé los labios, contemplando mis opciones. Si le contaba a esos hombres que las mujeres nos habían mantenido así voluntariamente no tenía ni idea de cómo iban a reaccionar. ¿Quería ser el causante de tal caos cuando ni siquiera entendía la situación en la que nos encontrábamos?

Decidí que sería mejor para todos que por el momento yo tomara las decisiones.

—La enfermedad ha durado treinta y siete años, pero creo que han encontrado la cura y por eso estamos despiertos.

El hombre cerró los ojos y sus hombros se hundieron. Vi que tenía algo bordado en su camisa blanca.

—Thomas Baker  —pronuncié.

Él se mostró confuso.

—Thomas es mi nombre, pero Baker no es mi apellido.

Inspiré profundamente antes de proseguir.

—Es el apellido de tu ama.

—¿Ama?

—Al cumplir los dieciocho nos entregan a una mujer para asistirle en su trabajo y ser sus… sus acompañantes. Recibimos el apellido de nuestra ama.

La sala se sumió en silencio durante unos instantes.

—¿Cómo sabes todo eso? —me preguntó al fin el grandullón a mi espalda.

Tragué saliva, pensando a toda prisa en una respuesta convincente.

—No es la primera vez que despierto, pero sí que es la primera vez que me acompañan otros hombres. Me… han usado como sujeto para experimentar distintas curas. Deben haber hallado al fin la correcta.



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Editado: 29.11.2020

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