La Profecía de los Elegidos

8. Cinco de seis

Aimeé se encontraba dando la cátedra de filosofía a un grupo de cuarto semestre, cuando de repente su teléfono sonó. Al escucharlo, se disculpó con sus alumnos y revisó su aparato, al ver quién marcaba se limitó a caminar hacia la puerta y salir para contestar.

—Papá, ahora no puedo, estoy en medio de una clase.

Es importante. Acerca de los chicos... Lucas me ha contado. Después de clases trae a mi niña directamente a la Mansión ¿entendido? —el arquitecto se escuchaba tenso.

—Está bien. Nos vemos al rato papá —y colgó.

No sabía qué planeaba hacer, pero esa llamada le recordó algo: no había visto a Arisbeth desde que iniciaron las clases y se preocupó. Decidió ir a buscarla al terminar la cátedra para cerciorarse de que todo estuviera en orden. Acto seguido entró al salón y continuó sin más contratiempos.

******

Los rayos de luz matutinos eran lo suficientemente potentes para secar la ropa húmeda de Aris. Sentada en una de las jardineras, esperaba paciente a que el sol terminara de quitar lo mojado de su vestimenta.

De su bolsa sacó su teléfono y sus audífonos los cuales no se arruinaron durante el extraño incidente, los conectó y empezó a reproducir música aleatoria que la castaña había descargado. Recordó lo que le había pasado hace un par de horas: el agua flotar, la extraña frase que escucho y sobre todo a Dante, el primer chico con quien se encontró en ese lugar.

Estaba tan hundida en sus pensamientos que no percibió que dos figuras femeninas se sentaron a sus costados.

—Hola extraña —dijo una chica pelirroja mientras le sacudía para que le hiciera caso.

Aris se quitó sus audífonos y por fin notó a las dos que se encontraban con ella. No eran dos desconocidas, pues la castaña ya las había visto hace un corto tiempo, cuando recién llegaba al país.

—Dale, ¿hablas castellano? —comentó la otra chica.

—Te lo dije Mich, ya la contagiaron —soltó la pelirroja en tono de burla.

—Miren, no quiero tener problemas, así que adiós —soltó Arisbeth molesta mientras se ponía de pié.

—¡No, espera! Jazmín no quiso decir eso. Es sólo que... te vimos con esos chicos el sábado ¿nos recuerdas? —soltó la chica del acento particular.

—Si, las recuerdo —en la mente de Aris se formó la imagen de los cinco chicos afuera de la cafetería, los dos varones, las dos extranjeras y Luzmaría—. ¿Qué tiene que esté con ellos?

—Absolutamente todo. Mira te explico, ellos son unos... ¿cómo decirlo? ¡Apestados! Por favor, son unos boludos; una hippie mugrosa, un emo... bueno, la rubia es bonita pero apesta por estar con ellos, y luego... está él. —Jazmín sonrió torpemente y suspiró, reaccionando al instante y reincorporándose—. El punto es que si te juntás con ellos te van a ver raro, te lo digo por tu bien. Sos bonita y estando con las personas adecuadas, es decir, nosotros, te verás en la cima.

La castaña se indignó y pensó en dejarlas para no seguir escuchando sus tonterías, pero una voz la detuvo.

—Las he buscado por todos lados ¿en dónde..? —Luzmaría se encontraba frente a ella, la cual al verle arqueó la ceja en señal de sorpresa—. Vaya, no creí que te vería por aquí.

Aris sintió el ambiente tenso cuando su prima se hizo presente. Jazmín y Michelle se habían quedado en silencio.

—¿Y bien? ¿Se puede saber en dónde estaban?

—Estábamos caminando y la vimos, le dijimos que se nos uniera y... Por cierto ¿estudias aquí, chavala? —Michelle cambió hacia Arisbeth.

—Em... aún no, pero el semestre que viene empezaré.

Luzmaría reprimió cierto sentimiento negativo y en cambio sonrió hipócritamente.

—Oh, que genial, primita —la morena hizo el esfuerzo de no parecer falsa.

—¡¿Prima?! —dijeron las otras dos al unisono y se miraron.

—Sí, somos primas, por si no les ha quedado claro —soltó Luzmaría entre dientes.

El teléfono de la morena sonó, la cual se alejó para contestar. Después de un minuto regresó con las otras tres. Justo en ese momento el timbre de cambio de clase sonó.

—Bueno, tenemos que irnos. Puede que nos veamos más tarde, así que no me despido —dijo Luzmaría e hizo señas para que las dos extranjeras la siguieran, y acto seguido se alejaron.

Arisbeth sintió un poco de alivio cuando se marcharon. Algo en su interior le decía que esas tres eran mala espina, sobre todo la que compartía lazos sanguíneos con ella.

Cuando el sol comenzó a molestarla, tocó su ropa y vio que estaba seca, así que optó por irse. Camino por los pasillos cuando vio a lo lejos una figura conocida: su madre. Se acercó lo más rápido que pudo y le llamó, cuando la mayor se dio cuenta, le sonrió y la abrazó.



Alex Romanni

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En el texto hay: amor juvenil, mexico, magia y amor

Editado: 27.03.2021

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