Luna, Princesa del Infinito

Tío Sam, Lady Victoria y los Gemelos Walker

Ordenó que la vistiesen con su mejor y más hermoso traje. Un vestido blanco, como todos, con medialunas bordadas en la zalla en hilos de oro, y sirenas de plata en el escote. Su cabello fue recogido a un costado, adornado con una peineta de oro blanco con incrustaciones de diamantes y zafiros. Lució unos pendientes heredados de su abuela, la reina Lúmina, en forma de medialuna blanca, del más raro de los metales, el valyrio. Su cuello brillaba con un collar de pequeñas esmeraldas plateadas, unidas por una cadena de eslabones grandes y delgados que le resaltaban el escote y le daban altivez. Entre sus dedos también había anillos, hasta más de uno por dedo, de distintas piedras preciosas que su abuela le había obsequiado.

— ¡Atención! —proclamó el heraldo al ver asomarse a la princesa en el extremo del pasillo.— La princesa Luna.

Luna caminó sobre zapatos de tacón fino, hechos con rubíes blancos, a su medida, por orden de Arthur, habían sido su primer regalo, y el vestido no era tan largo como para evitar que se vieran; además la hacían un palmo más alta que Morgana, aunque nunca tanto como Úrsula. Se detuvo bajo el arco de la entrada al sentir la mirada de todos los presentes sobre ella, había mucha más gente de la que esperaba. Hizo una reverencia cortés con su vestido, que por un momento sintió transparente, gracias a la mirada de algunos señores presentes, y pasó a formar parte de la pequeña multitud, aunque nunca desapercibida. El comedor era una habitación exageradamente grande, tanto como un salón de fiestas. Tenía una pared únicamente de columnas, desde la que se divisaba todo el reino.

La ciudad de Aliak estaba en la cima de lo que cuentan había sido un volcán, sobre el cual se construyó el coliseo. Los más antiguos maestres decían que era uno de los lugares más altos del Infinito, y por tanto la ambición reyes que habían conducido sus ejércitos por las laderas de montañas y cordilleras escarpadas en los tiempos de conquista, cuando aún se formaban los Reinos. Muchas veces la princesa se perdía entre tanto árbol, camino y montaña, pero sus ojos siempre buscaban anhelantes el mismo color, azul. El resplandeciente y gigante lago de los Reyes Caídos estaba en el extremo del reino. Era un lago natural de considerable tamaño que proporcionaba una ruta de comercio marino interno a Aliak con los reinos de Acualia y el Lago, alejada de los peligrosos caminos llenos de asaltantes que habitaban las fronteras de estos reinos; era tierra de nadie, y ellos se sentían con el derecho de robar, asaltar o violar a cualquiera que pasara por allí, aunque fuera por casualidad.

En la sala estaba reunidos los gobernantes de las tres provincias en que se rodeaban la capital del reino con sus respectivas familias. Lord Hoster y Lady Halsey, los gemelos de la Casa Walker, hijos de Lord Alan. Ella lucía un delicado traje rojo sangre de mangas largas y cuello alto, con bordados en forma de W y M intercaladas, la una sobre la otra; él vestía pantalones de lino tinto y camisa de satén con el lema de su Casa bordado por todas partes: “Guardianes de la Frontera”. Luna les dedicó una sonrisa amplia, pero no se detuvo a saludarlos, ya sabía de antemano la plática interminable de Lady Halsey y el amplio y meloso verbo de Lord Hoster, con el que convencía a muchas mujeres, pero ella no sería una de esas. Sus ojos buscaban a Arthur por cada rincón de la estancia, pero aún no había sido anunciado.

Durante su estadía en la sala había ido conversado con Lord Sammuell, el tío Sam, y daba gracias a los dioses por mantenerlo con vida. Lord Sam había sido el mejor de los caballeros de la Guardia del Rey Eddard, el padre de Luna. Tenía el torso tan amplio como el de un barril de ron y barbas tan blancas y largas como arrugas en el rostro. No estaba segura cuánto, pero con certeza habría cumplido ya más de Cien Días del Nombre. Cuando Luna nació, él ya tenía hijos, incluso nietos; ahora sus nietos también tenían nietos, y algunos de sus hijos habían fallecido, pero él seguía “Fuerte como Roca”, honrando el lema de la Casa Chainsaw. El amplio jubón de satén marrón, en el que sobresalía bordado un espadón color bronce rodeado por una cadena de platino, dejaba entrever su ombligo cuando se reía; carcajadas más débiles de las que recordaba. — “Será por el paso de los años.” —pensó. Había pasado ya casi una hora y no había noticias de Arthur. Dora Hällän había preguntado al heraldo, pero aún no había sido avistado, ni se tenía confirmación de su presencia en Palacio.

Lady Paige la había abordado, casi por asalto, para conversar sobre el “repentino” exilio de la princesa Raehnya. Lady Victoria había notado la impertinencia de su hija y la había alejado de Luna antes de que pudiera darle una respuesta a la altura de semejante insulto. Sentía compasión por el joven Lord Ed, llamado el Pequeño Lord, debido a sus once años; su padre había muerto y el título de Señor de Monteoscuro recaía sobre sus hombros, como el único hijo varón de la Casa Beauforth, el resto de la estirpe eran su madre y Regente, Lady Victoria, y sus siete hermanas, la una más entrometida y chismosa que la otra.

Más de medio reino estaba en manos de las Casas Walker, Chainsaw y Beauforth. La cuarta provincia era la mismísima Ciudad Capital Aliak, y esta era gobernada por el mayor de los hijos del rey, en este caso Tritón, y un consejo de cuatro a siete integrantes.

Entre sus idas y venidas Dora Hällän había logrado descubrir el propósito de la fiesta.

— El rey va a anunciar el compromiso del príncipe Tritón y la princesa Úrsula. —dijo, su voz parecía un susurro entre tanta gente. Un grupo de seis músicos habían tocado durante toda la noche, aunque Luna no los había notado hasta ahora. Tampoco había reparado en las decoraciones con flores en cada rincón del lugar, pero sobre todo... ¿dónde estaban el rey, la reina, y los príncipes?



Alihan

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En el texto hay: magia, amor, guerra

Editado: 31.10.2020

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