Melodía de Verano

Capítulo 6

Al bajar del avión, puedo sentir el aumento drástico de temperatura. El clima parece ser bastante seco, y me alegro de haber traído suficiente ropa fresca.

Paso a recoger mis maletas a la banda y camino por el aeropuerto hasta llegar a un stand donde puedo pedir un taxi.

 

Observo el panorama mientras el automóvil se desplaza con soltura por las estrechas calles de la Valeta. 

El cielo es de un celeste maravilloso y está completamente despejado. El Sol brilla con fuerza e ilumina la esplendorosa arquitectura de estilo clásico que adorna la ciudad. Los edificios en general no son realmente altos, siendo estos de dos o tres pisos, todos de color arena, debido a que fueron construidos con piedra caliza, de acuerdo a mi breve investigación matutina del otro día. 

Prácticamente todas las calles son de un solo carril, excepto en las grandes avenidas, lo cual considero que hace que resalte la arquitectura aún más. 

Algunos edificios tienen toldos, letreros y puertas de colores, que contrastan bien con el color pálido de las fachadas. Tonalidades azules, verdes y unos cuantos detalles en color carmín hacen que la vista sea toda una obra de arte. 

Hay mucha gente caminando por las aceras, que tienden a ser delgadas. Aparentemente, pese a ser una nación relativamente pequeña, el aspecto turístico está bien desarrollado, y es una de las principales fuentes de ingresos. 

Cerca de la costa, llego a mi destino, de acuerdo a la dirección enviada por la dueña de los departamentos en los días previos. Pago lo correspondiente y bajo mis maletas con ayuda del conductor. 

 

Después de caminar un par de calles arriba, donde no hay paso automovilístico, y con todo el dolor de mi espalda y mis brazos, llego a lo que parecen ser los departamentos.

Distingo una gran reja negra entre un par de muros de unos tres metros y con enredaderas decorando la entrada. Está cerrada, por lo que tengo que esperar a que la dueña llegue. 

Un par de minutos después llega una señora de alrededor de 60, vestida casualmente. Lleva el cabello recogido en un moño y lleva unos anteojos redondos y de un tamaño enorme. 

—¿Eliza?— pregunta con un acento italiano evidente. 

—Elisa. Mucho gusto, señora Esposito. 

—Llámame Amelia, querida. Haces que me sienta vieja. —me corrige con una amable sonrisa. —Pasemos para que puedas acomodar ya todas tus cosas. Esas maletas lucen pesadas. 

—No pasa nada. Parecen más pesadas de lo que son. 

Abre la reja y entramos. 

Hay un espacio enorme con unos cuantos árboles brotando por aquí y por allá.  El suelo es bastante rocoso, y hay algunos espacios de verde de tanto en tanto. Hay una pequeña fuente justo al centro de todo este patio. 

Se ven 6 condominios horizontales de una sola planta alrededor de la fuente. Veo que se dirige justo a una de las que se encuentran centrales en relación con la reja, y la sigo. 

Del mismo llavero del que sacó la llave para abrir todo el conjunto, sale otra llave con la que abre el departamento. Al entrar, abre las cortinas y la ventana, dejando entrar el Sol, iluminando la estancia. 

La sala de estar es pequeña y acogedora, con un sillón individual y uno doble color turquesa alrededor de una pequeña mesa para café de madera. Un poco más adelante está la cocina, con una barra como comedor y un par de bancos altos a juego con la sala de estar. Al fondo de la cocina hay una puerta que da hacia un pequeño pasillo donde se encuentra la lavadora, y la secadora.

Al caminar hacia otro pasillo, hay dos habitaciones, una a cada lado. Cada una con su respectiva cama, armario, tocador y mesita de noche. Todo de madera. Finalmente, al fondo del pasillo, se encuentra la sala de baño.

Después del recorrido y de un par de detalles que habían quedado pendientes en los mails, firmé los documentos pertinentes y Amelia me entregó una copia de ambas llaves, provenientes también de su gran llavero. Sin más por discutir, se fue. 

 

♫♫♫

 

El resto del día transcurre tranquilamente. 

Hablo un poco con mis padres y Lucía para decirles que ya estoy en el departamento y que he llegado a salvo. 

Enciendo una pequeña bocina que llevo en una de mis maletas y pongo un poco de música. Aún no tengo mucha hambre, por lo que acomodo mi ropa en el armario mientras tanto. 

Alrededor de las 4, al terminar de desempacar y colgar y doblar toda mi ropa en ambos armarios, salgo a un pequeño café que vi a un par de calles del departamento. Pido una baguette y un cappuccino. 

Después de almorzar, me dirijo a un supermercado que me indica la mesera amablemente. Compro lo necesario para subsistir al menos una semana y me regreso al que será mi hogar durante los próximos meses y me recuesto sobre la cama, quedando profundamente dormida, imaginando las aventuras que me esperan. 



Cassie Dawson

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En el texto hay: musica, romance, amor de verano

Editado: 22.03.2020

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