Mi Dulce Doctor

*67*

MELISSA

 

SEIS MESES DESPUÉS

Acaricié la tela blanca de mi vestido, mamá me había ayudado a escogerlo y ahora que lo tenía puesto me encantaba más que cuando me lo probé por primera vez. No quería nada exagerado así que opté por un hermoso vestido de estilo bohemio cuyo protagonista era el encaje. Estaba diseñado con un corte en V, tirantes gruesos que dejaban al descubierto mis brazos y una falda vaporosa que llegaba hasta el suelo.

Agarré el espejo entre mis manos y evalué mi rostro; un maquillaje sutil y delicado. Recogí con cuidado un mechón de cabello que se me había escapado y lo coloqué detrás de mi oreja. Como mi cabello aún estaba demasiado corto optamos por colocar un postizo en la parte de atrás desde donde saldría el velo y un cintillo con cristales en la parte de adelante.

Dejé el espejo a un lado y me levanté del sillón; ya los nervios comenzaban a hacer de las suyas.

Caminé por mi habitación y detuve mi vista en un portarretrato. Lo tomé y automáticamente se me dibujó una sonrisa en el rostro. Fue la primera fotografía que nos sacamos cuando por fin regresé a casa, después de aquella dura batalla contra el cáncer.

Esa tarde mamá invitó a mis amigos y a mi novio a cenar, y disfrutamos de una hermosa y emotiva velada en familia. Agradecimos a Dios por esta nueva oportunidad y brindamos por la vida.

Desde ese mismo día decidí retomar nuevamente mi vida, así que busqué donde terminar mis estudios, me inscribí en algunos cursos para mejorar mi técnica en la pintura e incluso comencé a pensar en que quería estudiar cuando terminara mi último año de secundaria.

Por las noches solía sopesar en todo lo que había pasado por culpa de esa enfermedad, que después de todo me había arrebatado más lagrimas que cualquier cosa en el mundo, pero que también me había mostrado cómo vivir. El cáncer me había vuelto una luchadora.

Pasar todo el día rodeada de personas que también sufrían me había enseñado más de la vida, que todos mis años de estudio.

La madurez había llegado como un golpe directo en la cara; me había hecho sangrar demasiado, pero había valido la pena. Dios me había puesto una dura prueba pero también me había bendecido uniendo de nuevo a mi familia y poniendo en mi camino al hombre indicado.

Cada mañana cuando me levantaba, abría la ventana de mi habitación y respiraba el aire fresco proveniente del jardín; tendía mi cama y le murmuraba cuanto había extrañado su suavidad y su calidez. Sí, quizás eran cosas tontas pero para mí tenían mucho valor. Después entraba a la cocina, y llenaba de besos a mi familia. Todos intentábamos borrar los malos ratos y llenar nuestra vida de alegrías.

Casi todos los días iba a visitar a los niños en el hospital y aprovechaba de ir a saludar a mi novio en sus horas libres; lo sorprendía con algún pastel o alguna golosina. Invertíamos algunas horas en continuar con el proyecto de la fundación y planificábamos paseos para algunos pacientes terminales.

Algunas veces íbamos al mirador y nos quedábamos en silencio admirando las estrellas. Era mágica la conexión que existía entre nosotros, no hacían falta muchas palabras, solo nuestros manos entrelazadas eran suficientes.

Otras veces salíamos con nuestros amigos a bailar, al cine o a comer helado. No queríamos perder el tiempo, ni un instante, ni un segundo. Recorríamos las calles de Saint Rose tomados de la mano o admirábamos los colores del atardecer frente al lago.

Cuando era momento de las revisiones y controles médicos, sentía mucha ansiedad y miedo, pero con el tiempo fui canalizándolo. No podía, ni quería vivir con miedo, eso no era vida.

Me sentí sumamente aliviada cuando el Dr. Díaz me dijo que todo marchaba bien, e incluso fui invitada a varios eventos para hablar de mi experiencia con el medicamento en cuestión.

Mi vida había cambiado tanto desde que había salido del hospital; mi cuerpo volvió a llenarse de energía, mi piel recuperó su color, mi cabello comenzó a crecer, mis cejas y mis pestañas se volvieron más espesas, y sentí que me quitaba un gran peso de los hombros. Me sentí libre y viva.

¡Viva!

Una tarde después de ir a visitar a la nana de Dawson fuimos a caminar al parque y hablamos sobre nuestro futuro. Ya no queríamos esperar más, así que hablamos con mis padres y pusimos fecha a la boda.

Mamá se puso a llorar y papá, bueno el no dijo demasiado. Supongo que les alegraba pero también les entristecía el hecho de que ya no viviría en casa.

Desde ese día comenzamos con los preparativos, que si el vestido, que si las invitaciones, que si la luna de miel. Elizabeth contrató a alguien para que se encargara de organizar el evento, así que yo solo decía sí o no, y en menos de un mes todo estuvo listo.

—¡Ay Mel! —exclamó Hanna, devolviéndome de mis pensamientos. Dejé la fotografía a un lado y observé el rostro sorprendido de mi amiga—. Te veo y hasta me dan ganas de casarme...claro que ambas sabemos que eso nunca pasará— Ambas reímos y nos dimos un caluroso abrazo—. Me encanta tu vestido ¡Te ves hermosísima!



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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