Leandra, Crónicas de una aventura épica

I. Asumiendo el destino

 

 

 

Un nuevo día se asomaba tímidamente en las costas de la hermosa ciudad de Corinto y en sus caminos solitarios se veía avanzar a un joven de unos veinte años. Iba decidido, enérgico,  lleno de fortaleza y coraje. Estaba seguro de sí mismo y lo reflejaba en su rostro, aun tierno y de una tez muy tersa. Sus ojos grisáceos, tenían la profundidad de quien busca y espera algo grande, y su mirada transmitía la alegría propia de la juventud. Su pelo oscuro se batía con fuerza por el viento salado del mar. Era fornido, los trabajos del campo lo habían hecho fuerte. Colgaba de su hombro un morral con las cosas necesarias para emprender un largo viaje. Caminaba por el muelle como quien se dirige a su destino…

De pronto y sin aviso, una chiquilla de diez años lo abrazó con fuerza por detrás, sollozando con gran tristeza, como un último intento para detenerlo. El joven le dio el frente y tiernamente le acarició las mejillas húmedas y la llevó contra su pecho para darle consuelo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que las lágrimas no se asomaran sin permiso por sus ojos. Tenía que ser fuerte por ella.

—Lea, debo marcharme —le dijo con la voz entrecortada.

—Yo no quiero que te vayas, Lysander. ¿Qué vamos a hacer mamá y yo sin ti? —contestó sin dejar de llorar.

—Ya hemos hablado de esto. Sabes que tengo que irme y es inevitable…

—¿Por qué?

—Un día tú tendrás que hacerlo y comprenderás.

—¡Nunca! —y se separó de su pecho sin salirse de entre sus brazos.

En eso llegó una mujer con los ojos cansados de llorar; pero con la resignación reflejada en su rostro y abrazó a la angustiada niña.

—Lea, hija mía, tranquilízate, Lysander volverá pronto.

Las palabras de la madre la calmaron y bajando la mirada se dio por vencida en su intento por impedir la partida de su hermano. Él le dio un beso en la mejilla y se alejó poco a poco hacia el barco que lo esperaba. Ella sentía un gran dolor, que resquebrajaba su corazón como una pieza de cristal. Su hermano era a quien más admiraba en la vida. Él era su ejemplo, su inspiración. ¿Qué haría sin él? ¿Cómo se enfrentaría a la vida sin sus consejos y regaños? Pero al mismo tiempo, un gran odio se apoderaba de ella. Detestaba al ser que obligaba a su hermano a abandonarlas, a enfrentarse a un cruel destino que podría terminar con su vida en cualquier momento. Sin embargo, también pensaba que al cumplir los veinte años a ella le tocaría una suerte igual o peor y aunque no quisiera tendría que prepararse para cuando llegara el momento…

 

************

El olivo estaba en pleno apogeo. La cosecha había sido muy buena. Una sonrisa de oreja a oreja se pintaba en el rostro de los humildes campesinos, que antes de que el sol manifestara su presencia, se levantaban a recoger los frutos deliciosos que los dioses les habían regalado, en su más grande generosidad.

Daba gusto ver los campos tan verdes y florecidos. La brisa era suave y cálida, y acariciaba con majestuosa amabilidad las hojas de los árboles, como quien le susurra al oído palabras de amor a su amada. Las mariposas besaban con finura las fragantes flores, quienes le daban a cambio el tan preciado polen; mientras que un colibrí, de flor en flor, acariciaba y succionaba el néctar con su largo y encantador pico. Pero ver el cielo era lo que realmente impresionaba a cualquiera e inspiraba a todo trovador a crear sus más bellos poemas. Estaba de un color azul suave y brillante. Las nubes blancas tomaban variadas formas y tamaños, y de vez en cuando se observaban aves volar con elegancia en el amplio firmamento. Pero era el sol quien se coronaba en el centro como rey y soberano, iluminando a todos con su blanca y suave luz.

Era un esplendido día y una joven muy bella lo disfrutaba al máximo. Anduvo vagando por los campos toda la mañana, observando cada detalle y asombrándose por las maravillas que Deméter, la diosa de la naturaleza, había hecho. Parecía una niña jugando y riendo, pero ya no lo era: se había convertido en una mujer. Su pelo, ligeramente ondulado, se confundía con la oscuridad de la noche y caía por su espalda hasta el final de ésta. Su tez era tersa, un poco bronceada por el sol del campo. Sus ojos eran muy claros, con un especial tono grisáceo. Su mirada era jovial y sincera, parecía que siempre estaba alegre. Nariz perfecta y labios provocativos, carmesí, de ave en vuelo. Senos epicúreos y un abdomen esculpido perfectamente por los dioses. Aquella joven parecía una ninfa. Los matices inocentes de la infancia habían desaparecido para dar paso a los rasgos característicos de la juventud.

      Jugaba sentada entre las flores, cuando unas manos varoniles cubrieron su rostro y tibios labios besaron su mejilla derecha.

—Adivina quién soy —le preguntó una voz familiar y dulce.

—Philip… —dijo descubriéndole los ojos.

—Así es. ¡Feliz cumpleaños! —y la abrazó.

—Gracias.

—Tengo algo para ti —y sin aviso colocó una corona de azahares[1] sobre su cabeza—. Cásate conmigo —fue su petición.

—Philip… —y bajó la mirada ruborizada, pero enseguida la levantó— no quiero herir tus sentimientos… te quiero mucho y tú lo sabes; pero sabes que no me puedo casar contigo.



Atalanta

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En el texto hay: mitologia griega, romance, accion aventura fantasia

Editado: 30.04.2020

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