La Profecía del Regreso - Libro 2 de la Saga Del CÍrculo

TERCERA PARTE: El Profesor - CAPÍTULO 66

             Cuando sonó el timbre ronco de la casa de Nora, casi salté de mi asiento y corrí hacia la puerta. La abrí, tratando de aparentar serenidad: era él.

            —Pasa— murmuré. Tragué saliva y lancé un suspiro inaudible. Estaba tan nervioso que apenas me di cuenta de que estaba apretando el picaporte de la puerta con tal fuerza, que el borde se me clavaba en la mano, haciéndome doler la palma.

            Él caminó lentamente por la sala.

            Cerré la puerta, soltando el picaporte. Froté la palma para calmar el dolor, con la vista en el piso, tratando de decidir cómo comenzar, tratando de recordar...

            Miguel notó que yo estaba tenso y dijo:

            —Si llegué en mal momento…

            Le hice un gesto con la mano para desestimar su preocupación:

            —Llegaste en el momento justo— le dije, respirando hondo y tratando de sonreír—.  Por aquí— dije, guiándolo hasta la biblioteca. Me senté a la mesita del té, y lo invité a tomar asiento del otro lado. Se sentó, tembloroso. Su mente estaba tan turbada como la mía. Casi podía ver sus pensamientos corriendo a toda velocidad en el interior de su cabeza. Los míos corrían a la misma velocidad por la mía. Los dos estábamos paralizados, petrificados. Y en medio del silencio que comenzaba a volverse visiblemente incómodo, escuché el chirrido de la puerta que daba a la sala de estar: Nora.

            —¡Ah! Nora. Justo a tiempo— dije con alivio. Aquella interrupción con el té me daba unos minutos más para tomar coraje y hacer lo que tenía que hacer. Le había dicho a Nora que iba a tener un invitado para la hora del té, pero no le había dicho quién era para que no actuara de forma extraña al verlo. Aquello fue un grave error. Nora apoyó la bandeja con cuidado en la mesa con una sonrisa, pero cuando su mirada se cruzó con la de Miguel, pude ver cómo abría los ojos asombrada: lo había reconocido.

            —¡Dios mío! ¡Es…!— exclamó Nora.

            —Muchas gracias, Nora— la corté antes de que revelara nada más.

            —Pero…— intentó ella.

            Le tomé la muñeca suavemente:

            —Todo está bien— le dije, tratando de tranquilizarla y de transmitirle que no debía revelar nada. Ella asintió en silencio. Le solté la muñeca, y ella trató de sonreírle normalmente a Miguel, su intento fue bastante pobre. Por suerte, sin decir palabra, dio media vuelta y salió de la habitación sin más.

            —Nora es mi ama de llaves. No está acostumbrada a que yo reciba visitas— traté de explicar a Miguel.

            Pero Miguel no se tragó tal flagrante mentira.

            —¿Qué está pasando?— preguntó, poniéndose de pie con el ceño fruncido.

            —Miguel...— comencé, intentando calmarlo.

            —Primero su casa tiene una dirección imposible...

            —Miguel...— probé de nuevo, pero él parecía no escucharme.

            —Nadie ha oído hablar de usted en su propio barrio, excepto ese tal Humberto, que por cierto, creo que está un poco mal de la cabeza.

            —¿Qué?

            La mención del nombre Humberto hizo que mi corazón parara de latir por un momento. No, debía haber un error. Había entendido mal.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, portales

Editado: 12.10.2019

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