La Profecía de los Elegidos

17. El infierno de una oscura Navidad pt. 1

La iluminación exterior hizo que la castaña abriera los ojos en molestia. Ni siquiera deshizo su cama para acostarse. Tal y como se dejó caer la noche anterior amaneció. Se levantó y se dirigió a su baño, y al ver su reflejo en el espejo se asustó. Los ojos rojos e hinchados de haber llorado tanto y la cara pálida la hacían parecer un fantasma.

—Genial. Ahora tendré que maquillarme para disimular las ojeras —se dijo a sí misma.

Ya después de una ducha y un cambio nuevo de ropa se dio cuenta finalmente del día. Era veinticuatro de diciembre, Nochebuena. Al recordar los sucesos del día anterior hizo que soltara un suspiro. No será una Navidad especial, como lo había planeado. Salió de su cuarto y a la primera persona que vio fue a Rita.

—Buenos días enana... No dormiste bien ¿cierto?

La castaña negó. Aun así la abrazo y la tía menor le correspondió.

—¡Aquí están mis dos pequeñas, buenos días! —exclamó Gerardo que vestía un traje azul con una camisa blanca y una corbata marino. Rita y Arisbeth le miraron extrañadas pero muy molestas. El hombre estaba feliz, como si nada del día anterior hubiera ocurrido. Sólo le saludaron y siguieron derechas para bajar al comedor donde Aimeé las esperaba. Les saludó y acto seguido se sentaron en sus lugares.

—Voy a ir a comprar unas cosas ¿me acompañan? —dijo la hermana media.

—Em... Voy a salir, te lo dije ayer, manita. Y no creo poder estar a tiempo para ir a donde planeas.

—Yo si te acompaño má —respondió la castaña un poco más feliz.

La mujer agradeció y no cruzaron más palabras. Después de unos cinco minutos el patriarca apareció con una gran sonrisa y se sentó en el lugar principal. Las hermanas y la chica hicieron miradas de extrañeza. Era raro ver al hombre así después de la escena de la noche pasada. Acto seguido Evita apareció con el desayuno y procedió a colocarlo en la mesa.

—¡No te vayas, mujer! ¡Ven con nosotros, haznos compañía! —el tono de su voz hizo que la cocinera brincara del susto. La sorpresa sin embargo fue para las otras tres.

—Estoy un poco apurada, señor... Hoy regreso a Zacatlán con mi familia, ya le había comentado.

—¡Vamos! ¡Estás con nosotros! Si el tiempo es tu preocupación, no te acongojes... ¡Yo mismo te llevaré si es necesario!

Esa respuesta se ganó una mirada de total desconcierto por parte de la hija menor. No sólo le pareció lo más extraño que su padre estuviera tan alegre sino también estaba un tanto preocupado por los demás, a sabiendas de la difícil convicción que éste tenía.

—Bien, se me quitó el hambre. Iré por mis cosas y me voy —se dirigió a su hermana y a su sobrina para despedirse de un beso en la mejilla, y al mirar a su padre sólo le dijo:— Adiós.

Las otras dos no dijeron palabra alguna, pero el mayor lucía su, de más dicha fingida sonrisa.

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—¿Qué vas a comprar? —inquirió la chica.

—Son varias cosas faltantes en la Biblioteca —respondió Aimeé.

El lugar a donde se dirigían no era necesariamente un puesto de libros. La entrada se veía por una calle, nada fuera de lo común, hasta que ambas entraron. Era un mercado en donde se veían a muchísimos comerciantes ofreciendo lo que incluso ellos mismos producían. El lugar estaba repleto de gente, mucha más de la normal por la fecha. Iban y venían comprando lo que necesitarían para la cena de aquella noche. Frutas, verduras, carnes, pollo, pescado, incluso había puestos vendiendo adornos y muchos artilugios más. La mujer tomó fuertemente de la mano a su hija y la condujo al fondo de ese "hormiguero humano". Caminaron por varios pasillos hasta que dieron a un sitio muy especial. Cuando entraron, vieron los mostradores de madera estaban repletos de hierbas, veladoras en vasos etiquetados, figuras de santos e incluso estatuillas de la Muerte. La chica sintió un escalofrío al ver una en especial que vestía una túnica negra y medía más de medio metro. Sólo había dos personas en el sitio examinando las cosas mostradas y decidiendo qué llevar.

—Buenas tardes —dijo una mujer de cabello trenzado y muy bajita que vestía un suéter azul y una falda larga negra—. ¿En qué las puedo ayudar?

—Venimos por unas cosas. —Aimeé sacó un papel de su bolsa y lo desdobló—. No sé si tenga todas las hierbas, pero si cuenta con la mayoría me llevaré un ramo de cada una.

La mujer bajita tomó el papel y salió hacia los mostradores. Tomó varias de las plantas y las colocó encima de una mesa. Luego entró de nuevo hacia unos anaqueles y recogió varios frascos que incluían esencias y aceites. Por último sacó una caja de debajo de la mesa que contenía velas, veladoras y velones y, siguiendo las instrucciones de la lista tomó varias de ciertos colores en específico.



Alex Romanni

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En el texto hay: amor juvenil, mexico, magia y amor

Editado: 27.03.2021

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