Mi Dulce Doctor

*22*

Aprecia las pequeñas cosas,

porque se convierten 

en grandes cuando las perdemos.

 

MELISSA

 

El sol brillaba en su máximo esplendor, y el cielo; teñido de diversos colores, bañaba todo de hermosos matices, que aunados con aquel inmensurable y cálido mar, daba como resultado, una espléndida obra de arte.

—¿Cómo te sientes, abuelito? —le pregunté. El Sr. Taylor permanecía sentado en una silla anfibia, especiales para personas enfermas o con movilidad reducida, y que no solo sirven para estar en la arena y en el agua, sino que además de esto, le brindan seguridad y comodidad a la persona. Acaricié sutilmente su mano temblorosa, mientras su mirada resplandecía, como esos fuegos artificiales que iluminan todo en medio de la oscuridad. Thomas, el enfermero que nos había acompañado en la ambulancia, y Dawson, estaban en frente de él, y también escuchaban la conversación—. ¿Necesitas algo? —insistí en saber.

—No, solo me basta esto —contestó, deshaciéndose del cubre boca. Volvió su mirada al frente, contemplando un mar que no dejaba de ir y venir con sus arrebatadoras olas—. Escuchar el sonido del mar, sentir el aire en mi cara y disfrutar de esta vista maravillosa. Me siento el hombre más afortunado del mundo, aunque...sí, hay algo que me falta para sentirme completamente en paz —continuó, tornando su mirada melancólica—. Pero eso ya no tiene importancia. Escuchen —añadió, volviendo su vista hacia todos los presentes—. Disfruten de cada momento, vívanlo como si fuese el ultimo, disfruten de las pequeñas cosas, luchen por lo que quieren y sean felices, antes de que sea demasiado tarde — asentimos, sin poder evitar sentirnos conmovidos por aquellas palabras.

—Prometo que seguiremos tus consejos al pie de la letra, abuelo —repuse, sin soltarle la mano, Dawson y Thomas sonrieron.

Tras algunos minutos en silencio, Dawson se levantó de la arena y se sentó a mi lado, vestía el uniforme azul del hospital, y aun así no dejaba de verse tan guapo; su cabello oscuro y revuelto no dejaba de agitarse de un lado para otro a causa de la brisa y su piel, se vislumbraba tan perfecta a la luz del sol.

—Después de todo lograste conseguir la autorización de la familia —comenté—. Es un hermoso gesto de tu parte, sé que cualquier persona no hace estas cosas, demuestra que tienes sensibilidad.

—No es nada —contestó. Le dio un vistazo al Sr. Taylor, quien parecía haber entablado una buena comunicación con Thomas, pues ambos no paraban de hablar—. Todos, por más errores que hayamos cometido, merecemos un instante de felicidad ¿no lo crees?

«¿Felicidad?»

Eso era lo que había sentido esa mañana cuando me enteré que iría con el Sr. Taylor y con Dawson a la playa. Todo esto se lo debía a Carol, que no sabía cómo había logrado conseguir una orden médica en la que supuestamente se me llevaría a realizarme unos exámenes fuera del hospital.

Tía Angie había venido a cuidarme ese día porque resultaba que mamá estaba resfriada, y en su estado no era conveniente que estuviera conmigo en la habitación. Mi tía, era una persona muy dócil, así que no puso ninguna clase de obstáculos y me dejó marchar con Carol.

Todo parecía un sueño, algunas horas atrás pensaba que iría a un horrible laboratorio, y más tarde estaba allí, con la mirada perdida en el profundo y cálido mar, haciendo feliz a alguien, y junto a una persona que hacía latir mi corazón con tal fuerza, que me era difícil controlarlo.

—¿Cómo esa vez cuando cantaste? —formulé, él se desconcertó—. Sí, esa vez estabas feliz.

—Y ¿qué te hace pensar eso? ¿Ahora eres adivina? —cuestionó, divertido, mientras comenzaba a dibujar figuras musicales sobre la arena.

—¿Has probado mirar a las personas a los ojos? —pregunté. Curioso, él volvió sus ojos hacia mí y escuchó atentamente—: Se puede saber mucho de alguien si lo haces. Y tú en el escenario, eras otro. Tus colores eran verdaderos, brillaban como nunca.

—¿Colores verdaderos? —preguntó, desconcertado—. No es fácil mostrarlos —afirmó, volviendo su mirada al mar.

—Es cierto, pero tampoco es tan complicado —Me aventuré a tomar su mano, él volvió su mirada hacia mí y en ese instante, se detuvo el tiempo. Minúsculas partículas de luz estallaban al contacto de nuestra pieles, y todo a nuestro alrededor se pintaba en colores pasteles. «¡Reacciona, Mel!»—. ¿Desde qué edad te gusta la música? —formulé, soltando su mano.

—No lo sé... Creo que desde los diez. Todo comenzó cuando mamá me llevó a un concierto de una banda, verás, cuando los escuché tocar y cantar, fue como si algo se hubiese despertado dentro de mí. Entonces me dije a mí mismo que yo quería ser como ellos —Sonreí, era mágico escucharlo hablar así.



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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