La Niñera

Capítulo VII

Quiso prender la luz, pero la electricidad se había ido, y esos ojos refulgentes plasmaban una alargada sombra de Matías en la pared. Luchó con todas sus fuerzas por abrir la puerta, hasta que al fin lo logró. Cayó del otro lado, sobre el pasillo. Y desde el suelo se lamentó al reconocer que esa unión con el muñeco había sido un engaño. Sabía que algo maligno impulsaba a Francesco y que se había aprovechado de él, como si fuera... como si fuera un niño. Pero también agradecía a su cielo por haberse dado cuenta a tiempo de lo que en verdad buscaba el juguete.

—Los amigos no se atacan unos a otros —decía. El muñeco no contestó.

Apenas podía respirar y creyó que moriría por la debilidad que sentía en todo el cuerpo. Sus ojos estaban clavados en los del muñeco y sintió cómo una atmósfera de angustia y tristeza tomaba lugar en su mente y en toda la casa con cada paso que Francesco se acercaba a él. Los más locos terrores se agitaban en la región límbica de su cerebro, y en su corazón, que latía como el de un galgo en carrera, se había instalado un terror que no podía medir. Sin embargo, ese mismo terror le decía que debía alejarse del muñeco lo más que pudiera.

Sollozando, arrastrándose sobre sus codos, y quizá guiado por los residuos de un sentimiento de protección, quiso bajar las escaleras en busca de su niñera.

—Dios, cuídame como cuidas de tus siervos en el gran pastizal de la vida…

Pero el espanto se le volvió carne al ver a Claudia subiendo las escaleras sin tocarlas. Los cabellos erizados por la locura, le daban una figura espeluznante. Su pálido rostro había perdido aquella sonrisa desquiciada y cada vez que el reflejo de un relámpago entraba por la ventana, dejaba ver la crueldad en su cara. El odio estaba fundido en sus ojos que ya no eran marrones, sino que irradiaban un increíble carmesí.

¿Acudía a su socorro o a su destrucción? no podía saberlo, no podía imaginarlo, solo sabía que estaba aterrado y ahora comprendía, de la peor manera que pudo suceder, que las brujas existían.

Sus pesadillas se habían hecho realidad y había quedado en el medio de fuerzas que no comprendía. Fuerzas que estaban en puja desde tiempos remotos, violentos y locos.

Al fin, sus fuerzas lo abandonaron y en un instante de debilidad y tristeza, se desplomó por completo.

Relámpagos, truenos, lluvia, y palabras dichas en un idioma que no alcanzó a comprender del todo pero que había leído o escuchado en alguna parte, llegaban a él desde la lejanía. Presenciaba una guerra, una batalla entre la brujería y la hechicería esbozadas en un latín bastardo y casi vulgar.

Lunas, estrellas y soles de ambos colores, carmesí y esmeralda, chocaron en su cabeza a la velocidad de la luz. Y en el momento en que se sentía atraído por la corriente de una potencia más allá de su comprensión, sintió una tierna calidez familiar en el alma.

—¡Déjanos con él! ¡Vete de esta casa! ¡Es nuestro, nos pertenece! —decía el muñeco con una voz que no era una voz, sino muchas; ancianas, superpuestas—. Te vamos a matar ¡Zorra!

—¡Ánima sola, ánima sola, la más sola, la más sola!

   Yo te quito tu poder

   ¡Yo te conjuro con las doce tribus de Israel!

¡Deja al niño en paz Aradia! ¡Regresa con tu evangelio y abandona esta casa! —decía la niñera extendiendo el brazo por encima de su cabeza y con la palma de su mano apuntando al frente. En la otra, tenía un polvo blanco que sopló de su palma y se deshizo en el aire.

La casa se sacudió luego de que un grito ahogado, seguido por un potente destello esmeralda inundara la habitación. Matías regresaba casi colapsado de nuevo al plano normal.

El silencio siguió después, y pudo ver que Claudia por fin ponía sus pies en el suelo. Vio que Francesco yacía inerte en el piso sin ese maligno color en sus ojos. Ya no sonreía. Su boca estaba abierta del todo, como si hubiera gritado, y sus ojos abiertos de par en par mirando al vacío.

La niñera se sentó junto al pequeño y lo colocó sobre su regazo. Matías se quedó mirándola como un borrego moribundo, pasmado por lo ocurrido y sin entender nada. Ya no había odio en los ojos de Claudia, sino la más dulce y tierna compasión hacia él.

—¿Me vas a llevar? —preguntó él.

Claudia sonrió, y al ver el estado casi catatónico de Matías, le reveló todo lo ocurrido con lujo de detalles. Cuidando de no alterarlo demasiado, contando su versión de la historia.

—No Matíás, no te voy a llevar. Verás, pertenezco a una santa orden de hechicería que usa el poder de los conjuros para hacer el bien y ayudar a los niños a los que sus padres abandonaban por una u otra razón.

Al saber esto, el pequeño se sintió culpable por siempre haber temido y desconfiado de ella.

—Y si sos una hechicera ¿qué era él? ¿qué era el muñeco?

—Es una especie de autómata. Una brujería muy antigua y poderosa lo creó con la sola intención de provocar daño y muerte. Succionando el alma a los pequeños, entrando en sus sueños, y llegado el momento, se los lleva a su aquelarre para cumplir sus oscuros propósitos sin hacer el mayor esfuerzo —continuó—. Todo este tiempo que estuve en tu casa sentí una presencia triste, de amargura y un mal que intentaban apropiarse de ti —dijo—. No te diste cuenta, pero ambas fuerzas combatimos con nuestras armas. Ellas sembrando en ti la duda, la desconfianza y el temor hasta que enviaron a ese muñeco a por ti. Y yo —prosiguió— preparando mis hechizos y dándotelos en tus chocolatadas y tus galletas, pero no te las terminaste y ellas avanzaron en su propósito. Estuvieron ganando por un momento.



Frank Boz

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En el texto hay: hechizos, automatas, brujas

Editado: 12.11.2020

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