La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

Capítulo 10

 

Noté un cambio en los hombres, sobre todo en los jóvenes. Al principio, no estaba seguro de qué se trataba, pero por la noche, echado sobre mi cama, escuchando sus charlas sobre una realidad de la que no sabían nada, lo comprendí. Les habían dicho exactamente lo que necesitaban escuchar para ser corderos fáciles de liderar. Les habían dado una explicación apaciguadora de que su esclavitud había sido fruto de la mala fortuna, quedando ellas como las heroínas que habían logrado salir adelante a la vez que cuidaban de ellos. 

En el discurso la sargento no había olvidado dejar caer lo poco que valían para la sociedad, como si el siempre hecho de ser persona no fuera suficiente para ser un ciudadano con todas las de la ley.  

Había funcionado, los muchachos tenían el sentido de valor propio por los suelos, y estaban deseando conseguir la ciudadanía. Motivados incluso. Les habían dado un propósito es su vacía existencia y para cumplir ese propósito tenían que obedecerlas.  

Seguíamos siendo esclavos, pero con la ilusión de una libertad que no existía y que adivinaba cada vez más lejana. 

Era brillante. 

Las odié por ello. 

Me preguntaba qué opinabas tú de todo eso. ¿dónde estabas? ¿Si sabrías dónde encontrarme? Tales pensamientos me hacían sentir mal, no sé explicarlo... sabes que me confundo con estas cosas. Era un vacío en el centro de mi pecho que amenazaba con devorarme por dentro. Era algo oscuro que teñía mis sentimientos por ti de dolor y cierto rencor. 

Por eso me forcé a no pensar en ti, al menos no de esa forma. No podía evitar recordar nuestras conversaciones más divertidas, las risas que habíamos compartido, la suavidad de tu piel, el tacto de tus labios... Me mantuvo cálido en aquel horrible infierno de nieve. 

Los dos primeros días en el campamento, fueron agotadores. Nos entrenaban incesantemente de sol a sol en el uso de la espada, los revólveres y la equitación en batalla.  

Los muchachos no se daban cuenta de que el ritmo de entrenamiento no era normal, pero yo lo sabía. Sabía que Alexandra había hablado de enviarnos a china, que nos había despertado por una razón, que no era darnos un oficio, sino para enviarnos directos a la guerra.  

Emma me tenía en especial consideración. Charlaba conmigo cuando ninguna de ellas se dignaba a hablar demasiado con los hombres. Sin embargo, nunca respondía a mis preguntas más atrevidas y yo sabía guardarme de parecer demasiado enterado. 

Entre otras cosas, me había explicado que a nuestro alrededor había más campamentos de entrenamiento de soldados masculinos. Algunos ingleses, los demás alemanes, holandeses y franceses. Pues toda Europa había adoptado las mismas medidas tras la curación.  

A veces le hacía reír y notaba su propia sorpresa ante mis signos de inteligencia e ingenio. Aunque mantenía una distancia, sabía que estaba empezando a agradarle. 

No me relacionaba con las demás mujeres. Nos trataban con una altivez que no hacía más que acrecentar mi enojo. Los muchachos eran muy inocentes, no eran más que niños dentro de los cuerpos de hombres de distintas edades. A pesar de que su conversación era muy limitada, a menudo me encontraba riendo entre ellos y viviendo una especie de hermandad de lo más gratificante. 

Aun así, te echaba tanto de menos que me dolía. Era extraño estar rodeado de centenas de personas y que nadie lograra llenar el vacío que habías dejado. Ninguno me hacía sentir que mi cuerpo vibraba emocionado, ninguno me hacía sentir tan despierto, tan conectado a otra persona. 

La tercera noche tras llegar al campamento estaba sentado alrededor de una hoguera junto a otros de los hombres. Hablaban del manejo de rifles y revólveres al que nos habían sometido durante todo el día. Mientras, yo guardaba silencio consciente de que la vida era mucho más que las tediosas horas de entrenamiento que soportábamos en aquel valle rodeado de montañas nevadas. Para ellos no había nada más. 

Una de las soldados pasó por allí con un manojo de cartas entre las manos y salté de mi silla para interponerme en su camino. 

Gertrudis se detuvo sorprendida y levantó la cabeza. Tenía el pelo azabache y corto y el rostro de una muñeca. Por suerte sabía su nombre, de escuchar a otras soldados llamarla. 

—¿Qué quieres? —me preguntó ceñuda. 

—¿Vas a enviar esas cartas a Inglaterra? —le pregunté esbozando mi sonrisa más encantadora. 

Gertrudis asintió e intentó esquivarme para seguir su camino, pero la alcancé de nuevo. 

—Yo también quiero enviar una carta—le informé—. A Crawley. 

La soldado me miró con una mueca desdeñosa que no casaba con su rostro delicado. 

—¿Enviar una carta tú? —repitió con sorna y luego se echó a reír —¿A quién podrías enviarle una carta tú, hombre? 

Su pregunta fue retórica, porque volvió a carcajearse y no se quedó para escuchar mi respuesta. No me pasó desapercibido el tono desdeñoso con el que había dicho “hombre”. 

La contemplé marcharse, con dientes apretados. Por un instante hice el amago de ir tras ella y descargar mi rabia contra su cuerpo, pero aquello no iba a llevarme a buen puerto. El día anterior, Walter Arthur Rupert Bertie, el conde de Abington, había exigido a las oficiales que lo llevaran a su casa en Inglaterra, repitiéndoles que él era el Conde y no permitiría tal trato. Se lo llevaron, sí, pero no a Inglaterra. Por lo visto uno de los campamentos estaba empezando a acumular a todos los alborotadores de los distintos regimientos, y no creo que fuera para leerles poesía y tomar el té. No tenía deseos de correr la suerte de Walter, y menos después de mis progresos para ganarme la confianza de Emma. 

En lugar de darle a aquella soldado lo que se merecía, me encaminé a la cabaña donde dormían las oficiales.  

Encontré a Emma en la sala principal jugando a las cartas con tres mujeres. La sala estaba abarrotada y las voces animadas de las oficiales se repartían por la nave mientras cenaban, bebían o simplemente se relajaban junto a las chimeneas. 



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Editado: 29.11.2020

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