La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

Capítulo 14

Eran solo luces en el horizonte  oscuro del mar, pero fue como contemplar la abertura del mismo infierno expulsando a sus demonios hacia nuestra orilla. 

Antes de cabalgar hacia la playa, la sargento le había ordenado a una de sus oficiales que encontrara el telégrafo más cercano para alertar al resto del ejército de la llegada invasora. Pero no iba a darles tiempo de acudir en nuestra ayuda. 

—Al menos siete galeones —chilló la mujer que los había alarmado, desde el torreón al que había trepado con su telescopio.  

—Eso suena mejor que su primera asunción sobre decenas de barcos —tuvo la audacia de bromear Emma. Aquella mujer no le temía a nada. 

Alexandra había enviado a Einsworth a Sinope para alertar a sus moradoras de que iban a atacar la ciudad. 

—Entre nosotros y las turcas, ¿podremos con ellos? —le pregunté a la sargento. 

Me miró seria y la vi negar con la cabeza de forma casi imperceptible. 

—Las habitantes de Sinope no están entrenadas. Sufrimos una desventaja abismal. 

—¿Qué podemos hacer para equilibrar la balanza? —exigí, elevando el tono quizá demasiado. 

Alexandra no pareció agradecer que interrumpiera su frenético hilo de pensamientos con mis gritos. 

—Nuestra única ventaja es que no saben que estamos aquí —razonó Emma—. Creen que Sinope está completamente desvalida.  

Alexandra se acarició los labios mientras pensaba. 

—Si no hay posibilidades de que logremos defender la ciudad, entonces ¿de qué sirve que lo intentemos? —protesté—. Morir junto a las habitantes no va a solucionar nada. 

—No se trata solo de salvar a las habitantes de Sinope —me debatió Emma. Alexandra seguía meditando ajena a nosotros—. Si perdemos Sinope la utilizaran para atracar y continuar la invasión hacia los principados del Danubio. 

—Pero si es inevitable… 

—Sinope no puede caer —me interrumpió Emma, fiel a su deseo de besar la muerte. 

—¿Sabes cuántos de esos hombres no han tenido la oportunidad siquiera de vivir un verano? —le recordé irritado, señalando a los demás — ¿Por qué deben renunciar a una vida que no han llegado a tener por una batalla que no les incumbe? ¡Qué más nos da a nosotros los principados del Danubio!  

Emma se plantó a escasos centímetros de mi rostro y me miró testaruda. 

—Hablas todo el tiempo de cosas que no entiendes…crees que por haber vivido unos meses de verano con tu ama en Inglaterra comprendes la vida, pero no tienes ni idea. ¡Este es nuestro deber! Y no vamos a desertar porque sin honor no queda nada… 

Di otro paso más hacia ella. 

—Eres tú la que habla de lo que no sabe…hablas de nada, pero  "Nada" es todo lo que esos hombres han tenido desde que nacieron. 

Alexandra dio un paso y nos puso una mano en el hombro a cada uno. Los barcos empezaban a vislumbrarse como sombras negras debajo de sus luces. 

—El destino ya ha escrito este capítulo…cuando esta noche acabe habrá sangre en nuestras manos y tu única elección será la nacionalidad de esta —sentenció Alexandra.  

Si decidía luchar arriesgaría la vida de mis hombres y me mancharía de sangre rusa. Si no luchaba, sería el principio de ríos de sangre turca bañando aquellas tierras. Incluida la de niños. Alexandra sabía que comprender eso inclinaría mi balanza. Me hizo sentir más atrapado que nunca en mi vida. Y yo sabía bastante sobre vivir atrapado.  

—Prepara a tus hombres, soldado. 

Mientras las rusas destruían la fragata sinopense, nosotros evacuamos a las habitantes de Sinope de sus casas y las internamos en el bosque. Las dejamos allí escondidas y Einsworth nos guió en su caballo hasta el pie de la muralla sur.  

Alexandra y Emma estaban subidas en los torreones junto con otras oficiales y algunos de mis hombres, pero la gran mayoría de ellos se encontraban a mi espalda y se detuvieron cuando alcé el brazo. 

Ante el repentino silencio, Einsworth giró en su montura para contemplarnos, los cascos de su caballo resonaron contra la tierra.  

Aunque no le gustara, ella sabía que yo era el líder de mis hombres y que la forma más rápida de moverlos era dirigirse directamente a mí. Estaba apunto de descubrir hasta dónde llegaba mi poder sobre ellos. 

—¡Vámos! entremos en la ciudad, se nos agota el tiempo —gritó. 

Los hombres no se movieron ni un milímetro. Alcé mi mirada y me encontré con que Alexandra nos observaba desde lo alto del torreón. No era nada personal contra la sargento, pues me parecía una líder ejemplar y una mujer extraordinaria, y más ahora que sus sospechas se habían confirmado, pero no podía desperdiciar su momento de desesperación. Debía pensar en mi futuro y el de mis hombres. 

—¿Qué demonios estáis haciendo? —chilló la oficial enfurecida, dando vueltas en círculos sobre la montura—. Vamos Callum ¡muévelos! 

La contemplé con toda la serenidad que logré fingir. En realidad, notaba como temblaba cada nervio de mi cuerpo. Me acerqué a la mujer con pasos tranquilos pero decididos, y me saqué las hojas que había guardado en el bolsillo de dentro de mi chaqueta, aguardando aquel preciso instante. 

—Nos moveremos en cuanto la sargento los firme—. Mi semblante era sosegado mientras extendía los documentos hacia ella. 

Einsworth me miró con ojos desorbitados y después bajó su incrédula mirada al manojo de hojas dobladas en forma de cilindro que le estaba ofreciendo. Me las arrancó de las manos bruscamente y las desenrollo para echarle un vistazo. 

Su rostro mostró un profundo desprecio al comenzar a leer. No avanzó mucho su lectura sino que después del primer párrafo movió sus ojos hacia mí. El hielo de su mirada podía haberme congelado el corazón a distancia.  Entonces sonrió con todo el desdén que se puede evocar en una sonrisa. 

—Si no los firma, daremos media vuelta y nos ocultaremos en el bosque —aclaré por si le había quedado alguna duda. 



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Editado: 29.11.2020

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