La voz

92

Cuando logró alcanzar la patrulla, Henrich sudaba a mares e hiperventilaba. «A los policías deberían someterlos a entrenamiento y revisión continua ―pensó―, para que cuando de verdad se les necesite no estén gordos como yo. Aunque tampoco es que esté muy gordo, ¿verdad?».

Tras él, los demás apenas estaban espabilando. «Malditos. Podrán estar más flacos, pero tienen el cerebro de un caracol.»

No se detuvo a esperarlos. Se esperaba de ellos que detuvieran al monstruo y ni para eso servían. Pero no se diría que no lo intentó.

Al poner en marcha el motor, una mano tanteó el trabador de la puerta del otro lado y una cara asomó por el vidrio. Henrich reprimió un grito y quitó el seguro en un gesto mecánico. Wilson Williams subió al asiento del copiloto, rifle en el regazo y una mochilita cruzada al hombro. Escuchó leves golpes y Henrich vio unas sombras saltar a la carrocería.

—¡Acelere! —gritó Wilson Williams.

Henrich asintió, dirigió una breve mirada a la bolsita de Williams, soltó el embrague y pisó el acelerador.

Condujo por calle Miguel Ángel y salió al Boulevard por Sexta calle. A la derecha, dos manzanas más allá, la parte oriental del mercado ardía en un camino de fuego que se extendía hasta Decimosexta.

No vio a Elliam por ningún lado. A buen seguro el maldito le llevaba ventaja. ¿Cuánto tardó en recorrer las tres manzanas que lo separaban de la patrulla? ¿Tan lento era? «¡Pero si me sentí Bolt mientras corría!»

De nada servía lamentarse. Lo que tocaba era conducir.

De reojo vio que Wilson abrió la mochila y sacó un bultito ovalado del tamaño de un huevo. «Una granada», reconoció.

Entre los contactos a los que Araceli envió la información que les compartió Cristian, se encontraba el número del jefe Henrich. Si bien no fue necesario que este revisara su celular para seguir la pista del monstruo. Porque al llegar a Quinta calle lo vio, justo en el momento que un auto lo arrollaba.

«Eso debimos hacer nosotros», pensó. Hasta que recordó cómo había incendiado los jeeps.

También entendió que si no hizo explotar aquel auto que lo arrolló fue porque estaba distraído. Distraído en algo más importante que destruir todo a su alrededor.

«El chico Cáceres debe haber encontrado aquello que busca. Eso o está a punto de hacerlo», comprendió.

Cuando cruzaba Miguel Ángel, vio a tres chicos correr y entrar a la iglesia. «Van a ayudar al chico Cáceres.»

Se detuvo en la siguiente esquina. Una mujer, Araceli Cáceres, miraba al coche que remolcaba al monstruo con la cara lívida de terror. De tanto contactar con aquel cuerpo en llamas el auto había empezado a arder.

En esos momentos resonó un terrible grito: “NOOOOO”. Henrich y Wilson se llevaron las manos a los oídos y agacharon la cabeza, como si con ello pudieran escapar de aquel grito furioso y desesperado.

Al alzar el rostro al instante siguiente, el auto de Ethan Cáceres daba volteretas en el aire. Durante un instante Henrich creyó que caería sobre ellos y salió del auto apresurado. Pero fue solo un efecto óptico, el coche de Ethan cayó volcado unos diez metros más allá y Araceli corrió al auxilio de su esposo.

—Hay que impedir que entre a la iglesia —gritó Henrich.

Pero no eran necesarias sus instrucciones. Andrés Santillana, Frank Gonzáles y Wilson Williams ya avanzaban sobre el monstruo y abrieron fuego. Henrich corrió hasta alcanzarlos y también disparó. Elliam ni siquiera se volvió a mirarlos.

Wilson metió la mano en la mochila, extrajo una granada, le quitó el seguro y la tiró cuando Elliam cruzaba la verja de acceso en un extraño arrastrar de pies. Mientras la granada volaba, el fuego cesó. Describió un arco en el aire y empezó a descender, golpeó contra uno de los barrotes del portón y rebotó. Explotó a unos cinco metros del monstruo, que apenas recibió el impacto de unos trozos de metralla.

Wilson maldijo por lo bajo, se limpió una mejilla, allí donde una esquirla lo había alcanzado y sacó una segunda granada.

—Tienes más —preguntó Henrich.

—Es la última —respondió Wilson—. Es la más poderosa.

—Dámela.

Wilson, ya fuera porque era la autoridad, ya fuera porque vio la determinación demencial en sus ojos, se la dio sin titubeos.

Y mientras la tomaba, Henrich entendió que así debía ser. Él tenía mucha culpa de que aquel ser hubiera vuelto a la vida. Tuvo varias oportunidades de hacer lo que se necesitaba y prefirió hacer lo que le daba la gana.

En cierta forma, era su penitencia.

Sostuvo la granada en las manos, la pulseó, y sin pensarlo tanto se echó a correr en una última carrera mientras pedía cese al fuego. Tras él percibió luces del resto de coches que se acercaban, pero supo que no había más tiempo. Aquella era la última opción que les quedaba.

Meses y años después, cuando lo más crudo de aquel horror había quedado atrás, Wilson y Frank bromearían (mientras alzaban los vasos para brindar a la salud del héroe) sobre la forma cómica en que la tripa de Henrich se bamboleaba en su loca carrera, pero en esos momentos, cuando el terror todavía era real, les pareció un espectáculo poderoso, cargado de misticismo, hermoso.

El jefe Henrich quitó el seguro cuando estaba a dos metros de Elliam, la cogió entre sus dientes con fuerza y se abrazó al monstruo por la espalda. El dolor de las quemaduras era inhumano, pero no abrió la boca, sabía que no duraría más que unos segundos.

«Espero que este tiempo sea suficiente, chicos.»

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Uno de los capítulos más hermosos. Al menos a mí me gusta mucho como quedó ¿y a ti?

 



ManuelVilleda

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En el texto hay: brujas y demonios, rituales y monstruos, muerte y locura

Editado: 31.10.2020

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