Los ratones de la cocina

Capítulo 15

Herta esperaba en una parte solitaria del jardín. Aún no habían venido todos los invitados ─lo iban haciendo poco a poco─ y la Duquesa la había dejado un momento para ir a saludar a unos recién llegados a los que tenía mucho interés en recibir personalmente. De todas formas, Kasimir no había hecho acto de presencia todavía.

En realidad, nadie sabía muy bien cómo tomarse el papel de la Duquesa allí. Los amigos del Rey la veían como a una querida a la que había dotado de ciertos privilegios y licencias. La trataban con educación y con disimulado desprecio ─contenido principalmente por si, al final, el monarca se decidía a hacerla su esposa. El resto, se sorprendían, la tomaban por una pariente cercana o una persona de confianza, pero, básicamente, la ignoraban bastante, ocupados en sus propios asuntos e intereses. Por eso, ella tenía cada vez más empeño en que, a través de su hijo, si ése era el método más sencillo, se afianzasen sus lazos con la Casa Real, porque si no, el Rey acabaría sustituyéndola, como ya había hecho antes.

Herta aprovechó que estaba sola para colocarse ligeramente una de las medias ─los zapatos le iban un pelín grandes.

Por el rabillo del ojo vio que se acercaba un hombre paseando.

-No os gusta mucho el barullo -adivinó él a modo de saludo cuando estuvo a su altura.

-Oh, no es eso. Es que… No importa. Tenéis razón: no me entusiasma. Pero no se trata de ningún barullo; son sólo los invitados llegando al baile.

-Una pesadez igualmente. Por algo hemos venido los dos buscando un rincón algo más tranquilo. -Herta se limitó a sonreír-. Jamás había asistido a un baile tan importante ¿y vos?

-No. Yo tampoco.

-Es un poco intimidante. La idea, me refiero, de relacionarse esta noche con tantas personas y querer quedar bien con todas ellas.

-Sí. Es verdad. -La muchacha esperaba no llamar mucho la atención para que luego su ausencia fuese percibida por el menor número de personas posible, de manera que la Duquesa no se lanzase rápidamente a buscarla cuando se marchara. Decidió que mostrarse demasiado callada quizás tendría el efecto no deseado-. Pero, por otra parte, es un entorno tan maravilloso. Estoy segura de que habrá también momentos de disfrute.

-Sin duda. Sobre todo si me concedierais el placer del primer baile. A no ser que lo tengáis reservado ya para otro afortunado joven.

Herta no sabía cómo salir airosa. Se suponía que el Príncipe Kasimir debía abrir el baile con ella, si todo salía como la Duquesa quería. Ella no debía hacer nada por su cuenta; y mucho menos salirse del plan. No obstante, la proposición de este desconocido consiguió que, durante unos momentos, no importase nada, más que la preciosidad del lugar, su maravilloso vestido y el reflejo de su lindo rostro ─la Duquesa la había peinado y maquillado personalmente, sacándole el máximo partido─ en los ojos de él.

Afortunadamente ─ ¿afortunadamente? ─, la Duquesa llegó entonces a buscarla, evitando que se pudiese dejar llevar por la calidez del momento.

La expresión de la dama pasó de sorpresa a preocupación, y luego a casi satisfacción, al ver al acompañante.

-Te estaba buscando -dijo tranquilamente, mientras avanzaba los últimos pasos hasta ellos.

-No me he movido del sitio -se excusó la muchacha en un susurro, comprobando ya tarde, y para su consternación, que la frase no iba dirigida a ella.

La Duquesa le lanzó una mirada de reprobación y después continuó hablando con su hijo como si no la hubiera oído.

-Permite que te presente a Herta. Es una prima lejana de Regine y Gloria (ya sabes, las hijas de Cecilia). Ha venido a pasar una temporada con ellas. Su padre es el Conde de Silice; su mansión está al norte.

-¿De Silice? Nunca oí hablar de él. -“A mí me debe un par de favores”, pensó su madre. “Y, si esto sale bien, tendrá ocasión de devolvérmelos”-. ¿No ha venido?

-No. Negocios en el extranjero se lo han impedido. Pero ha enviado a su hija. Seguro que representará a su familia de una manera ejemplar.

Kasimir sonrió a su madre y, a continuación, a Herta.

 

La calesa descargó a su madrastra y hermanastras poco antes de que anunciasen que la cena iba a ser servida.

Cecilia no pudo tener queja. Wilhelmina había distribuido los sitios a la perfección, situando a sus dos hijas al lado de dos estupendos partidos, y a ella misma ─si bien su luto recientísimo la obligaba a mostrarse recatada─ junto a un barón de excelente presencia y disponibilidad. Esto compensaría, concedió Cecilia, muchas tensiones que se pudiesen haber acumulado a lo largo de los años en el baúl de los recuerdos.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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