Murmaider

15: No hay más que pedir

El tridente brillaba en la oscuridad, símbolo de un dios y de la vida en la pesca. Enterrado en el centro del mar, la oscuridad parecía aferrarse a su luz. Ariel se encontró nadando hacia él, sombras oscilaron a su alrededor, convirtiéndose a la distancia en figuras agazapadas, cabizbajas parecían caminar eternamente alrededor del tridente, diseminándose en el abismal y sobre lo que parecía ser sus cabezas brillaba una corona de oro con el mismo resplandor dorado del tridente.

—Los reyes antiguos de la Atlántida.—Susurró apretando los brazos helándose por dentro. La figura de su padre en último lugar, mirándose las manos avanzaba dando pequeños pasos, de sus brazaletes el color comenzaba a perderse así como el resto de su cuerpo. Súbitamente la comprensión golpeaba a Ariel mientras intentaba alejarse de la luz y acercarse a su padre.

El tridente consumía el brillo de sus escamas, la fuerza de su aleta ahora, incluso aunque no fueran más que espuma, la fuerza se llevaba el espíritu valeroso de los protectores del océano. Mordiéndose el labio espero empujando su voz a salir.

—Pa...padre.—Llamó estrechando los ojos, preparando el estómago para la mordida del rechazo.

Como en un sueño su padre giró su rostro cansado, encontrando reconocimiento y un brillo de anhelo en su mirada.

—¿Ariel?—susurro luchando por detenerse y fallando, negando con la cabeza su alegría se transformó en miedo y ansiedad, mirando el tridente volvió la cabeza de nuevo hacia él, sacudiendo sus largas barbas.—¿Por qué estás aquí?, el tridente ya me ha tomado a mí para continuar con el largo ciclo, tu no debes estar aquí.

—No estoy aquí por su poder—Intentando tranquilizarlo Ariel negó efusivamente con la cabeza, no demasiado seguro de ello.— ¿Cómo es que sigues aquí?

El rey tritón se irguió mirando al frente, pese a que lucía como él parecía que algo le faltaba, algo primordial.

— mi voluntad es todo lo que queda como una firma, atada al tridente, el símbolo del rey del mar. Ariel—Su mano rozó la punta de sus cabellos obligada de pronto a seguir al frente.—Nosotros no somos eternos, como muchos piensan, longevos si pero nuestra existencia termina con nuestra vida. Mi corazón se ha ido, aunque me veas aquí no lo estoy realmente, no más de lo que sembré en ti al partir. ¡Cuánto lo siento Ariel!—Gimió con dolor inyectado en los ojos. Rodando entre sus brazos una solitaria perla que el pequeño tritón atrapó entre las manos sin saber que hacer.—Fui todo menos lo que esperabas y merecías...no pude pensar en otra forma de protegerte...¡Tan joven!, un bebé indefenso consumido por el poder de los mares... ¡Morías! Y tu madre te trajo de vuelta, no podía desechar su sacrificio. 

Agarrándose la cabeza el rey murmuró un sinfín de disculpas y lamentos, al igual que recuerdos confusos de los tiempos en los que él no era más que un niñito.—¡Obligado a transmitirte su poder, el mar entero no lo entendería!, ¡Poner sobre tus hombros esa clase de responsabilidades...un rey no miente. —Irguiéndose como si estuviese parado frente a un tribunal a punto de ser juzgado los ojos vacíos del tritón miraron al frente.—Tengo a mi Ariel, lo amo y lo protejo, lo tuve, fue el último... el último. ¡Tan pequeño!

Si el rastro caliente que se escurría por sus mejillas no hubiese existido Ariel apenas notaría las lágrimas que derramaba, no paraba de llorar desde que aquello comenzó; desesperado cuando el hombre pareció perderse en sus recuerdos, atormentandose hasta que levantó la cabeza y volvió a caminar, siguiendo al resto de los reyes que murmuraban. Como si su encuentro no hubiese sucedido. Ariel se alejó con una sensación cálida en el pecho y un peso extra en las manos.

—El presente.—chilló intentando mantener la calma observando su reflejo afligido en la perla blanca.

El sonido de la madera quebrarse arrancó un graznido de la mujer, aferrada a su caldero lanzaba improperios al pelinegro. La espada de Ian, atravesaba la tela mugrienta del vestido de la bruja, rozando su cuello.—¡Libéralo ahora!

—¡No puedo liberarlo!— Quieta y temblando como un gusano la mujer miraba fijamente al soldado, llena de odio y rencor, Ian se alegraba de estar armado, la mujer ya había intentado convertirlo en asno y en un gato apenas llegar, si Ian no fuese condenadamente precavido y rápido no habría escapado. Empujando la hoja afilada, una espesa ceja se arqueó letal.—¡Ahora o muere!

Chillando la bruja se retorció respirando ruidosamente, negando con la cabeza.—¡No puede ser liberado hasta que no supere la prueba, sólo así regresará, lo juro señor!

Chisporroteando odio la boca de la mujer era un rugido, si tono tan falso que Ian estuvo tentado de cortarle las extremidades antes de preguntar de nuevo, apoyando el filo de su espalda contra la carne arrugada de la garganta de la mujer presionó hasta obtener una solitaria gota carmín.

—Aunque, aunque—La escucho tragar con dificultad, vencida.—puede haber otra manera...



Belucarmer

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En el texto hay: sirenita

Editado: 01.09.2018

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