Mi narrador, me odia

Ese Ángel no tiene nada de ángel

Cuando este tipo odioso, con cara de bobo y que apestaba a perro llegó a su casa, su madre lo esperaba con un pastel de cumpleaños.

—¡Gracias mamá, te amo! —dijo el ser despreciable a su madre, que le sonreía de oreja a oreja a Ángel.

Se llamaba Ángel. Un nombre que podría haber matado de ironía al mismísimo Dios. ¿Por qué le habían puesto Ángel a semejante ser repulsivo, difícil de contemplar con los ojos y que podía hacer llorar a las cebollas?

Ugh. Solo pensar en él, podía hacer vomitar a cualquier persona.

—Quiero llevarle un poco a papá, sé que está trabajando.

—Hijo, papá puede esperar.

Ángel le sonrió.

—Quiero que se sienta tan presente como tú lo estás, mamá —dijo, y puso sus pecaminosos labios sobre la cabeza de su madre en aquello que todos llaman beso.

Ángel se creía que era la mejor mierda que un adicto podría probar en su vida, sólo porque tenía sobresalientes en la escuela, un par de amigos iguales de idiotas que él y una apariencia que a los demás se les antojaba atractiva; pero Ángel no era más que un puberto, demasiado nerd y que con suerte había heredado los ojos verdes de su abuelo.

Ángel era despreciable.

Fue por eso, que por obra de Dios o del Diablo (probablemente fue Dios. Es decir, sólo había que mirarlo para querer asesinarlo), un coche aceleró por la calle y se subió a la vereda, atropellando a Ángel y dejándolo medio muerto.

Era un milagro. El mundo se había salvado de tener un ser humano que amargaba la existencia de todo ser alrededor con una sonrisa traviesa pero que era diabólica y una filantropía que disfrazaba su verdadera naturaleza delictiva.

—Es tan bueno —lloraba su madre junto a su cama de hospital en terapia intensiva—. Quería llevar pastel al asilo de ancianos donde trabajaba también.

—Es tan bondadoso —siguió su novia ahora media viuda—. Me acompañaba hasta mi casa cuando ya era de noche y se llevaba a cualquier perrito o gatito que se le cruzaba para buscarle una familia que los adoptara.

Pero Ángel no tenía nada de Ángel.

Su optimismo era irrisorio, su alegría amedrentaba el odio, su amor por la vida era un chiste vulgarmente desmesurado. Ángel exhudaba las ganas de que algo malo le pasara.

—Pero, ¿por qué atropellaste a Ángel? —me preguntó la juez de mi juicio público. Entonces yo le fruncí el ceño, me levanté, y protesté contra ella en una ira paupérrima.

—¡¿Qué no escuchó nada de lo que acabo de relatarle?!



Selene MJ

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En el texto hay: humor, diversion, humor y comedia

Editado: 12.01.2021

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