Mi Dulce Doctor

EPÍLOGO

Abrí los ojos por una fracción de segundo y contemplé el rayo de luz proveniente de la lámpara del techo; el destello era tan intenso que por momentos llegó a cegarme, sin embargo, su intermitencia, algunas veces lo tornaba tenue.

Parpadeé un par de veces, mientras mi cuerpo que un principio era pesado, se comenzaba a relajar; me sentí como una balsa que se mece sobre un mar en calma, y me dejé llevar.

Había un exceso de movimiento a mí alrededor; podía escuchar voces de personas que iban y venían. Aquella situación me desconcertó; entonces fui consiente que no recordaba dónde estaba.

Intentando encontrar una respuesta, me precipité a mirar a un lado de la habitación y me encontré con unas paredes blancas y grises; en ese instante lo comprendí.

—¿Hora de la muerte? —escuché decir a alguien.

No sentí miedo, había trabajado cientos de veces en aquel lugar, cuando después de especializarme en oncología, decidí convertirme en cirujano cardiovascular, al igual que mi madre.

Aquel quirófano era como mi segundo hogar, así que percibí un intenso halo de paz, cuando supe que era allí donde me encontraba.

—Diez en punto de la mañana —contestó la voz de una mujer.

Mi mente se llenó de recuerdos, esa mañana toda la familia había ido a visitarme porque me operarían; mi viejo corazón ya no estaba funcionando bien.

Dirigí mi mano instintivamente hasta el lugar donde se suponía debía estar mi pecho abierto, pero no había nada, ni siquiera llevaba la indumentaria correcta para este tipo de intervenciones, vestía pantalones de jean, franela, chaqueta de cuero y converses.

Reí, hacía años que no vestía así.

—Iré a avisarle a los familiares —continuó el hombre, quien después reconocí como mi cirujano.

Con sumo cuidado me incorporé de la camilla, hasta quedar sentado. Aquel sencillo movimiento, hacía algún tiempo, se había convertido en una complicada tarea para mí, así que lograrlo con facilidad, fue bastante extraño.

Bajé completamente de aquel soporte, y apenas toqué el suelo, comencé a andar. Mis pies parecían nuevos, ya no dolían.

Todo me pareció tan fascinante que comencé a dar saltitos, bailé y di algunos giros, todo para comprobar que mis piernas estaban funcionando, como desde hacía mucho tiempo, no lo hacían.

—Te lo dije Anna, ese está bien tonto —oí decir a una tierna vocecita, que resultó ser una niña de cabellos dorados.

—Cierto, siempre nos tocan los tontos —le secundó otra de cabello negro—. Pero al menos este está bien guapo.

—Y ¿ustedes son? —pregunté, curioso.

—Yo soy Vicky —contestó la rubia—. Y ella es Anna. Somos tus guías, así que tienes que venir con nosotros.

—Bueno, si quieres puedes despedirte primero —indicó la pelinegra, señalando un lugar específico de la habitación.

Llevé mi vista hacia donde me señaló; no podía creer lo que estaba viendo, mi cuerpo permanecía inerte sobre la camilla.

Algo temeroso, di unos pasos hasta quedar frente a mí mismo; no pude evitar sorprenderme.

Ya no era el mismo jovencito rebelde que un día soñó con ser músico, mi cabello negro y revuelto, se tornó canoso, y las arrugas de mi piel reflejaban el paso del tiempo; sin embargo, estaba satisfecho con la vida que había llevado, pues a pesar de las dificultades, había sido un hombre feliz.

—Buen trabajo, Dawson —musité, tomando mi mano—. Buen trabajo —repetí, sonriendo.

Era seguro que iba extrañar a mi familia, pero donde quiera que yo estuviera, iba a velar por ellos, pues como decía mí amada Mel:

«Aunque ya no esté físicamente a su lado, mi corazón siempre estará con ustedes»

—Es hora de marcharnos —me habló la pelinegra, asentí.

Las puertas del quirófano se abrieron por si solas, movidas por una especie de fuerza sobrenatural, conduciéndonos hasta la sala de espera.

Allí estaba el cirujano, comunicándole a mi familia lo que había acontecido durante la intervención quirúrgica; de inmediato el llanto se dejó escuchar.

—Denme un momento —dije a las niñas, dirigiéndome hacia el circulo que había formado mi familia.

Quise abrazarlos, pero me era imposible, ellos no me veían, así que solo me limité a contemplarlos por última vez, y a agradecerles por toda la felicidad que con el pasar de los años, me habían obsequiado.

—Siempre los voy a amar —susurré, despidiéndome, y acto seguido, retomé mi camino, pero una pequeña manito se aferró a la mía con fuerza.

—¿A dónde vas abuelo? —quiso saber mi bisnieta.

—¡Meli! —exclamé, sorprendido, no podía creer que ella me estuviera viendo.

—Abuelo, no te vayas —insistió la pequeña con sus ojitos llenos de lágrimas.



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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