Mi Dulce Doctor

*64*

DAWSON

 

Después que se llevaron Jessica en la ambulancia, me despedí de todos y regresé a casa. Al siguiente día me encontré con los padres de Mel en el hospital y me confirmaron que tanto su hija como su nieto estaban bien, pero que para evitar cualquier complicación la darían de alta al siguiente día.

La verdad había sido una experiencia nueva y placentera recibir a esa pequeña creatura entre mis brazos, recuerdo que cuando hice mis residencias siempre traté de permanecer alejado de esas situaciones, pero en aquel entonces mi vida no tenía mucho sentido que digamos, ni siquiera entendía por qué diablos había estudiado una carrera que no me gustaba, pero ahora todo se había tornado muy distinto, hasta había llegado a pensar que estaba completamente enamorado de lo que hacía.

Sí, era irónico, cómo era que uno podía llegar a amar lo que en un principio detestaba, pero algunas veces la vida era así, incomprensiblemente hermosa, irremediablemente extraordinaria. No te daba todo lo que querías, pero sí todo lo que necesitabas.

Cuando ayudé a nacer a ese niño fue como si una inmensurable paz inundara todo mi ser, y entonces comprendí que como médico tenía la fortuna de presenciar milagros como ese diariamente.

Yo no sabía si me equivocaba pero a veces solo hacía falta un detonante para darte cuenta de cuan valioso es lo que haces, y fue precisamente Mel quien me lo enseñó. Ella que con sus palabras llenas de bondad vinieron a sacudir mi mundo; sus palabras tenían vida propia, porque apenas me tocaron me hicieron revivir.

Recuerdo esa vez que fuimos con el Sr. Taylor a la playa, creo que ahí comenzó todo. Desde entonces, el despertar cada mañana y saber que me había convertido en un instrumento de Dios para dar esperanza y consuelo a los que sufrían, me llenaba de una forma inexplicable.

Aproveché la tarde para pasar a visitar a mi novia en su casa y me sentí inmensamente afortunado, por primera vez iría a verla a un lugar que no fuera el hospital. Cuando llegué su tía me recibió, y tuve que esperar aproximadamente media hora a que Mel terminara de arreglarse.

¡Dios! ¿por qué las mujeres son así?

Después de conversar largo rato con su tía y cruzar algunas palabras con su padre, ella al fin estuvo lista y decidimos ir a dar un paseo a un parque en los alrededores. Apenas salí de su casa la tomé de la mano y le dediqué una mirada tierna.

Ella comenzó a contarme lo que había hecho en el día y a mi encantaba escucharla. Fue maravilloso ver como de repente abrió los ojos sorprendida al constatar como el perro de su vecina había crecido, o cómo arrugó la frente, molesta, al ver a su odioso profesor de matemáticas mientras cruzaba la calle.

Todo en ella se me hacía tan cautivador, era perfecta.

—Oye pollito me cargas en caballito —dijo deteniéndose—. No seas malo ¿sí? —insistió cuando vio mi rostro desconcertado.

—Bien —asentí, fingiendo que me molestaba hacerlo—. Lo que me haces hacer. —Ella aplaudió en gesto de felicidad y saltó sobre mí espada enredando sus brazos alrededor de mi cuello, mientras yo sostenía sus piernas entre mis manos.

—Por eso te amo tanto —susurró en mi oído.

—Claro porque te conviene— me quejé, mientras comenzaba a caminar—. ¿Dime por dónde es?

—Es en la otra calle —indicó, robándome un beso en la mejilla. Sonreí ante aquel gesto y seguí sus indicaciones.

—¡Santo Dios! —dije cuando llegamos al parque—. Deberías dejar de comer tanta pizza, pesas una tonelada. —añadí, tras dejarla en el suelo. Ella me observó con los ojos entornados, fingiendo molestia y yo comencé a reír—. Solo bromeaba, princesa—agregué, abrazándola y besando su frente.

Nos volvimos a tomar de la mano y nos sentamos en un banco que quedaba frente a un lago artificial. Todo era calma en ese lugar, a lo lejos se podían ver a algunas personas paseando en botes y en una colina a los niños jugando.

Entonces me pregunté cómo era que algo tan nimio como una salida a un parque podía resultar en algo tan extraordinario. Quizás porque cuando no podías disfrutar de esos momentos diariamente le dabas el valor que merecían. Mel apoyó su cabeza en mi hombro y contemplamos el lugar en silencio.

Después comenzamos a conversar, comimos una que otra golosina y al final decidimos lanzarnos en una tirolesa. Al principio no estaba muy seguro, la verdad no se me daba mucho lo de las alturas, pero Mel insistió tanto que terminé complaciéndola.

No me arrepiento, fue extremadamente divertido, y al final terminamos pasando un día distinto. 

Cuando comenzó atardecer regresamos a su casa y nos despedimos con la promesa de vernos al día siguiente, pues pasado mañana le tocaba regresar al hospital. Me hubiera gustado tanto que permaneciera más días en su casa, pero el Dr. Diaz no lo iba a permitir.

Cuando ya eran eso de las diez de la noche me di un relajante baño y me acosté en mi cama. No tenía mucho sueño, así que encendí el televisor y comencé a ver un documental de extraterrestres. Unos minutos después mi celular comenzó a sonar; Mel me había enviado un mensaje de texto.



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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