Mariana

8- Palabras de amor junto al bosque

Después de recitar nuestras oraciones en la pequeña capilla que mi tío hizo construir en una de las alas de la mansión y en la que la proximidad de mi prima junto a mí me hizo equivocarme dos veces al decir el padrenuestro, salimos a los jardines.
—Podéis jugar por ahí hasta la hora de comer —nos dijo el pintor —, pero quiero veros puntuales en la mesa a la una en punto, ¿entendido?
Contestamos que sí y salimos corriendo en dirección al bosque. En realidad, era yo el que seguía a Mariana que, sin decir una palabra, tomó ese rumbo.
Al llegar junto a la linde del bosque se detuvo y se volvió a mirarme.
—Álvaro, quiero hablar contigo —me dijo.
—¿Qué ocurre? —Le pregunté, sintiendo de nuevo galopar mi corazón.
—¿Tienes algo que decirme?
Claro que tenía algo que contarle, pero no sabía cómo hacerlo.
—¿No dices nada?
—Yo...me gustas, Mariana. Me gustas muchísimo —me liberé.
—Eso ya lo sé —dijo ella simplemente y yo sonreí divertido.
—¿Tanto se me nota?
—Demasiado —rió ella encantada.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Tú qué sientes?
—¿Por qué iba a decírtelo?
No supe que decir. Puede que en el fondo ella no sintiera lo mismo que yo. Apenas nos conocíamos y ya suponía que podría amarme como yo la amaba a ella, sin redención.
Debió de leer mis pensamientos o fue tal vez la desilusión marcada en mi rostro lo que la impulsó a hacer lo que hizo; pero cuando sentí sus labios en mi mejilla mi alma pareció descender de las alturas y volver de nuevo a mi cuerpo.
—Siento lo mismo que tú —me susurró al oído.
No podéis imaginaros lo que sentí en ese instante. Miré al cielo que tras la tormenta amaneció limpio y fresco y de un azul maravilloso y le di gracias a Dios. Luego bajé la vista hasta encontrarme con sus ojos que me sonreían con toda la luz del mundo y volví a dar gracias por concederme semejante visión.
Tomé su mano entre las mías. Una mano pequeña y muy delicada y la llevé a mis labios.
—Prometo amarte siempre, Mariana. A pesar de todo y de todos y sin hacer caso a lo que opinen los demás. Prometo quererte por la mañana, a mediodía y cuando el sol se esconda y lo haré con todo mi ser.
Fue la única promesa que no rompí en mi vida y que cumplí sin arrepentirme nunca de haberla hecho.
Ella me miró sorprendida por mi declaración. Éramos demasiado jóvenes aún, pero el amor, el verdadero amor no distingue entre jóvenes ni adultos. Ni siquiera los niños están a salvo de caer en sus enredadas artimañas.
—Sí que eres un poeta, Álvaro —dijo.
—Cuando estoy junto a ti puedo ser lo que deseé. Tenerte a mi lado es lo mejor que me ha sucedido nunca. Prométeme que nunca nos separaremos.
—Te lo prometo. Estaremos juntos siempre.
Uno puede prometer muchas cosas, pero el destino no siempre está decidido a escucharnos. En el fondo de mi ser sabía, no me preguntéis cómo, que las cosas no iban a ser como queríamos que fuesen. Esa era la impresión que tenía y la que nunca me abandonó. Por eso la amé todos los días que pude estar a su lado con toda la fuerza de mi ser. La amé como nadie ha amado nunca, con mi corazón, con mi mente y con mi alma sin sospechar que eso nos salvaría al final.
Agarrados de la mano nos internamos en el bosque en completo silencio. Nuestros pasos nos guiaron sin pretenderlo hasta el pabellón de música. Aquella ruinosa cabaña de cazadores a la que mi prima había renombrado de aquella forma tan poética.
El aullido no tardó en llegar hasta nuestros oídos, pero hoy me sentía valiente y dispuesto a enfrentarme con cualquier cosa. El amor da alas a nuestro valor a veces de forma inconsciente y de un modo muy temerario.
—Vamos a averiguar que es ese sonido —le dije a mi prima arrastrándola tras de mí.
Ella no opuso resistencia. También deseaba saber que producía aquel extraño lamento y así, de día y con la luz del sol como aliada nuestra, nos enfrentamos a los fantasmas del bosque.
Caminamos alrededor de la cabaña sin perderla en ningún momento de vista y no encontramos nada extraño. Sólo al volver junto al sendero que cruzaba el bosque, advertí algo.
—Fíjate, Mariana. Son las huellas de alguien.
En el barro formado por la tormenta del día anterior aparecían impresas las huellas de unos zapatos. Unos zapatos no muy grandes, casi de nuestro tamaño.
—Parecen de un niño —dijo, Mariana.
Comprobé que no fueran nuestras huellas y que las hubiéramos dejado sin darnos cuenta, pero no, la suela de nuestros zapatos no concordaba con el dibujo de esas huellas.
—Sigámoslas —sugerí.
Mariana asintió con la cabeza. Estaba excitada augurando la aventura en la que estábamos a punto de meternos. No parecía tener miedo. Después me confesó que a mi lado ella también era capaz de cualquier cosa, como aventurarnos en un silencioso bosque en el que las alimañas parecían espiarnos tras los arbustos siguiendo unas huellas que no sabíamos a donde nos conducirían.
Rastreamos las huellas durante unos cientos de metros internándonos aún más profundamente en el bosque. No tenía miedo de perdernos pues el sendero aún continuaba a nuestros pies; pero luego, las huellas desaparecieron de forma súbita.
—Ha debido abandonar el sendero —expliqué yo —¿Quieres que continuemos?
—No ha debido de ir muy lejos. Debe de haber una casa por aquí cerca —expuso mi prima con bastante razón.
La casa estaba muy cerca y la descubrimos casi de inmediato. Pero el estado en el que se encontraba nos convenció de que nadie podía vivir allí. Del tejado sólo quedaba una pequeña parte, el resto se había desmoronado en el interior de la vivienda. Las paredes de madera estaban agrietadas y la humedad del bosque había acabado por pudrirlas. No, era imposible que alguien viviera allí.
Descubrí de nuevo las huellas junto a la casa, así que, quienquiera que fuese el que las dejó, tuvo que entrar allí dentro.
Tanteé la puerta con la esperanza de que estuviera cerrada y así dar por finalizada nuestra exploración, pero descubrí que se abría ligeramente con un chirrido que nos puso los pelos de punta.
—Deberíamos volver —dije —. No creo que debamos entrar en una casa sin permiso, incluso estando en las condiciones en las que está.
—¿No quieres hallar la solución a este misterio? —Me preguntó, Mariana.
—Sí, claro que sí —me tragué mi miedo con mis excusas y abrí la puerta del todo.
Nunca hubiéramos imaginado lo que nos esperaba dentro.



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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