Mi Dulce Doctor

*18*

ANASTASIA

 

Había quedado en almorzar con Dawson en un restaurant ubicado en las adyacencias del hospital, y ya llevaba veinte minutos de retraso. 

Si había algo que no toleraba era impuntualidad, sin embargo, intentaba comprenderlo, sabía que su puesto exigía demasiada dedicación.

Dawson era un chico encantador; guapo, inteligente y además médico. Mi padre siempre había insistido en que me debía casar con un médico y parecía que la suerte estaba de mi lado. Además, estaba segura de que mi padre quedaría encantado de emparentar con su gran amigo, el Dr. Kurt Schindler.

Escuché la puerta del restaurant abrirse, pero no era él. Me acomodé en la silla, bebí un sorbo de agua y miré mi reloj, media hora de retraso.

Solté un suspiro, apoyé mi brazo en el mentón y me insté a tranquilizarme. Preferí invertir el tiempo en recordar todo lo que había pasado la noche anterior:

»Cuando salimos del hospital estaba muy molesto, no me dirigió la palabra en todo el camino, y fue sólo cuando llegamos al estacionamiento y se detuvo frente a mí, que comenzó a hablar.

»—Anastasia —protestó, tensando la mandíbula—. No me gustó esa forma tan despectiva con la que trataste a Melissa, creo que no era necesario hacer esos comentarios hirientes ¿no te parece?

»—¿Tanta confianza le tienes que hasta le llamas por su nombre? —cuestioné, arqueando una ceja, e intentando defenderme, añadí—: Además, no dije nada que no sea cierto, casi todos los pacientes con cáncer pierden el cabello o ¿no?

»—Sí —afirmó, hoscamente—. Es una consecuencia de la quimioterapia y tú bien lo sabes. Lo que realmente me molesta es que lo hiciste con mala intención, y eso fue cruel. Yo... —titubeó, despeinando sus cabellos—. Yo sé lo que esa enfermedad le puede hacer a las personas, sé que es despiadada y que no da tregua. Tal vez tú no lo comprendas y no te culpo, es muy sencillo cuando ves el cáncer desde lejos, pero convivir con él todos los días, eso es otra cosa.

»—Dawson... —vacilé, arrepentida—. Sólo fueron palabras, no tienes porqué tomarlo tan personal.

»—Tú con esas palabras, no solo la heriste a ella —espetó, señalándome con su dedo—. Sino que me heriste a mí también.

»—Te importa demasiado ¿verdad? —cuestioné, influenciada por los celos—. Digo, por la forma en que la tenías abrazada, parece que sí.

»—¡Por Dios, Anastasia! —exclamó, haciéndome temblar—. No es cuestión de que me importe o no me importe. ¿Sabes? Yo no he sido un buen hombre —confesó, dejando ver el dolor reflejado en sus ojos—. He cometido muchos errores y también he lastimado a muchas personas, pero quiero cambiar. De verdad quiero cambiar, y solo hasta ahora lo acabo de descubrir.

»—Yo... —intenté decir algo, pero él no me dejo continuar.

»—Si algo he aprendido desde que comencé a trabajar en oncología ha sido a lidiar con el dolor ajeno y ¿sabes? es muy complicado, porque cuando no dejamos ir nuestro propio dolor, somos incapaces de ver el de los demás. Tal vez tú no tengas idea, ni siquiera yo mismo la tengo, de lo que ha pasado esa pobre chica desde que le detectaron el cáncer. No es que esa chica me importe, Anastasia, es que como médico me debe de importar.

«Y si todo esto es por lo que creo que es, me parece que no tiene ningún sentido. No hubo ninguna segunda intención en esto, ni de su parte, ni de la mía. Yo sólo quise borrar un poco del dolor que trae consigo esa enfermedad, por eso la acompañé a la fiesta y si te molestaste por la manera en que estábamos abrazados, quiero decirte que a veces las personas sólo necesitan de un abrazo para sentirse mejor, y yo no soy quien para negárselo, muchas veces necesité de uno y nadie me lo dio»

»—Tienes un corazón noble —musité, sus crudas palabras me habían hecho reflexionar.

»—Eso mismo dijo mamá —secundó con tristeza—. Pero yo no lo creo, sólo soy un hombre que intenta cambiar la forma en que ha llevado su vida hasta ahora.

»—Discúlpame...Yo lo siento tanto —sollocé, sintiéndome culpable. Estaba consciente de que me había dejado llevar por unos estúpidos celos y debía pagar las consecuencias. No sabía ni cómo se me había cruzado la idea de que a él podría gustarle aquella chica—. Sé que no debí haber dicho eso, por favor discúlpame.

»—No es a mí a quien tienes que pedir disculpas, lo sabes ¿verdad? —Asentí, intentando secar mis lágrimas—. Y por favor no llores más, hermosa. Disculpa si me excedí en la forma en que te hablé, pero es que aún no termino de entender esos celos absurdos.

»—Discúlpame tú a mí, ni siquiera somos nada y ya te estoy montando escenas de celos, ¡Qué vergüenza! Debes pensar que estoy loca.



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar