La Profecía de los Elegidos

21. La envidia de bruja

—¿Los atacaron? —exclamó la rubia mientras le servía jugo a su amigo.

Bastante aburrido, el rizado visitó a la rubia en su casa, aprovechando para contarle del ataque en la mansión durante la noche navideña.

—Sí, y creo saber quién fue... —Alex sacó el libro de hechizos de su mochila y después de hojearlo, llegó a una página que acto seguido, le mostró a Zoe.

—Demonio Sombra: una criatura que mata feroz entre la oscuridad. Hecho de sombras e imposible de atacar con casi cualquier magia, pues los hechizos, las pociones y los ataques de elementos no son suficientes... —leyó la chica atentamente y luego le devolvió su libro—. Pero y entonces ¿cómo lo vencieron?

—He ahí el detalle... —y así el chico relató lo sucedido la noche anterior.

—¿De verdad? ¿La madre de la perra? —Zoe bufó al oir el nombre de Cristina.

—Sí, así es... le lanzó un rayo de luz y con eso aniquiló al demonio. Pero tiene sentido, la luz desaparece las sombras ¿no? —dijo el rizado mientras bebía un sorbo del jugo.

—Lo que me sorprende es que sea exactamente la perra mayor quien los haya salvado.

—A mí también... Pero de en vano porque ella y su hijita hicieron de las suyas después.

Zoe arqueó la ceja. Sabía que se avecinaba algo fuerte acerca de eso.

—¿Se pelearon?

El rizado suspiró, pero luego contó parte por parte de la discusión en la Mansión Hernández.

—Repito: ambas son unas perras.

—Ni siquiera sabíamos qué hacer, hasta Dante se quedó de a seis...

La rubia miró a su amigo extrañada. ¿Dante? ¿Estaba con ellos?

—¿Qué? ¿Él estaba ahí?

—Ah, sí... Para nuestra sorpresa, tu amiguísima lo invitó con nosotros ya que quiso hacérsela de doña Caritativa porque la mamá de Dante trabajaba. Aunque me agradó la idea de que no estuviera solo, para los dramas de ayer mejor se hubiese quedado en su casa.

Muy en el fondo, Zoe sabía que esa no era una actitud normal de Luzmaría. Algo planeaba, y no era nada bueno.

—Y no te he contado lo peor, mamacita, ahí te va el chisme completo... —y así, sin querer el chico contó lo que sería una bomba para explotar la ira de la rubia. No supo cómo pasó, pero en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba forcejeando la manija de la puerta principal, evitando que Zoe cegada de la ira saliera e hiciera algo de lo que se arrepintiera.

—¡Esa puta me va a oir! ¡Me va a oir! ¡¿Cómo demonios se atreve a hacer eso con Dante?! ¡¿Es que no le basta con cogerse a media escuela y ahora quiere hacerse la santita con él?! ¡Me tiene hasta la punta de la verga esa hija de toda su puta madre!

—¡Cálmate! ¡¿Qué demonios te pasa, Antonella?! ¡Ya deja de arañarme y contrólate! —los inútiles forcejeos por parte de Alex eran desplazados con arañazos y golpes de la rubia—. ¡Que te calmes, Zoe! ¡Van a escucharte tus papás!

Non lascerò che esca con la sua, maledetta puttana! —la rabia de la rubia era grande, tanto para empezar a maldecir en italiano.

Los forcejeos eran inútiles y nada parecía calmar a la celosa bruja, hasta que...

—¡Antonella! Che sta succedendo?! —se escuchó venir de los labios de doña Francesca, quien no iba con una cara sonriente...

—¡Ya basta! —sentenció Alex quien con un movimiento de telequinesis logró apartar las manos de su amiga de la puerta.

Por lo mientras, Francesca miraba esperando una respuesta de parte de los dos chicos. Sin embargo sólo recibió una mirada de furia de su hija, y a Zoe yendo a su habitación, maldiciendo en italiano.

—Alessandro... ¿Qué pasó con mia figlia?

El pobre chico sólo dio una sonrisa nerviosa, pues ni él tenía la más remota idea de aquella escena.

******

La castaña aún seguía en su cama, meditando todo lo ocurrido. A pesar de ser las doce del mediodía optó por no levantarse y continuar acostada. No tenía ánimos para salir y mucho menos quería ver a nadie.

—Mi niña... ¿Estás bien? —se escuchó del otro lado de su puerta.

Aris no respondió. Se quedó en silencio, pues ni siquiera ganas de hablar tenía. Segundos después escuchó el botón del seguro moverse y vio a su madre entrar. La chica sólo arqueó la ceja y se dio la vuelta.

—No accedí a que entraras —finalmente contestó.

—Lo sé... pero no me dejarías entrar y tuve que usar medidas drásticas —explicó Aimeé mientras se sentaba a su lado.

La chica se cubrió con las cobijas hasta la cara.

—¿Por qué no podemos tener una vida común y corriente como otras familias? ¿Por qué debemos de vivir entre monstruos, brujería y discusiones familiares fuera de lo común?



Alex Romanni

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En el texto hay: amor juvenil, mexico, magia y amor

Editado: 27.03.2021

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