Lost on you

XVI

Scarlett:

 

Al despertar él no estaba, y era algo que agradecía, no sabía como actuar frente a él.

Llaman a la puerta y sé que es Nara, ella me diría si mi esposito estaba en la mesa esperándome para desayunar o podría hacerlo en la cocina.

- Adelante –digo poniéndome de pie, ella entra y me hace una reverencia–. Buenos días Nara, ¿cómo estás hoy? –digo al tiempo que me estiro.

- Muy bien mi señora, ¿usted cómo se encuentra? –dice caminando al baño, sabía que su señora le gustaba el agua tibia, y en lo que se bañaba, escogería el vestido e iría por las flores para su cabello.

- ¿Está tu señor desayunando? –pregunto acercándome al baño.

- Ha salido muy temprano con el señor Elek, así que pierda cuidado mi señora –me sonríe cómplice, le sonrío de vuelta. Le miro cerrar el baño, vaciar aceites y sales, esta parte si que me gustaba de estar aquí.

Ella sale y me deja sola, me quito la camisa que uso como pijama, mis bragas y me introduzco al agua, el olor a vainilla era tan relajante, me quedaría un buen rato aprovechando que el insufrible dios no estaba.

Unos golpes en la puerta me despertaron de mi trance, me baño con rapidez y salgo envuelta en la toalla, Nara me espera con un hermoso vestido y pequeñas flores azules para mi cabello.

Me seco y me visto en tiempo récord, ella comienza a cepillar y peinar mi cabello, esta vez sujeta dos mechones haciéndolo ver como una corona, misma que adornaría con flores.

- Vamos Nara, debo ver al constructor después de desayunar –camino a la puerta animada, doy dos toques y se abre. Camino saludando a todos de camino a la cocina.

***

Supervisaba la construcción, había dado la orden de traerles algo de comer, yo debía atender a mis pacientes y quizás, ir al laberinto, quería jugar con la pancita de Arsen, era una criatura fácil de querer.

Al final había hecho mi recorrido, el constructor no me necesitaba así que pasearía por el palacio, había partes que no conocía.

No supe cuanto tiempo camine, pero llegue al final de un camino de baldosas grises a un camino de tierra rumbo al bosque, desde aquí podía oler el bosque, amaba este tipo de climas, así que no lo pensé más y comencé a caminar cuidando no dañar el vestido.

Habré caminado una media hora cuando llegue a un claro, estaba cubierto de flores de todos colores, a lo lejos un lago con un agua tan transparente, que podía ver el fondo sin problema.

Había corrido feliz hacia el lago, quizás también podría hacerlo mi refugio cuando no soportará a ese idiota.

Me había hincado y acercado al agua, al pasar mi mano estaba frío, tomé con ambas manos y bebí, sabía deliciosa, este era sin lugar a dudas, el paraíso.

- ¿Scarlett, cierto? –una desconocida voz me hizo saltar, me volví lento con la sorpresa dibujada en el rostro, o bueno, más bien miedo.

- ¿Quién es usted? –mire al chico parado en medio del prado, su cabello y ojos eran negros como el ébano, su piel blanca, o más bien dicho, transparente; sus labios de un rosa pálido, casi inexistente. Sus ropas eran de un negro azabache.

- Me presento, soy Savaş Pasha, un gusto mi estimada dama –hace una reverencia, no puedo evitar quedarme paralizada–. En algún momento fui amigo de su esposo, Kaled –dice con calma, eso me hace dar un respingo por la sorpresa.

- ¿Por qué dejaron de ser amigos? –pregunto curiosa poniéndome de pie.

- No debería contarle si él no lo ha hecho –niega suave con la cabeza.

- Él no me dirá nada, al contrario, me mandaría a encerrar si quisiera saber más sobre él –sonrío de lado–, así que, por favor, cuénteme que pasó, y sobre todo, quién es la dama de la fotografía –digo lo último bajo, estaba segura que él sabría algo.

- Veo que ha visto a Mafiruze, y entiendo que no le ha dicho quién era –se acerca lento–. En vista de las circunstancias, le contaré, pero sentémonos en ese árbol junto al lago, la sombra es reconfortante. –Ella asiente y camina a dónde le indico, estaba ansiosa y emocionada, al fin podría saber un poco más de él.

- Mafiruze, es un hermoso y extraño nombre –digo sentándome con cuidado, él se sienta a mi lado.

- Ella lo era, hermosa y extraña, fría, calculadora –dice bajo, como si temiese que alguien le escuchara–. Comenzaré explicando cómo nos conocimos, ¿está usted de acuerdo? –le mira atento, ella asiente, bien, comenzaría–. Yo era hijo de un mercader y una mujer noble, Kaled, por el contrario, era hijo de campesinos; ambos fuimos reclutados para ser soldados cuando teníamos once años, nos enseñaron a pelear y poco a poco fuimos subiendo hasta ser Pashas –sonríe al recordar los viejos tiempos–. En ese entonces, servíamos a un Sultán, un gran y poderoso Sultán, ¿ha oído hablar de los otomanos? Pues le diré que la realeza otomana gustaba de tener harenes, lleno de mujeres hermosas, y entre ellas había niveles, estaban las mozas que jamás salían del harem para complacer al Sultán, luego las favoritas y en el mayor rango, la o las esposas del Sultán –dice con calma, eso no lo había escuchado antes–. Mafiruze llegó siendo una esclava sucia y sin algún atributo visible, pero tras darse un baño, se pudo notar que era una mujer muy hermosa, pero también ambiciosa; uso sus encantos para seducir al Sultán y convertirse en la favorita número uno, ella quería más, así que se esforzaba por darle un hijo al Sultán, porqué en ese entonces, tener herederos era todo lo que importaba –hace una pausa–. Kaled quedo flechado con la belleza de la moza, y ella, aún sabiendo que sus vidas estaban en riesgo; decidió estar con él, pero no porque lo amase, tan sólo es que se aburría cuando el Sultán debía salir por los asuntos del estado, sabía que todo terminaría mal, se lo advertí pero no quiso escucharme –niega con pesar–, él creía que estaba celoso, pero no era así, yo estaba enamorado de otra dama, una que no era favorita ni concubina –sonríe con nostalgia–. Una noche en que el Sultán se encontraba en la campaña, Mafiruze cito a Kaled para que se viesen en su habitación, esta claro que acepto de inmediato, así que pasado el anochecer se reunieron en el cuarto de Kaled, no sé si estaban tan impacientes que no cerraron bien el cuarto, la sirvienta paso y los vio, para su suerte era mi sirvienta, así que primero me lo dijo a mí, hablaría con él y lo convencería de terminar con todo –le miraba sorprendida e intrigada–. Pero las paredes oyen, y había una Sultana que deseaba a Mafiruze muerta, así que fue con el Sultán, este molesto me mandó llamar, no podía mentir, así que le dije que mi sirvienta le había parecido ver, pero no era algo certero, pero todo esto fue en vano, ya que tras torturarla ella confeso lo que había visto, y así comenzó la caza, él rey quería la cabeza de Kaled, y entonces ella le traicionó cuando le aburrió, así que lo delato, le dijo al Sultán que él había abusado de ella, que debía ser castigado. Y así fue como le cortaron la cabeza creyendo que ella se uniría a él en la muerte.



Kreepela Karnstein

Editado: 29.09.2020

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