Los ratones de la cocina

Capítulo 27

La alegría era enorme. No obstante, debían tener paciencia, pues, según Flora informó, Detlef tardaría quizás varios días en despertarse.

-Pero lo has salvado -le repetía Herta, intentando alentar el júbilo de la cautelosa artífice del milagro.

-Veremos -decía ella-. Veremos.

Mientras dejaban que pasara el tiempo en espera de los resultados, Adalberht solucionó lo que quería de la mina, en base al último incidente del bosque. También hubo ocasión de que asaltaran las dudas ─o las prisas─ a Herta respecto a su propia situación. Lo planteó en una de las muchas reuniones de todos junto a la cama de Detlef.

-He pensado que, puesto que mi idea original al decidir marcharme fue encontrar una casa en el sur donde servir, y puesto que, de todas formas, hasta llegar allí tendría que haber buscado algún trabajo antes, y puesto que, por las circunstancias de lo que ha pasado, se está retrasando que avancemos hacia allá…He pensado pediros que me dejéis ser vuestra criada hasta entonces. Os lavaré la ropa…

-Para, Herta, te lo ruego -la cortó Flora-. Así que, por eso, en cuanto me descuidaba, me habías hecho la cama, me habías limpiado los zapatos… ¡Tonta de mí! ¡No me he dado cuenta de lo que te ocurría!

-Lo he hecho con gusto.

-Lo sé. Lo sé, Herta.

-Vosotros también hacéis muchas cosas por mí -insistió.

Adalberht aprovechó para coger la mano de Herta entre las suyas. Deseaba aliviar la carga moral que ella acababa de confesarles; pero, al mismo tiempo, le encantaba disponer de una excusa para poder tocarla.

-Estamos juntos, somos amigos. -Le falló un poco la voz al pronunciar esta última palabra-. Tú misma nos lo has recordado muchas veces. Aquí no nos debemos nada. Cada uno colaboramos conforme las circunstancias lo requieren. A Flora y a mí nos dolerá que no te sientas en igualdad de condiciones. ¿Verdad, Flora?

-Pues, claro.

-Os lo agradezco, pero… al fin y al cabo, Flora tiene sus joyas, tú tienes tu herencia. ¡Si eres incluso príncipe otra vez!

-¿Te sentirías mejor si fueras mi esposa?

Herta se quedó pálida. Incluso Flora se quedó pálida ─todavía más de lo que ya era─. Tan repentina había sido la declaración.

-¿Haría eso -continuó él- que, por fin, me vieras como a un igual y nunca más te sintieras como te sientes ahora?

-Ahora lo que me siento es… como si me hubiera pasado un buey por encima.

Adalberht no supo cómo tomarse esta reacción espontánea de Herta.

-Lo que quiere decir -explicó Flora, saliendo en ayuda de su amiga- es que está muy impactada. ¿No es así?

-Sí -respondió la otra, aturdida-. Desde luego que lo estoy.

-Bueno -intervino Adalberht, más tranquilo-. Impactada no tiene por qué ser malo. -Pasaron unos segundos-. Y ¿cuándo podrás darme una respuesta?

Ambas lo miraron con una mezcla de extrañeza y reproche. Si finalmente ─y todo apuntaba a que sí─ esto resultaba ser una proposición seria de matrimonio, el momento estaba careciendo de la atmósfera, del romanticismo necesario; mucho más ─sentía Flora─, por estar ella delante.

-Os dejaré solos -terminó por decirles. Y salió de la habitación.

Adalberht entendió en qué estaba fallando, pero ya no sabía muy bien cómo enmendarlo.

-Herta -dijo, arrodillándose frente a ella y tomándole nuevamente la mano-. Herta -miró al compañero que seguía inmóvil y semi-inerte en la cama-, a Detlef pongo por testigo de que si aceptas ser mi esposa, haré todo lo que esté en mi mano, bajo cualquier circunstancia, para que seas muy feliz a mi lado.

-¿A Detlef pones por testigo?

-¡Herta, tómatelo en serio! Ayúdame un poco. Sé que no estoy eligiendo bien las palabras, pero, a pesar de mi torpeza, ¿no merezco que consideres mi propuesta al menos?

Ella se arrodilló en el suelo frente a él y lo abrazó.

-Te quiero, Adalberht. Perdona. No era mi intención bromear. Es que… supongo que me resulta más fácil pensar que te burlas de mí y participar yo misma en la broma, que arriesgarme a creerlo y sufrir después. Pero tus ojos parecen sinceros.

-Y lo soy -respondió él, casi suplicando-. Llevo queriendo casarme contigo desde que te vi por primera vez con la cara llena de ceniza; desde que curaste mi pata; desde que leíste mis notas… Y no había planeado decírtelo así, hoy, justo en este momento. Pero no puedo soportar verte tan angustiada, saber que te sientes inferior. No puedo soportarlo. Si tu respuesta es “no”, prométeme al menos que dejarás de sentirte en deuda con nosotros, o como sea que te sentías hace un momento.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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