Mi Dulce Doctor

*52*

MELISSA

 

—Voy... Voy a cambiarme en el baño —tartamudeé, señalando la puerta.

—Me parece bien, te espero, entonces —comentó, sentándose en el borde de la cama.

Entré al baño y cerré la puerta con seguro. Me deshice de la ropa que cargaba y me quedé en ropa interior. Por ultimo me quité el gorro y evalué mi cuerpo completo en el espejo.

—¡Dios mío! Me veo horrible —mascullé.

Mi cuerpo empezó a tiritar a causa del frío, así que me vestí velozmente con la ropa que me había prestado Sarah. Cuando estuve lista abrí lentamente la puerta del baño, y casi me daba un infarto cuando vi a Dawson acostado sobre la cama, sin camisa. Uno de sus brazos estaba debajo de su cabeza y el otro puesto en el control remoto, apenas me vio a apagó el televisor, y el marrón de sus arrebatadores ojos, se volvió más intenso.

«¡Santa Virgen, cuando te dije que me ayudaras, hablaba en serio!»

—¡Dawson, te has vuelto loco! —protesté, cruzándome de brazos—. ¿Cómo se te ocurre dormir así? Está haciendo mucho frío, te vas a congelar.

—Lo siento, Mel —objetó con picardía—. No puedo dormir con abrigo, me molesta.

—¡No seas mentiroso! —continué—. La otra vez dormimos juntos y llevabas camisa.

—Estábamos en el hospital.

—Pues imagina que aún lo estamos.

—No.

«¡Ahg, el muy idiota lo hace a propósito!»

—Dawson, es en serio —sentencié—. Ponte un abrigo, o juro que la que dormirá en el suelo voy a ser yo.

—Bien, bien... Eres una mandona —refunfuñó, haciendo lo que le pedí.

Apagó la lámpara dejando la habitación un tanto oscura, pero con la suficiente luz para vernos. Acto seguido, se acostó por el lado derecho, y yo le seguí por el lado izquierdo.

Como la cama era grande, existía una considerable distancia entre nuestros cuerpos; sin embargo, me seguía sintiendo nerviosa, así que le di la espalda y dirigí mi vista hacia la pared.

Dawson se arrastró por entre las sabanas hasta quedar pegado a mí, tragué saliva.

—Mel...

—Mmm.

—¿Te puedo abrazar?

—Bueno... está bien —contesté, tras algunos segundos de silencio.

Él deslizó su brazo por encima de mi cintura y como si se tratase del epicentro de un temblor, hizo estremecer cada centímetro de mí. Cerré los ojos por algunos segundos, mientras el depositaba un sutil beso en mi cuello. En ese momento, acurrucada en el calor de sus brazos, comencé a rezarle a cuanto santo pude, para no voltear y dejarme llevar por todas aquellas sanciones que estaba experimentando.

Quería estar con él, pero no podía porque mis inseguridades comenzaban a pasar factura y eran más fuertes que mis ganas de amarle.

—Que pases buenas noches, princesa —susurró, haciendo que mi tensión disminuyera un poco.

—Igual para ti, pollito —contesté, entrelazando la mano con la suya.

Cerré los ojos, pero los minutos continuaron pasando y ni él ni yo, podíamos conciliar el sueño, así que dirigí mi cuerpo hacia donde él estaba, haciendo que nuestros rostros quedaron frente a frente, casi rozándose.

—Hola —susurré, hechizada por la manera en que me miraba.

Adoraba como sus ojos navegaban mi cuerpo sin tocarlo, y como se iluminaban cuando estábamos cerca, cual estrellas que estaban a punto de estallar.

—Hola... —Esbozó media sonrisa—. ¿Insomnio?

—Sí y ¿tú?

—También.

En ese entonces, nos quedamos en silencio, sumergiéndonos más y más en el profundo mar del deseo. Dejando florecer las ganas que ninguno de los dos se atrevía a enfrentar, él por respeto a mí y yo por mis inseguridades.

—Dawson, tú... —vacilé, tratando de controlar mis nervios. Él me miró fijamente haciendo que me pusiera aún más nerviosa, tomé una profunda respiración y añadí—: ¿Tú quieres que hagamos... bueno, ya tú sabes?

—¿Qué? —preguntó, aunque creo que en el fondo sabía a qué me estaba refiriendo.

—Bueno, eso... —continué, avergonzada.

—¿Qué? —insistió en saber, lo que hizo que me comenzara a irritar—. Mel, no soy adivino.

—El amor... —contesté en un susurro, que creo que ni yo misma escuché

—¿El qué?

—¡¿Que si quieres hacer el amor?! —exclamé, incorporándome y me apoyé en el respaldar de la cama—. ¡¿Que eres sordo o qué diablos?! —gruñí, él estalló en una carcajada—. ¡Dios, eres insoportable!

—Es que... —vaciló, intentando contener su risa—. Me encantas cuando pierdes la paciencia, te vuelves muy graciosa. —Arrugué el rostro y me crucé de brazos, molesta—. Discúlpame ¿sí? —No contesté nada y fingí estar indignada—. Ven... —agregó, tendiéndome su mano para que volviera a mi lugar, tras dudar por algunos segundos, terminé cediendo y me volví a acostar.



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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