Los ratones de la cocina

Capítulo 21

Sólo había pasado una semana y, sin embargo, en la cabeza de Herta, el palacio parecía el escenario de un mal sueño que intentaba olvidar. Seguramente, en su conjunto, los recuerdos no serían tan malos de no ser por el episodio del cuchillo, que, aunque en su momento parecía haber pasado demasiado rápido como para perdurar peligrosamente en la memoria, le había afectado más, la había asustado más, de lo que quería permitirse.

Cada noche ─esperaba que no por mucho más tiempo─ volvían a aparecérsele los inquietantes ojos de la Duquesa, llenos de oscura intención.

Adalberht también aparecía en sus sueños; e incluso Kasimir. Había traído demasiado equipaje mental a una nueva vida, que no terminaba de empezar.

-Mañana intentaremos recorrer una distancia más larga -sugirió Detlef, durante el desayuno en la casa de huéspedes. Si llegamos a Sonlagarb, a partir de ahí yo creo que podríamos buscar trabajo en cualquier sitio y establecernos. Sería lo suficientemente seguro.

Flora miró a Herta. Ambas estaban un tanto dudosas.

-Bien -dijo finalmente la primera-, si así lo crees, parece una buena idea.

-No podemos seguir viviendo mucho más tiempo a costa de las joyas que trajiste -añadió Detlef.

-¿Creéis que nos estarán buscando todavía? -preguntó Herta, temerosa de la respuesta.

Flora miró a Detlef en busca de apoyo, sin saber qué contestar. Estaba preocupada por su amiga. Algo había ocurrido en Palacio aquel último día que Herta no le había querido contar, pero que la había dejado inquieta y nerviosa.

-A mí no me buscan -se excusó el joven por su propio silencio-. No alcanzo ese grado de importancia. Y en cuanto a vosotras -le dijo principalmente a Herta, que parecía necesitar más unas palabras de aliento-, dudo que corráis ya peligro alguno.

Los tres sabían que era más un deseo que convencimiento, pero, por no preocupar más a los otros dos, ninguno quiso seguir fomentando la intranquilidad por esa parte.

Fueron a ver los caballos que Detlef había alquilado para el día siguiente, pero cuando estaban ya muy cerca de los establos, Adalberht les salió al paso. Llegaba en ese momento a dejar allí su propio animal cuando, por una afortunada casualidad, se encontraron.

Su mirada enseguida se dirigió a Herta.

Ella no esperaba sentirse como se sintió. Notó como si lo hubiera echado una barbaridad de menos, sin haber sido consciente de ello, o sin haberlo querido ser. Estaba decidida a mantener sus sentimientos a raya, por mucho que él, con su forma de mirarla o de tratarla con tanta cercanía, se empeñara en cambiarlo. De hecho, estaba enfadada con ella misma por permitirse pensar en esos términos: que él verdaderamente se empeñaba. Él era el Príncipe y, aunque varias veces hubiera dicho que quería dejar de serlo, eso no cambiaba el abismo que los separaba. Ella sería una estúpida si en algún momento lo obviara. Después de lo que habían atravesado juntos, ¿lo trataría como a un amigo? Sí. ¿Se dejaría de cortesías que lo molestasen? Sí. Pero eso era todo.

Él los abrazó a los tres, verdaderamente feliz de verlos. Según explicó, llevaba tres días buscándolos. Éste era uno de los varios pueblos que había recorrido y donde, por fin, los había hallado.

-Ya nada me queda por hacer en Palacio. Todo está resuelto allí.

-¿Qué hay de mi madre? -preguntó Flora, no tan convencida.

-Está contenta. Conseguí hablar con ella sin tiranteces ─no saqué el tema de lo que nos había hecho, lo cual creo que sirvió para que los ánimos se mantuvieran controlados─, y tanto ella como Kasimir no tienen por qué dudar de que las intenciones que les manifesté son verdaderas: Renuncio a mi derecho al trono, si aún lo tenía, en favor de él y de la Duquesa, que, sin duda, lo asesorará, y no poco; pero eso es ya su problema. Ellos verán cómo se organizan.

-Adalberht -intervino Flora, sin saber muy bien cómo enfocar lo que iba a decir-, lo último que yo querría es cuestionar tu decisión o tu modo de proceder, que, además, sé que es tu deseo desde hace ya algún tiempo. Pero no puedo evitar verlo, en cierta medida, como una irresponsabilidad, a la que yo, por otra parte -se apresuró a añadir-, no me siento para nada ajena. Pues yo también, de algún modo, con lo que nos ha pasado a los dos, o con cosas que te haya dicho, seguramente habré influido en tu forma final de ver las cosas. Lo que intento decir es que tal vez hemos huido demasiado pronto, cuando estaba en nuestras manos cambiar el destino de muchas personas.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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