Los ratones de la cocina

Capítulo 18

No era la reacción que había estado esperando. Y ahora que, finalmente, había tenido lugar, no se explicaba por qué… por qué no la había estado esperando. ¿Acaso no era lo más lógico? ¿Necesitaba más pruebas de la frialdad de aquella mujer, de su egoísmo, de…?

-Me iré, Madre -le respondió resignada; sin más ganas de pelearse o de criticar a su progenitora-. Me iré para siempre. Te suplico que me olvides.

Flora se levantó de su asiento y se dirigió hacia la puerta. Había pensado en muchas más cosas que decir. Gran parte de las no pocas horas que había pasado convertida en ratón las había ocupado en eso; y tras lograr anular el hechizo, con más intensidad había planeado las palabras y las miradas que dedicaría a su madre en este primer encuentro. Ni una vez se le había pasado por la cabeza lo que ahora parecía tan claro: la inutilidad. Aquella mujer era un muro de interés propio contra el que cualquier otra cosa chocaría y resbalaría de nuevo al suelo sin remedio.

La Duquesa cerró un momento los ojos con condescendencia.

-No tan deprisa.

Pero no ocurrió nada. Flora no se quedó clavada en el sitio, según su intención.

Aunque sí había sentido el hormigueo en el cuerpo.

-No tienes el más mínimo remordimiento ¿verdad? -Se le saltaron algunas lágrimas sin que pudiera evitarlo. No obstante, éstas no alteraron su voz.- Lograrás que te odie de verdad. Y cuando lo haga, veremos cuánto he heredado… y aprendido, de ti.

Ante la mirada sorprendida de su madre, la joven abrió la puerta y salió corriendo pasillo abajo. El sonido de sus pasos pronto se diluyó entre el jaleo del montón de invitados que abandonaban el baile a requerimiento de los dos príncipes. A pesar de la obviedad del motivo, muchos de ellos se sentían indignados por habérseles pedido que se fueran, y lo expresaban sin reparos a cualquier otro invitado o miembro del servicio.

-Vos no tenéis por qué iros -le decía Regine al que había sido su acompañante durante la mayor parte de la velada-. Yo soy la prima del Príncipe. Esta petición no es aplicable a la familia; ni a la familia ni a sus parejas.

La “pareja” la miró con reparo y después se unió al resto de personas que abandonaban la sala y se adentraban en los jardines, rumbo a sus respectivos transportes.

Mientras Regine intentaba reponerse de la humillación, Cecilia surgió de entre la muchedumbre para preguntarle por Gloria.

-Y a mí ¿qué me importa dónde esté?

-No la he visto desde antes del recital. ¿Cómo puede ser que no sepas de su paradero?

- Tenía cosas más importantes que hacer que ocuparme de mi hermana pequeña. Además, no parecía muy contenta después de “hablar” contigo.

-¿Qué quieres decir? ¿Se marchó?

-No lo sé, Madre. No lo sé. Te digo que no he tenido un momento libre para fijarme en lo que hacía o dejaba de hacer.

Cecilia quiso atajar con crueldad la improductiva conversación. Había visto al joven irse.

-Pues, espero qua tanta ocupación te haya servido de algo. No me gustaría tener que seguir rogando a vuestra tía para que os sienten junto a buenos partidos.

Regine se sintió herida de verdad.

Que, después del desprecio del muchacho, ahora su propia madre le restregara por la cara que ni siquiera el mérito de haber entablado contacto con él hubiera sido suyo era demasiado; incluso para alguien tan poco familiarizada con la sensibilidad como ella. Hasta ahora, lo máximo que había llegado a experimentar era rabia, envidia… Nunca una ofensa le había alcanzado a doler como en esta ocasión.

Sin embargo, el baile había demostrado que podía llegar la vez en que Gloria la superase en arrebato y en pérdida de control. Recompuso su quebrada autoestima y siguió a Cecilia hasta el carruaje ─cuando ésta renunció a la búsqueda de la hija menor─ para marcharse a casa (la idea de que, de algún modo, ellas estuvieran exentas del desalojo no había cruzado la mente de Ceciɬia, a diferencia de la de su primogénita).

 

Flora se encontró con Herta por uno de los pasillos. El rostro de la primera no ocultaba su agitación.

-Querida amiga,-le dijo Herta, cogiéndola del brazo-, ¿qué te ocurre? ¿Te ha sucedido algo malo?

-Que soy estúpida, simplemente. -Le narró la entrevista que acababa de tener-. Y ahora tengo miedo. Creí que era más valiente y menos sentimental. ¡Y así debería ser! ¡Tengo a quien salir en frialdad y en dureza!



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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