La peor navidad

La peor navidad

Como conclusión contundente de las fiestas tradicionales de este año remarco que es la última vez que paso Navidad en lo de mi hermana. Todo bien con su chacra y la vista a la serranía, la piscina estructural, la barbacoa en el fondo, la picada navideña, el cordero a la parrilla, la música divertida y demás, pero no me fumo una navidad más con los delirios de mi hermana de transformarse en la nueva Madre Teresa de Calcuta de los tiempos modernos.

Con su siempre presente deseo de inclusión pero ya exacerbado a puntos intolerantes para un ser humano apático y ermitaño como yo, año a año va anexando especímenes únicos a las cenas familiares, traídos directamente de su lugar de trabajo o derivados del mismo o familiares de familiares, que son invitados a su casa con el propósito filantrópico de que no pasen las fiestas a solas. Tal vez tiene miedo que aumente la tasa de suicidios en esas fechas por demás proclives a este tipo de finalización abrupta de la vida de los seres humanos por sus propios medios.

Este año llegamos a extremos insospechados poco tiempo atrás, teníamos en nuestra mesa navideña a un negro puto con su novio, un gordo pelado yankee (creo que era gay también), una tortillera extranjera que en su radicalización sexual decide someterse a una transformación sexual, acompañada de su madre soltera que había venido a ayudarla durante el tratamiento hormonal, un chileno socialista intransigente que había venido al Uruguay a participar de un congreso de jóvenes socialistas latinoamericanos, dos gringos y no recuerdo que otra cantidad de gente más que fue cayendo con el transcurso de la noche.

Antes de las diez de la noche ya contábamos con un negro, un gordo, un puto, un pelado, una lesbiana y un chileno, por lo que teníamos todas las minorías inclusivas cubiertas. ¡Pará bo! ¿No tenes un solo compañero “normal”? Ah si claro, los compañeros normales pasan con su familia, por eso no los vemos con nosotros. Pero yo que me niego a formar parte de esa mezcla de gente anormal, al menos en estado sobrio como para reconocerlo, me hundí en el rico sabor del whisky que había llevado para consumo personal, a resguardo de los veganos que solo irían a consumir agua y jugos de hierbas o frutas.

Ah esperen, me faltó contar una inglesa pero con ascendencia árabe o indú, llamada Rayida o algo así. Llegada a nuestras latitudes atraída por el consumo legal de marihuana promocionado a nivel mundial, cosa que pasó haciendo exclusivamente toda la noche como si la marihuana legal se fuera a terminar este año. Completando el colectivo femenino, dos mellizas psiquiátricas pertenecientes a una secta de vegetarianos del sudeste asiático que obviamente no comían cordero, ni chorizo, ni fiambre, y la gringa con su madre soltera que la vino a cuidar.

Lo bueno de la diversidad es que uno tiene oportunidad de probar varias de las costumbres alimenticias de diferentes lugares del planeta. Y a nosotros nos tocó probar las empanadas chilenas rellenas de carne y aceitunas con carozo, como para partirte un diente. Ya no se dice más “fuerte como empanada de Mentitas” ahora es “fuerte como empanada chilena con aceitunas con carozo”. Unos arrolladitos primavera con una “masa especial” transparente, que ahora podría asegurar que era la hojilla de los fasos que se armaba la gringa, que se te pegoteaba todo entre los dedos y así se te chorreaba la salsa, un asco.

Mis sobrinos adolescentes tienen la ventaja de poder recluirse tras sus celulares o guitarra de forma de hacer que la noche transcurra con mayor velocidad y lleguen las 12 para que sus padres los liberen del martirio. Hora en la que se fugan a celebrar con amigos por ahí. Pero a mí no se me permite eso, yo tuve que fumarme toda la noche haciendo sonrisitas, mirando interlocutores con cara de que me interesa la conversación y metiendo cada tanto una frase adulona como “que ricos estos bocaditos, quien los hizo?”, “great!”, “nice to meet you”, etc.

Culmina la nómina de personajes asistentes a la fiesta un gringo facho y su mujer, ambos residentes en Alaska, que aburridos de ver las auroras boreales se vinieron a ver los fuegos artificiales de fin de año en Uruguay. Resulta que el gringo, militar de carrera y defensor a ultranza del gobierno intervencionista americano, luego de combatir en la guerra de Vietnam se había recluido en el rincón más recóndito de Estados Unidos pues sostenía que los últimos gobiernos americanos eran demasiado progresistas. OMG! Solo nos faltaba para completar la extraña lista un árabe suicida arrepentido y un asiático pedófilo adicto al Hentai.

Con tanta diversidad es mejor mantenerse callado, pues uno tiene que cuidarse de que en cualquier frase se te puede escapar un “gringo”, “puto”, “negro”, “bolche”, “mina”, “facho”, “trava”, “gordo” y ofender a cualquiera de los interlocutores, ya que como les decía las minorías estaban absolutamente todas representadas en aquella extraña mezcla de personajes.

Pero lo peor de todo es que no se armó lio. Uno piensa que con semejante diversidad y con unas cuantas botellas de alcohol ingeridas, a las 2 am se va a pudrir todo y con esa expectativa es que uno se fuma noches como estas. Pensando que ya va a llegar el comentario, racista, xenófobo, homofóbico o de algún otro adjetivo esdrújulo que explote en quien se quiera sentir aludido y se vaya todo a la mierda. Pero no, para colmo todo transcurrió en total armonía hasta que cada uno decidió irse para su casa y permitirme a mí transformar la barbacoa en mi improvisado dormitorio, donde me tiré a dormir en el sillón y en compañía de varias botellas vacías y platos sucios. ¡En definitiva una noche de mierda!



Carlos Silva Cardozo

#11964 en Otros
#1798 en Humor
#4056 en Relatos cortos

En el texto hay: navidad, inclusion, minorias

Editado: 23.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar