La Profecía Rota - Libro 3 de la Saga Del CÍrculo

CUARTA PARTE: El Señor de la Luz - CAPÍTULO 133

Dana apoyó con fuerza su bota derecha sobre el abdomen del sacerdote y lo empujó hacia atrás para ayudarse a desenterrar su puñal del pecho del hombre, quien cayó con la boca abierta y los ojos desorbitados, muerto. En medio del fragor de la lucha, Dana se pasó la muñeca ensangrentada por la frente para apartar sus cabellos del rostro y giró, buscando a un nuevo atacante. Jadeando, volvió a girar hacia el otro lado sin comprender bien por qué de repente nadie venía en su dirección a atacarla. Por un momento, vio a Calpar a escasos metros de ella, tenía la espada en la mano, pero no se movía, estaba como hipnotizado, mirando hacia el norte. Fue entonces cuando Dana descubrió que muchos de los guerreros que habían estado luchando encarnizadamente hasta hacía un momento, se detenían porque algo hacia el norte llamaba su atención. Dana consideró que éste era un momento ideal para atacar a sus desatentos enemigos, pero en contra de todo lo que sabía sobre batallas, dejó pasar ese conveniente momento para mirar ella también hacia el norte. Cuando vio lo que los otros estaban mirando, su corazón latiendo desbocado por el fragor de la lucha se detuvo por un momento. La adrenalina que invadía sus venas pareció de repente perder su efecto vigorizante y las rodillas le temblaron. Era él.

Venía montado en un caballo magnífico, con su espada de Govannon en alto, la capa plateada flameando por detrás.  El Señor de la Luz. Detrás de él venían miles y miles de disciplinados guerreros montañeses de Aros flanqueados por miles de hombres vestidos de  distintas maneras que avanzaban de manera un tanto desordenada.

Después de un largo momento, Dana recordó respirar. Notó que un sudoroso Calpar, con el cabello enmarañado y su atuendo negro rasgado, se ponía junto a ella.

—Es él— fue todo lo que atinó a decir ella.

—¡Por el gran Círculo! ¡Claro que es él!— exclamó Calpar, riendo a carcajadas. ¿Quién otro podría detener una guerra infernal como aquella solo cabalgando con la espada en alto por el campo de batalla?

Con el vestido hecho jirones, la cara y las manos manchadas de sangre, el puñal aun en la mano, Dana avanzó entre la multitud de tropas hacia él, embelesada.  Todos abrían paso a este jinete vestido de blanco con su capa plateada y lo seguían con la mirada, como hechizados por su magnificencia. Cuando él estuvo lo suficientemente cerca, la vio. Cuando sus miradas se cruzaron, fue como si todo el resto del universo dejara de existir. El sonido de los gritos y gemidos de los heridos se apagó de sus dos mentes. El olor de la sangre y la carne quemada desapareció de sus narices. El humo de la Cúpula incendiándose dejó de nublar su vista. Solo existían él y ella. Las decenas de miles de personas que los rodeaban, amigos y enemigos, desaparecieron por completo de su universo. Solo existían los ojos de él clavados en los de ella. Solo existían los ojos de ella clavados en los de él.  La sangrienta batalla parecía un recuerdo remoto. En la mente de ella, nada importaba excepto él. En la mente de él, nada importaba excepto ella.

Con los ojos fijos en los de él y la boca abierta de asombro, ella apenas se dio cuenta de que él había detenido su caballo frente a ella y había desmontado.

—Sería mejor que ya cerraras la boca— le murmuró Calpar al oído.

Las palabras de Calpar la volvieron a la realidad. Fue entonces cuando vio a la mujer que lo acompañaba. Era una mujer despampanante, joven, bella, de rebelde melena roja y cautivantes ojos verdes. Llevaba un hermoso vestido azul con lazos negros en el frente. Sin duda, era una princesa. El corazón se le encogió de angustia al comprender: aquella espléndida mujer era la consorte de Lug. Había cabalgado a su lado a la cabeza de los guerreros de Aros, y ahora la miraba a Dana desde arriba de su caballo, con noble curiosidad.

Era lo justo. Habían pasado tantos años. Era comprensible. Lug había encontrado a otra mujer para llenar el vacío que ella había dejado con su rechazo. Dana nunca había tenido la oportunidad de explicarle a Lug que la conversación que había escuchado entre ella y Calpar en Faberland había sido una mentira, una estrategia armada para salvarlo. Le había hecho creer que nunca lo había amado, que lo había engañado para forzarlo a luchar por el Círculo. Le había hecho pensar que su contacto físico, y hasta su mirada, eran un tormento para ella. Pero todo lo había hecho para salvarlo del abismo predicho por Marga. Lo había sacrificado todo para salvarle la vida y todo había sido en vano. Lug había caído al abismo sin remedio, aun cuando ella lo había lastimado lo suficiente como para que la odiara con todo su ser. Entendía que había herido su alma más allá de lo soportable, que había de alguna manera causado su muerte, destrozando a la persona que más amaba en todo el universo. Y ahora que había vuelto, comprendía que él nunca podría perdonarla. Lug lo merecía, merecía a una mujer buena y hermosa como aquella a su lado.

—¿Dana?

Con el pecho angustiado y lágrimas en los ojos, Dana despegó la mirada de la mujer del vestido azul al escuchar su nombre dicho por los labios de él. Lo vio parado frente a ella, observándola con sus hermosos ojos, tan hermosos como los recordaba, su cabello largo y enredado... tenía tantas ganas de tocarlo, de acariciarlo, pero no se atrevía, ahora él pertenecía a otra.



Adriana Wiegand

#1421 en Fantasía
#905 en Personajes sobrenaturales
#1723 en Otros
#149 en Aventura

En el texto hay: mundos paralelos, fantasiaepica

Editado: 12.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar