Marcada Por el Destino

Capitulo IV

Ya no podía sostenerme con mis pies y sucumbo al suelo, escucho las palabras desesperadas de auxilio de Linda, no sé si estaba alucinando o en realidad pasó, pero vi a mi hijo y a mi esposo a mi lado, cerré mis ojos y no supe más de mí.

Para cuando abrí mis ojos estaba en una habitación de la mansión de Linda. Me levanté y recordé a verlos visto pero no sabía si solo fue una alucinación mía, solté a llorar y acaricié mi vientre.

Caminé hasta la habitación de Linda y la oí llorar en la habitación de a lado.

Me acerque más y la escuché hablar sin consuelo. —Hijito mío, donde quiera que estés espero que estés bien,  se que estarás con tu hijo cuidando de la mujer que tanto amaron en vida… yo te prometo ayudarlos a cuidarla y también a tus otros hijos, ellos y tu esposa son lo único que nos queda de ti.

Mis lágrimas salieron rodando por mis mejillas, salí de ahí y volví a entrar a mi recámara.

Ese día fue el más lento en transcurrir. Al entrar la llamada de Robert, sabía que era hora de despedirme de ellos. Linda avisó a todos que ese día deberían vestir de blanco. No se de donde obtuve la fuerza para estar presente en su despedida. Ver sus seis cuerpos dentro de unas cajas y saber que no volvería a escuchar sus voces, sonrisas y bromas, me rompió el corazón. No pude contener las lágrimas, llore hasta que sentí que ya no tenía más de ellas para seguir. Mis ojos estaban rojos e hinchados, no sabía que más hacer, y es que no podía hacer nada, sino más que llorar. Saber que estás atadas de manos y no puedes ayudarlos te hacen sentir inútil.

Ver ese ataúd pequeñito, con el cuerpecito de mi hijo adentro, no lo podía creer, ¿Por qué un angelito que tenía una vida por delante, dios se me lo lleva?

Mi suegro decidió enterrarlos ese mismo día, así que después de la misa de cuerpo presente, fuimos al cementerio, donde descansarán sus cuerpos. Mi familia y la de mis suegros tenían sus parcelas para sus difuntos, mis padres  y mis hermanos, debían ser sepultados en nuestra parcela, mis cuñadas al enterarse de la partida de sus esposos estaban igual que yo de destruida, Olivia sufría más porque perdió a dos seres amados, estaba casi como yo. No había mucha gente, solo queríamos que este la familia y los amigos más cercanos. Verlos bajar hasta el lugar donde descansaran para siempre, me dolió, ya no los vería… nunca más.

Mis cuñadas, desoladas, lanzan una rosa blanca a sus tumbas. Ellas amaban a mis hermanos, no entendía porqué la vida era así de injusta. Se lleva a las personas buenas y deja a las malas.

—Adiós papitos… adiós hermanitos, ustedes fueron mis protectores y mis mejores amigos. — Asiento lanzando una rosa blanca a cada uno.

La tierra caía sobre sus ataúdes y así mismo una parte de mi corazón se enterraba con ellos.

Cerré mis ojos y mis lágrimas seguían bajando por mis mejillas.

Robert sabía que su hijo, compró una parcela especialmente para nuestra familia, quería que ahí descansaran nuestros cuerpos y los de nuestros hijos si ellos lo deseaban así.

Linda nos apoyo y nos ayudo a diseñarla, pero no sabíamos que la usaríamos tan pronto. Entrar a ese lugar me hizo recordar cuando venimos aquí por primera vez con mi amor.

—Creo que esta sería perfecta cariño. — Cuestiona abrazándome.

Lo miré y sonreí. —Sabes muy bien que estos lugares me ponen mal, no quiero imaginar que algo malo te pase a ti o a mí o algunos de nuestros hijos  que tengamos.

Sonríe. —Mi amor, estaré contigo hasta que seamos viejitos, no moriré antes de hora.

Besamos nuestros labios y nos abrazamos.

Deje de recordar y no pude evitar llorar.

—No te moriste de viejito mi amor… te fuiste antes de hora. — Susurro solo para mí.

Me arrodilló frente a sus ataúdes, los beso y abrazo.

—Los voy a extrañar, mis amores. — Abrazo el pequeño ataúd de mi hijo. —Te extrañaré mi terremoto, mi amor chiquito. — Deposito un beso y me giro para abrazar el ataúd de mi esposo. —Mi amor, nunca dejaré de amarte, te extrañaré en cada segundo de mi vida… mi bombón, mi amor grandote…cuida nuestro bebé. — Asiento dejando caer unas lágrimas en su ataúd, besé su caja y Linda me levanto del suelo.

No podía soportar esto, verlos entrar a la que sería a partir de hoy su nuevo hogar, me mataba por dentro, lo último que vivía de mi corazón se fue ahí… con ellos, se fue y se enterró con sus cuerpos.

Estaba destruida, era un montón de escombros, con recuerdos que se convertían en navajas que me cortaban la piel. El dolor que se veía por fuera era poco, comparado con todo lo que cargaba por dentro.

Ahora si estaba sin ellos, no existían los milagros, no era un sueño, no podía regresar el tiempo atrás para que ellos regresen conmigo… esta era mi realidad y debía asimilarla.

Mis piernas temblaban, no podía caminar. Linda y Robert me ayudaron a salir de ahí, estaba muy mal, mi chófer estaba esperándome afuera del cementerio, quise irme a mi mansión y estar sola. Linda no quería dejarme ir, pero le dije que no haría ninguna estupidez, tenía dos vidas creciendo dentro de mí. Necesitaba ir a mi hogar. Aceptaron y me dejaron partir en mi coche, avancé a oír que Robert le pidió a mi chófer que me cuidara y no me dejara por mucho tiempo sola.

La verdad, las voces de la gente la escuchaba apenas, estaba más perdida en mi dolor, solo los veía hablar pero sin prestarles atención a escucharlos. Mi rostro era un mar de lágrimas.

Miró por la ventana y enciende el coche, conduce saliendo del cementerio, mis lágrimas aún bajaban por mis mejillas.

—Nos vemos pronto mis amores. — Susurre poniendo mi mano en el vidrio de la ventana del auto.

En todo el no deje de ver por la ventana, miraba como la gente sonreía y jugaba con sus hijos, saber que yo hace tres días estaba así de feliz, me dolió más.

Al llegar a la mansión, mi corazón se detuvo, todos los recuerdos pasaban por mi mente.



Johana Cuviña

Editado: 18.11.2020

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