Morrigan

CAPÍTULO 2

 

 

Por la noche, con las farolas y las pocas personas que aún pululaban de aquí para allá, las calles de la ciudad le parecieron prácticamente exactas.

Estaba comiendo tranquilamente mientras andaba en absoluto silencio buscando algún lugar en el que quedarse cuando vio, junto a un bar, a Julie Delacroix, la mano derecha del presidente, el monstruo que, de no ser por que se lo impedían, habría hecho arder a la mitad de la población. 
Se ocultó tras un contenedor y la observó, esperando a que se marchara.

Es ella.
Mátala antes de que te vea.
Asesina... 
Monstruo...
A la hoguera...

Se tapó los oídos ante las voces que se entremezclaban y comenzaban a enloquecerla. Apenas se las entendía.

― Silencio― susurró tratando de mantener la calma.― Callaos.

Su cuerpo tembló inconscientemente, no por miedo, sino por molestia. Llevaban molestándola tantos años que ya no recordaba el momento en el que las escuchó por primera vez.

― Ya basta...

Apartó las manos de sus oídos apretando los dientes, recogió su mochila y salió de su escondite mostrándose calmada, algo que ni en broma estaba.

La mujer elevó la cabeza en su dirección dejando caer el cigarrillo que sostenía entre sus delicados dedos cuya impecable manicura destacaba de sobremanera incluso en medio de la noche.

― ¿Vives aquí? ― le preguntó mientras sacaba una cajetilla de tabaco de su gabardina beige.

Morrigan se tensó notablemente deteniéndose.

― No― aseguró nerviosa.

Mientras encendía su cigarrillo se puso en marcha, intentando alejarse de allí lo antes posible.

― Pues ten cuidado― le advirtió expulsando humo entre sus labios.― Los brujos y brujas aparecen a estas horas. Y no olvides que el toque de queda comienza en un rato.

Casi corrió cuando estuvo lo suficientemente lejos. Su corazón latía desbocado y sentía como si le faltasen las fuerzas. Aquel tipo de situaciones la superaban, sentía miedo y no podía hacer nada o sino la descubrirían.

―¡Eh, guapa!― exclamó una voz deteniéndola y cuatro hombres corpulentos la rodearon de repente.
― ¿A dónde vas?― inquirió uno de pelo largo acercándosele a paso lento.

La joven miró en todas direcciones buscando una salida. Dos puños se formaron a sus costados.

Cerdos. Pensó con rabia.

Mátalos.
Acaba con ellos.
Haz que callen para siempre.

Y ahí, por primera vez en su vida, les hizo caso.

―Está bien― susurró abriendo las manos.

El ceño de uno de ellos se frunció mostrando confusión.

―¿Disculpa?

Una suave brisa sopló en su dirección, meciendo sus pesados rizos rojos, en el justo momento en el que unos gruñidos guturales resonaron desde la oscuridad cortando la respiración de los hombres.
Cuatro enormes lobos, tan oscuros como la noche misma y cuyos ojos brillaban como focos aparecieron de la nada, y se colocaron, cada uno, tras ellos, sin dejar en ningún momento de gruñir.

― Atacad― les ordenó totalmente relajada y los animales le hicieron caso al instante.

Ella, por su parte, siguió su camino con los gritos de fondo, sin pizca alguna de remordimiento. Nada de aquello le afectaba ya, hacía tiempo que ver u oír a personas morir no le hacía sentir nada.

¿Me estaré convirtiendo en todo lo que odio? Se preguntaba continuamente cada noche, recordando los rostros de los muertos que había visto.

Sacudió la cabeza expulsando todo el aire de sus pulmones. El aullido de uno de los lobos la sobresaltó devolviéndola a la realidad. Debía alejarse de allí lo más que pudiera. Nadie podía verla.

Bostezando se alejó del centro y se ocultó en un almacén abandonado, extrañamente vacío y resguardado, aunque repleto de cosas rotas y olvidadas. Las paredes con la pintura desconchada y repletas de grafitis le resultaron indiferentes. Ya estaba acostumbrada a dormir en lugares que casi pasarían por vertederos.
Una sirena resonó a lo lejos durante un minuto y supo que ya había comenzado el toque de queda.

Sentada en la esquina más limpia se envolvió con una manta negra, y recostando su cabeza sobre su mochila cerró los ojos repitiendo en voz muy baja: ― Sol, Próxima Centauri, Alfa Centauri A, Alfa Centauri B, Estrella de Barnard, Luhman 16 A...

Eso en ella nunca cambió, al fin y al cabo las estrellas siempre habían sido su única constante.
Pronto se sumió en un pacífico sueño con el recuerdo de su hermano mayor presente en su memoria, aquel chico de ojos azules que tanto la acompañaba de niña cuando más nadie quería, y que la defendía de los golpes de su padre. Pero ya no estaba. Ni estaría nunca más.

― Thomas...― lloriqueó adormilada.

Un hombre joven se detuvo en el umbral de la puerta y la observó mientras dormía, desde las sombras. Una llama verdosa se encendió en la palma de su mano y suspiró pesadamente.

― Esta chica me enterrará algún día.

Un brazo le rodeó el cuello aunque ni se inmutó.

― Acosador― susurró cerca de su oído por lo que lo apartó de él con una mano.

El muchacho rió divertido por lo bajo.

― No hagas ruido― pidió y sus ojos verdes centellearon en advertencia.

― Vale...― se cruzó de brazos.― Aburrido.

El extraño le golpeó en la nuca con la mano abierta a lo que el moreno se quejó.

― Cállate.

Morrigan se removió por lo que ambos se quedaron estáticos en su lugar.

― ¿Quién es Thomas?― inquirió el joven de ojos dispares cuando la chica murmuró algo incomprensible en sueños.

El extraño apretó los labios y salió del almacén silenciosamente con su hermano pisándole los talones. Una mujer joven con el pelo negro, liso, la piel morena y los dedos llenos de anillos de plata los esperaba en el exterior, su atuendo la fundía con la oscuridad del callejón, por lo que resultaba muy complicado verla.



G.S.North

Editado: 25.01.2021

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