Monina, Un Amor Musical

New York, New York

NEW YORK, NEW YORK

 

 

     Las únicas bromas del “día de inocentes” fueron las de Carolina. Los Cuarenta habían empezado a ensayar a las diez de la mañana en el mejor de los ambientes.  La consecución de pasaportes y visas se había dado sin problemas y el papeleo restante corría por cuenta de los papás de los jóvenes músicos, quienes tenían que conseguir, en cualquiera de las notarías de la ciudad, los correspondientes permisos de salida del país para los que todavía eran menores de edad.  Aunque se planeaba hacer un concierto en el que dominaran los géneros rock, pop y disco, existía cierta incertidumbre en cuanto al número de latinoamericanos que asistirían esa noche, lo que terminaría influyendo en la clase de presentación que realizarían. Arturo pensaba que lo mejor era llegar bien preparados en caso de que sobre la hora tuvieran que incluir un poco más de canciones en español. La sorpresa del día corría por cuenta de la nueva instructora de expresión corporal que se encontraba asesorando no solo a los cantantes, sino también a los guitarristas en la clase de movimientos que debían hacer cuando estuviesen en el escenario. “Gracias a la idea de Juan Carlos, y a la aprobación por parte del comité, les presento a María José, ella nos va a colaborar en el ensayo de hoy y en el de mañana en todo lo que tiene que ver con la expresión corporal”–, había dicho  Adriana esa mañana al hacer la presentación de la atractiva instructora que no pasaba de los diecinueve años. Su carisma era impresionante, y tenía una sonrisa para todos y cada uno de los miembros del grupo.  Tratando de aprovechar al máximo el tiempo del que disponían, María José se dedicó a observar y analizar a los cantantes y sus movimientos, igual que a los guitarristas, y en general a todos los músicos que tuviesen la oportunidad de desplazarse por el escenario mientras tocaban sus respectivos instrumentos.  Una vez finalizada la pieza, intervenía no solamente con consejos sino también con los ejemplos necesarios para mejorar lo que sus pupilos estaban haciendo.

 

     –Definitivamente uno sí es muy tieso –le dijo Andrés a Juan Carlos minutos después de haber recibido la asesoría por parte de la elástica rubia.

     –Pero es que a esa vieja con ese cuerpazo le queda muy fácil moverse –comentó Juan Carlos.

     Y después del mediodía, todos estaban fascinados con María José. No solamente por la amabilidad con que los trataba, sino también por la forma como los había llevado a descubrir todo lo que estaban en capacidad de hacer. Mónica era de las más contentas. Se daba cuenta de que algunos de los nuevos  movimientos que la instructora le estaba enseñando eran la base para lograr que su cuerpo se empezara a soltar y así mismo descubriera la agilidad que hasta ahora solo le había visto a Sandra. Era consciente de que se trataba de un largo camino por recorrer para lograr la fluidez total, pero los avances que había logrado en las tres últimas horas la hacían pensar en un promisorio futuro. En los momentos en que otros ensayaban se dedicó a practicar con Luisa y Patricia, e inclusive trataron de armar coreografías que podrían ser usadas en alguna de las próximas presentaciones. Adriana estaba orgullosa de haberle hecho caso a Juan Carlos, y sentía que una vez más estaba logrando cosas nuevas y positivas para el grupo. Sin embargo en algunos de los movimientos que la simpática rubia le había enseñado, había sentido un poco de dolor en el tobillo y había tenido que sentarse a tomar un descanso.

 

     Después de las pizzas que ordenaron para almorzar y de haber compartido toda la mañana con sus compañeros de grupo, Esteban empezó a sentir que podía ver las cosas de otra manera. Se había sentado con su novia, Andrés y Patricia a dividirse la pizza, mitad de pollo con champiñones y mitad hawaiana, que les había sido asignada. Ni su Monina ni él habían tocado el tema concerniente a la llamada de Camilo desde que esta había ocurrido la noche del veinticuatro, y pensó que era lo mejor. No quería ponerle presión, quería dejar que las cosas se dieran por sí solas. Si ella quería quedarse en el grupo, bienvenida estaba, y si quería irse, estaba en todo su derecho. Lo mismo pasaba con su relación. Él había puesto sus cartas sobre la mesa, le había dejado saber lo que él pensaba, lo que él sentía, de ahí para adelante era la decisión de ella y él tenía que estar listo y preparado para cualquier cosa.

 

     Patricia se sentía un poco nerviosa. Le habían asignado cuatro canciones como vocalista principal al igual que a la mayoría de los cantantes más destacados. En ese grupo estaban Enrique, Juan Carlos, Sandra, Mónica, Adriana, Esteban y Luisa. Ismael y Andrés tendrían cinco cada uno y algunos otros solo estarían en una o dos canciones. La exigencia para la atractiva rubia era alta. Nunca había cantado tres de las piezas asignadas, pero había sido la única con el color de voz requerido. Pero los nervios no le frenaban la inmensa felicidad que sentía. Sería su primer viaje a Estados Unidos, haciendo lo que más le gustaba en su vida que era cantar y tocar el trombón, en compañía de su novio al que cada día quería más, y ganando dinero para ayudar a su familia. Le había dicho a su papá que existía la posibilidad de que él los acompañara si así era su deseo, que todos los gastos serían pagados por la organización y que no tendría por qué preocuparse por plata, pero este había declinado la invitación diciéndole que era “muy complicado no tener ni para comprarse una gaseosa en dólares”.

 

     Desde tempranas horas Sandra se había identificado plenamente con María José. Siendo la que menos necesitaba perfeccionar sus movimientos, después de haber escuchado algunos de sus consejos, se había dedicado a ayudarle en la orientación de sus compañeros. Pero le había llamado la atención la manera como la simpática instructora la miraba. Le recordó la forma como lo hacían las niñas con las que había salido en el pasado. Y esto dio pie para que todo el día se quedara pensando en el significado de esas miradas. No quería malinterpretarla y mucho menos llegar a suponer cosas que no fuesen reales. Su atención, desde días antes de ingresar al grupo, seguía centrada en Adriana, con la excepción de las pocas horas en que había mantenido su fugaz romance con Andrés. Pero le resultaba bastante llamativo el hecho de que una atractiva rubia, tan solo dos o tres años mayor, se estuviese fijando en ella. En el caso de que sus suposiciones llegasen a ser correctas, sería muy interesante conocerla más a fondo. Además, con el pasar de los días, se empezaba a dar cuenta de que su amiga se enfocaba cada vez más en Esteban, a pesar de que este parecía haber logrado solucionar los problemas  que tenía con su novia. Había tratado de no darle importancia a su comportamiento, concentrándose en las actividades musicales, más sin embargo empezaba a sentir los primeros signos de impaciencia. A veces pensaba que Adriana simplemente la había usado para tratar de frenar el ingreso de Mónica, y que le había mentido acerca de su supuesto interés en que ella hiciese parte del grupo; pero no le había dado mayor importancia a ese pensamiento. Había preferido ver el lado positivo de toda la situación. Se sentía realizada por hacer parte de Los Cuarenta, y a la hora de la verdad, eso es lo que más valía para ella. Si lo de su amiga se llegaba a dar, sería más que bienvenido, pero si no se daba, sería más que oportuno tener la posibilidad de conocer y llegar a tener algo especial con la llamativa María José. Ahora solo faltaba asegurar si esas miradas tenían el significado que ella creía, o si simplemente se estaba imaginando cosas.



carlosdiazdc

Editado: 15.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar