La Última Bruja

Capítulo 1

Hago el menor ruido posible para no ser descubierta. Apenas se escucha el crujir del suelo bajo mi peso al moverme por mi habitación, y solo eso es suficiente para hacerme aguantar el aliento. Incluso mi propia respiración, errática por los nervios, suena atronadora en el silencio de la noche. 

Es de madrugada  y la única luz con la que cuento es la que proviene de la luna, que brilla lo bastante para distinguir los objetos que conforman mi habitación sin necesidad de crear una esfera de luz, lo cual podría alertar a alguien.  

Rebusco lentamente entre los papeles de mi escritorio en busca de algunas notas importantes, y de paso no puedo resistirme a añadir algunos libros a la vieja mochila de mi padre, que ya parece estar a punto de reventar. El ruido que produce el roce de los papeles me está afectando los nervios, así que intento apresurarme para terminar con todo esto, repitiéndome a mí misma mentalmente que es imposible que nadie escuche nada, en un vano intento de calmarme. Me tiemblan tanto las manos que en cualquier momento voy a tirar algo, lo sé.  

Puede que huir fuera una mala idea desde el principio, pero tengo que intentarlo.   

Termino con el escritorio, que acaba siendo un revoltijo de papeles garabateados y libros abiertos a medio leer. Los miro por última vez, resistiendo a duras penas la tentación de llevarme alguno más, aunque sé que no los necesito. Me los sé de memoria. 

 Al abrir el armario la puerta chirria y a mí se me corta el aliento. “Que nadie lo haya oído” ruego para mis adentros. Me quedo mirando la puerta un par de minutos, conteniendo la respiración por si acaso, y cuando veo que no pasa nada prosigo. No cojo mucha ropa, apenas un par de camisetas, unos shorts y una sudadera. Llevo puesta otra camiseta, unos pantalones largos, una chaqueta vaquera atada a la cintura y mis fieles botines de hacer senderismo. Es verano, así que incluso a estas horas de la noche hace buen tiempo. Probablemente tenga que comprarme unos zapatos más ligeros, aunque no sé con qué dinero. 

La brisa que entra por la ventana refresca la estancia, mezclando el olor a libros viejos con el de hierba recién cortada. Aun así gotitas de sudor me caen por la espalda, me da un escalofrío.  

Apretujo la ropa entre los huecos que dejan los libros y por fin, solo me queda una última cosa por recoger,  un par de fotografías familiares, que rápidamente guardo entre las páginas de un tomo especialmente grueso sobre teoría de la magia. 

Todo listo, cierro la mochila, con cuidado y respiro profundamente. Le doy un último vistazo a mi habitación, a las estanterías llenas de libros, que habré leído mil veces, y me despido en silencio. Algunas cosas sí que las echaré de menos. 

Lo más difícil de conseguir fue la varita, que Bastian siempre mantiene bajo siete llaves. Fue también lo último que recogí, por este mismo motivo. Si lo hubiera hecho antes él se habría dado cuenta enseguida. De momento no la necesito así que la guardo en el bolsillo exterior de la mochila, hecho a medida para que no se caiga. 

Me posiciono frente a la puerta del armario y me preparo. Bloqueo la puerta que da al pasillo con un conjuro, no aguantará mucho a la hora de la verdad pero me dará unos segundos extra cuando Bastian se dé cuenta de lo que está ocurriendo.   

Repaso el plan mentalmente por enésima vez y practico rápidamente los movimientos de manos de los conjuros que voy a tener que invocar, no puedo permitirme errores.  Cuando me siento preparada comienzo de nuevo, esta vez de verdad. 

Con un rotulador dibujo el símbolo de una triqueta en la puerta, exactamente en el medio. Lo hago rápido, tengo mucha práctica.  

Apoyo las manos en la puerta, con las palmas apoyadas en la madera y los dedos extendidos, y comienzo a recitar el conjuro. Susurro las palabras a toda velocidad, en una lengua antigua, apenas lo suficientemente alto como para que yo misma pueda oírlo. De repente el silencio sepulcral de la noche se ve sustituido por un zumbido que comienza en mis oídos y parece reverberar en todo mi cuerpo. Me hormiguea la piel allá por donde pasa la magia, mientras se abre paso hacia mis manos y de ellas a la puerta. Cuando noto la energía llegar a la punta de mis dedos comienzo a trazar los dibujos con ellos, líneas que aparentemente son abstractas y que se van iluminando a su paso. 

A medida que se va produciendo la conexión con el portal, la puerta comienza a temblar más y más. Empiezo a sentir la conexión en cada célula de mi cuerpo, extendiéndose por cada una de mis terminaciones nerviosas. Noto la luz, que nace de la puerta, en la cara. Y entonces sucede lo que tanto temía. Por encima del zumbido oigo ruidos provenir de fuera. Los pasos son cada vez más fuertes, y cuando llegan a la puerta se detienen, y comienza los aporreos. El hechizo de bloqueo mantiene la puerta cerrada, por el momento.   

-¡Abre ahora mismo Maya! – Grita Bastian desde el otro lado.   

Al no obtener respuesta intenta tirar la puerta abajo, pero no lo consigue. Los golpes continúan y cada vez son más escandalosos, tengo que darme prisa.   

El conjuro de Bastian es rápido y eficaz. Lo grita a los cuatro vientos, como amenazándome con palabras que no entiendo, y la puerta se abre de golpe. 



Rebecca Jeffers

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En el texto hay: accion, magia, sarcasmo

Editado: 13.04.2018

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