La Profecía del Regreso - Libro 2 de la Saga Del CÍrculo

SEGUNDA PARTE: El Doctor - CAPÍTULO 25

Tardé varios días en recobrarme del todo. Nora no había dejado que me levantara por nada del mundo. Me traía la comida a la cama y espiaba por la puerta a cada rato para ver cómo iba. En otro momento, su comportamiento me hubiera molestado, pero ahora comprendía que lo que aquellos dos hacían por mí era solo por el afecto que me tenían. Mercuccio se la pasaba trayendo y llevando libros de la biblioteca hasta mi habitación, y Nora vigilaba que no me extenuara demasiado con tanta lectura. A duras penas, había logrado disuadirlos de que llamaran a un médico para que me viera.

Lo que más temía eran las noches, porque en ellas me visitaban las más horrendas pesadillas. Sueños aterrorizantes donde Hermes torturaba a mis amigos mientras me hacía mirar impotente su sufrimiento, mientras me hacía escuchar sus gritos, mientras me hacía ver la sangre que chorreaba de sus cuerpos inertes. Despertaba agitado, confuso, angustiado. No me atrevía a moverme por miedo a ser descubierto por aquel asesino que, me parecía, me acechaba entre las sombras en los rincones de mi habitación. No estaba seguro de poder volver a salir a la calle por temor a encontrármelo, caminando sin descanso, buscándome por la ciudad.

Durante el día, el miedo era más soportable. La luz del sol entraba desde el patio por una amplia ventana, y las idas y venidas de Nora y Mercuccio, más los sonidos familiares de la casa, ahuyentaban los fantasmas nocturnos. Me obligué a olvidar a Hermes y a pensar en el trabajo que tenía por delante, que no era poco ni simple. Tenía que trabajar sobre dos portales: construir uno y encontrar el otro. Los libros del viejo Strabons no servían de mucho, pero comencé a pensar en otros dos documentos que había en la biblioteca: los dos mapas. Uno daba la localización del portal de la casa de Nora, pero el otro... ¿para qué lo tendría Strabons allí? No era mera coincidencia. En mi mente comenzó a formarse la idea de que los dos mapas indicaban dos portales. Uno ya lo conocía, ahora debía descifrar dónde estaba el otro. La clave debía estar en ese extraño mapa medieval. Y luego estaba el asunto de la cúpula, tenía que encontrar el diseño para construirla. El tiempo, que había parecido tan largo al principio, corría inexorablemente hacia la meta y yo no estaba preparado.

A la mañana del séptimo día después de haber regresado del bosque, me levanté por primera vez y fui a desayunar al comedor. Nora me trajo el té y las tostadas de siempre. La noté un poco nerviosa. Volcó té en la mesa al servirlo. Algo debía estarla alterando.

—Nora, ¿Qué pasa?

—Nada, estoy un poco torpe esta mañana— se disculpó ella, dando media vuelta y huyendo hacia la cocina.

—¿Nora? ¿Nora estás bien?— la seguí a la cocina.

—Estoy perfectamente, ahora vaya y tome su desayuno— sonó como una orden.

Algo no estaba bien.

—¿Pasó algo con Mercuccio?— intenté.

—Solo tome su desayuno— insistió ella.

Suspiré y volví al comedor. Bueno, todos teníamos derecho a tener un mal día. Si lo que sucedía era lo suficientemente grave, sabía que Nora terminaría contándomelo. Solo debía darle un poco de tiempo.

Terminé de desayunar y fui a la biblioteca. Al abrir la puerta, la vi. No debe haber tenido más de veinte años. Vestía una pollera negra corta y una blusa blanca escotada. El abundante cabello negro y enrulado le caía por debajo de los hombros. Sus ojos marrones observaban atentamente los libros de los anaqueles. Llevaba un portafolio en la mano izquierda. Conque eso era. Por eso tantos nervios al servir el desayuno.

Al escuchar la puerta de la biblioteca que se abría, la muchacha se volvió hacia mí.

—Usted debe ser el doctor Strabons— me dijo. Su esbelta silueta dio tres pasos hacia mí con una mano extendida. Los tacos altos de sus botas resonaron en el piso de madera lustrada.

Me di vuelta hacia la puerta y grité por encima del hombro:

—¡Nora!

—Soy Juliana Maer— se presentó la muchacha aun con la mano extendida hacia mí—. Vine por su aviso.

—¡Aviso! ¿Qué aviso? ¡Nora!

—El que pedía un asistente con conocimientos de historia antigua.

—¡Nora!— grité más fuerte. ¿Dónde se había metido esa condenada mujer?

Finalmente, Nora apareció por la puerta de la biblioteca.

—¿Qué pasa?— preguntó con cara de inocente.

La miré con cara de “sabes muy bien lo que pasa”.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, portales

Editado: 12.10.2019

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