La rueda del amor

Capítulo I

 

Si me preguntaban ahora mismo de qué hablaba el profesor de algebra, seguramente me quedaría viendo a toda la clase con un rostro absolutamente ido de sí. Pero no tenía la culpa, no cuando tenía el guapísimo galán de Connor Dreck se encontraba en diagonal, perfecto para ser acechado por mis ojos.

Pero recuerden que la vida no es justa y, a veces, pareciera que tus pensamientos logran conectar con todo lo negativo de la existencia y te toca vivir la peor experiencia de tu vida en público. Sí, así es, Connor volteó justo cuando lo miraba (como casi siempre lo hacía) y yo solo pensaba en una cosa: mierda, mierda, mierda.

Mis ojos bajaron rápidamente a mis desordenadas hojas sueltas repletas de dibujos de seres imaginarios. Seres imaginarios y el nombre de Connor en distintos idiomas.

Respiro y respiro y respiro por un largo rato. Me mantengo cabizbajo y solo me concentro en respirar. Me retuerzo en el pequeño banco de madera antes de subir levemente la mirada nuevamente en dirección de él y suspiro al ver que ya no me observa.

Uno de sus mechones castaño claro cae sobre la mitad de su frente, desafiando su peinado. Observo por décima tercera vez en el día su cicatriz en su frente, una muy leve y casi indivisible pero, visible ante mis ojos. Sonrío cuando se lleva la lapicera hasta sus labios carnosos y profundamente carmesí y la mantiene allí por un largo tiempo, con una pose de meditación. Como si Connor entendiera algebra.

Como es costumbre en cada clase, escribo todo lo que veo de él y lo lindo que se encuentra hoy. De cómo su reflejo con el sol matutino ingresando por el  cristal recrea una manera mágica en él.

“Parece como un verdadero ángel, el cual no dejaría de retratar un millón de veces.” C.P

Pero luego de terminar la frase, reprimo el pequeño papel en mi puño y lo mantengo allí por un tiempo. El tiempo necesario hasta que el profesor desvía la vista de mí y comienza a colocar ejercicios en la pizarra. Cuidadosamente abro mi mochila y arrojo el papel dentro, para luego ocultar en mi cuarto una de las tantas notas que escribía para el chico que me traía muerto desde séptimo grado.

El timbre suena y espero un tiempo hasta que todos salgan del salón para marcharme por último. Coloco mis cuadernos que están repletos de caricaturas dentro de la mochila y me la llevo hasta el hombro pero, antes de salir por la puerta, escucho el sonido irritante de los profesores cuando quieren llamar tu atención.

—Te noté algo extraño en esta clase—dice el Sr Marck, mientras se quita los lentes y los deja reposar sobre una pila de libros— de hecho te noto distraído en todas mis clases… quiero decir, más que antes.

—Yo…—piensa una excusa rápida y creíble— estoy con algunos problemas familiares…

Problemas familiares, un clásico que jamás dejaba de funcionar. El señor Marck asiente pensativo y me hace un gesto de que ya puedo retirarme de su clase. Agradecido de que me creyera, me dirijo cuanto antes al comedor para reunirme con mis amigos.

Para mi sorpresa, Lenna, Marcus y Maggie ya me esperaban en el mismo lugar de siempre: cerca de los ventanales y de la última columna, junto con los más raritos de la secundaria.

Alzo la mano para saludarlos y sonrío al verlos. Ellos, en especial Maggie, me saludan con mucho entusiasmo. Resulta que todos excepto yo estuvimos fuera de la ciudad este fin de semana.

—Es bueno volver a verte Alex—dice Marcus, chocando su puño sobre mi hombro—.

—Lo mismo digo.

—Bien, ahora que estamos todos reunidos como una gran familia, solo queda confesar mi proyecto y futuro amor—anuncia Lenna—.

Lenna era la muchacha  más revoltosa de los cuatro. Fácilmente pudiera juntarse con el grupo de los más populares pero, curiosamente decidió encajar mejor con los desconocidos como nosotros. La observo por un rato, mientras discute con Marcus que su historia si es una que vale la pena ser contada, no como las otras que siempre cuenta. Se acomoda su revoltoso cabello rubio y coloca su mechón de siempre detrás de su oreja para luego acercarse más a nosotros, colocando ambos codos sobre la mesa de metal.

—Bien, ¿Están listos? —pregunta con una risa excitada—.

—Eso creo…—responde Maggie tímidamente—.

—Pues resulta que conocí a un chico este sábado y creo que es el amor de mi vida. Es el nuevo vecino y vive solo a dos casas de la de mi abuela, o sea que la visitaré cada día de mi vida…

Mi amiga continuaba charlando, pero mi vista nuevamente se fue de mi universo para concentrarse en el único planeta de mi galaxia que existía. Connor ingresaba con su grupo de amigos, todos reían por algún motivo que no importaba. Lo que sí importaba era su sonrisa marcando sus hoyuelos, sus ojos enchinados de tanto sonreír, sus pasos gráciles, su cabello perfectamente peinado ante mis ojos… en verdad que me gustaba. Y todo podía haber sido digno de retratar en un lienzo si no fuese por la persona que lo acompaña a su lado. Mi peor pesadilla en esta vida. La única mujer que podía odiar, incluso más que al brócoli. Katherine Black, vestida con un conjunto morado que, a mi parecer, era horrible. Pero nada era más horrible ante mi vista que su mano tocando la de mi chico.



Franco Braag

Editado: 23.01.2019

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