Mi Dulce Doctor

*80*

MELISSA

 

Abrí la ventana del auto para admirar con mayor nitidez el maravilloso paisaje que nos rodeaba, cerré los ojos por un fragmento de segundo y respiré hondo, dejando colar en mis pulmones el oxígeno puro del campo; intentaba olvidar todo lo que había pasado durante esos últimos meses, lo difícil que había sido para mí aceptar que no podía más, y confirmar a través de los exámenes, que un tratamiento que casi me quitaba la vida, no había dado resultado.

—¿Quieres que nos detengamos a comer algo? —preguntó Dawson.

Volví mis ojos hacia él y lo contemplé mientras conducía; se notaba cansado, últimamente ninguno de los dos podía conciliar el sueño. Me obsequió una sonrisa fugaz, intentaba ocultarme su dolor, pero su mirada melancólica lo delataba.

—No, no tengo hambre —contesté, volviendo mis ojos hacia el horizonte—. Además ya estamos por llegar.

Mientras veía a los arboles desaparecer a medida que avanzábamos, me era imposible no llenar mi corazón con los maravillosos recuerdos de mi infancia; las salidas al lago, las excursiones, los paseos a la montaña, y las risas que como flores se esparcieron en el pastizal.

Sin embargo, de vez en cuando, como un animal que te acecha en medio del bosque, hacía su aparición la tristeza. Siempre he pensado la vida es una cuerda floja que en cualquier momento se puede romper; no obstante, jamás se está listo para recibir esa clase de noticias, cuando te dicen que tienes cáncer es prácticamente una sentencia a muerte, pero cuando te dicen que tienes una recaída es aún más doloroso.

—¿Estás bien, princesa? —inquirió mi esposo, apoyando su mano sobre la mía, era claro que estaba preocupado.

—Estoy bien, Dawson —respondí, mientras dibujaba una sonrisa—. Es por aquí —señalé, indicándole el lugar específico donde quedaba la granja, quince minutos después estábamos allí. Nos detuvimos en mitad del campo y bajamos, eran aproximadamente las diez de la mañana; hacía un sol radiante, sin embargo, esa zona, por la altura en la que se encontraba, solía ser fría. Desde allí se podían apreciar las montañas difusas por la niebla, y un firmamento despejado que nos cubría con su mágico azul celeste—. ¿Y qué te parece? —pregunté, mientras mecía a una Emily inquieta en mis brazos.

Mi esposo frotó sus manos intentando calentarse, y después de dar un vistazo hacia el horizonte, fijó sus ojos en esa pequeña casa con cobertizo, en la que había transcurrido mi niñez. Ese lugar fue mi primer hogar, así que me fue imposible no verme a mí misma jugueteando en las escaleras de la entrada o corriendo en aquel campo cubierto de flores.

—Este lugar es hermoso, Mel —terminó respondiendo—. Es un paraíso.

Y realmente lo era, aquel lugar irradiaba paz a donde quiera que miraras.

—Te lo dije, sabía que este lugar te encantaría —musité, sonriendo—. Mira Em, aquel era mi árbol favorito, por allá solía esconderme cuando mamá quería regañarme, y aquella puerta es la caballeriza —añadí, explicándole a mi hija—. Adoro este lugar, nena, realmente lo adoro.

—¿Mel? —escuché a alguien pronunciar mi nombre, e inmediatamente volví mis ojos hacia la casa. Se trataba de Miguel, un antiguo amigo de mi padre, quien junto con su esposa Amy, eran los encargados de cuidar de los terrenos de la granja. A ambos los recordaba con mucho afecto, habían formado parte de mi familia y volver a verlos hizo que mi corazón se estrujara de tanta alegría—. ¿Eres tú? —insistió en saber, mientras bajaba los escaloncitos de la entrada y caminaba hacia donde estábamos.

—Sí —asentí, sonriendo—. Soy yo, Miguel, tu pequeña Mel.

—Pero... ¿por qué no me avisaste que vendrías?

—Es que quería darles una sorpresa.

—Y vaya que me la has dado. ¡Oh, Dios mío, cómo has crecido! —exclamó, efusivamente—. ¿Y esta nena tan hermosa?

—Ella es Emily, mi hija —respondí—. Y él es mi esposo, Dawson.

Miguel se colocó los anteojos, era como si no fuese capaz de creer todo lo que yo le estaba contando, tantos años teníamos sin vernos que le pareció irreal que esa niña a la que había visto prácticamente nacer, ya tuviese una familia.

—Un gusto en conocerte, Dawson —le extendió su mano.

—El gusto es mío, señor —le contestó, correspondiéndole el saludo—. Mel me ha hablado mucho de usted, dice que le enseñó a montar a caballo.

—No fue muy difícil, tres días de práctica y ya estaba cabalgando como una experta ¿verdad?

—Sí —reí, negando con la cabeza—. Qué tiempos aquellos, mamá y papá vivían asustados pensando que de un momento a otro me iba a caer.

—Sí, esos dos son unos exagerados, sobre todo tu madre. Por cierto ¿cómo están ellos?



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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