La Profecía de los Elegidos

1. Siglos de espera

Madrid, España. 9 de noviembre del 2013.
El tiempo parecía eterno en el aeropuerto, las personas que se paseaban para abordar sus aviones eran completos extraños aun proviniendo de la misma ciudad, de vez en cuando sonaba la voz de aquella mujer que anunciaba el despegue de los aviones que volaban a sus destinos próximos.


El aeropuerto de Madrid-Barajas era uno de los más concurridos del país, y las horas ahí parecían nunca acabar para Arisbeth Hernández, que esperaba impacientemente el avión que la llevaría a la ciudad de México junto a su abuelo, Gerardo Hernández Solares, uno de los arquitectos más importantes de México.


Mientras esperaba, escuchaba la irritante voz diciendo que los vuelos hacia México se habían retrasado por las grandes fumarolas que el volcán Popocatépetl despedía.


Estaba a dos días de cumplir sus quince años, cosa que la tenía con los nervios de punta, pues era la primera vez que regresaba a su país natal. Su abuelo y ella viajaron por todo el mundo durante ese tiempo, siempre por los "negocios importantes" de éste, o al menos lo que ella creía.


Nunca tuvo un hogar fijo ni una escuela a la que asistir, ya que tomaba clases por internet. Las personas que llegaba a conocer, desparecían muy rápido de su vida, por lo cual no tenía amigos ni alguna pareja. Era una ermitaña.


 —¿Estás lista? Ya casi nos vamos —le replicó él mientras la acompañaba con su maleta.


Sesenta y dos años no eran en vano, y Gerardo los reflejaba en su persona.


Cabello negro pintado con las canas, ojos color aceituna que reflejaban cansancio de seis décadas de vida, tez canela que era la herencia de su madre, una sonrisa que aún permanecía intacta después de años dolorosos, el metro ochenta de altura que lo caracterizaba, y su cuerpo que seguía viéndose formado al pasar el tiempo.


 —Sabes que nunca estoy lista para eso —contestó Arisbeth.

A diferencia de él, Aris era completamente diferente. Su piel casi blanca, su cabello castaño y siempre suelto, sus ojos avellana la hacían ver más hermosa de lo que ya era, la sonrisa heredada de su abuelo y su delgadez que reflejaban su juventud y plenitud. Era el vivo retrato de su abuela, Angelines de los Olivos, quien murió de una manera trágica pero extraña.


 —Vamos a casa, después de todos estos años volvemos a nuestro hogar.


Hogar, ella nunca supo que era un hogar.


 —¿Cómo sé que no volveremos a viajar?
 —Regresamos para siempre, un nuevo comienzo nos espera —dijo él con un nudo en la garganta, ya que regresar a su casa era recordar a su amada fallecida.

De pronto, una voz interrumpió el momento y anunció el abordaje del avión a México. Los dos se dirigieron para abordar su nuevo destino.


*Ciudad de México. 10 de noviembre del 2013*


La tarde era fría y seca. Los signos del otoño eran evidentes.
La luna no se visualizaba en el cielo, pues faltaban unas horas para la luna nueva, una muy especial.


En las noticias, sólo se hablaba del eclipse solar que estaba por acontecer, el cuál su punto máximo sería justamente en la Ciudad de México. Expertos y turistas habían viajado desde sus lugares de origen, algunos extranjeros, sólo para observar el espectáculo celestial.


No había sucedido un eclipse total de sol desde el ocurrido en 1991, y por este hecho el país estaba en boca del mundo entero. Para algunos este hecho era algo único, especial y mágico, para otros era una señal de que algo estaba por despertar.

 

En la ciudad había una casa en particular, que destacaba por ser una de las más antiguas e inusuales no sólo en el D. F. sino en el país entero.


La mansión de la familia Hernández de los Olivos.


Su aspecto es muy parecido al de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México en pequeña, e incluso se rumora que Claudio de Arciniega y Manuel Tolsa, arquitectos de dicha iglesia, idearon el modelo de la casa, de la cual no se sabe hasta la fecha, su verdadero origen. Lo único que se sabía es que data del siglo XVI.


En el interior de la gran sala, se encontraban hablando tres personas; dos mujeres y un hombre. Rondaban el lugar con una expresión de angustia y miedo.


 —Otro eclipse solar ¿Creen que...? —cuestionó Lucas Montorfani, el 
hombre. Con cuarenta años en sus hombros, éste parecía mucho más joven, claro, debido al secreto que guardaba. Cabello negro rizado, una barba prominente pero delineada, ojos color ámbar; su característica especial, piel apiñonada, un cuerpo bastante trabajado con 1.85 metros de altura. Tenía una belleza inhumana que lo distinguía de entre los demás.


 —Han pasado cuatrocientos años, si es así entonces es muy pronto —le respondió Margarita Solares, la mujer mayor. Sesenta y dos años se reflejaban en su rostro, al igual que las batallas libradas y ganadas. Margarita era una bruja, más bien era la bruja más poderosa nacida en el Nuevo Continente. Los poderes que poseía eran únicos, los cuales habían vencido a un sin fin de enemigos, al igual que ayudaron a miles de almas que corrían peligro. Llamada "La Gran Bruja de América" y conocida en todo el mundo por este nombre.



Alex Romanni

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En el texto hay: amor juvenil, mexico, magia y amor

Editado: 27.03.2021

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