Mythos [ Hijos de las Lunas de Sangre ]

Capítulo 1 | Los Milson

Esa misma mañana, unas cuantas horas antes, el día había amanecido, como tantos otros, manso e imperturbable. Una familia de cabras salvajes pastoreaba plácidamente, regocijándose al sentir sobre sus lomos los rayos de sol matutinos, que ya comenzaban a inclinarse sobre las imponentes montañas nevadas. Un robusto acentor cantaba alegremente sobrevolando las laderas rocosas buscando alimento.

 

En la antigua casa de madera con sabor étnico de los Milson, Ander, Adam y Anne se disponían a empezar un nuevo día, sin saber que ese día iba a cambiar sus vidas para siempre.

 

— ¡Arriba dormilones! ¡A desayunar! Vamos niños, daros prisa que se nos hará tarde otra vez — chilló Marie a sus hijos, mientras exprimía unas naranjas y cocinaba unas tortitas, mirando por la gruesa ventana que acababa de abrir. Marie era una Anemoi, igual que su madre, Arfa. Y como tal, desde pequeña le habían inculcado la devoción al aire de la creación y había aprendido a controlar, manipular y transformar su energía. Por eso le encantaba sentir la suave brisa proveniente del Mont Blanc. Ese rubor que se formaba en sus mejillas y la corriente fría que le ponía los pelos de punta. Aire es mi aliento, le decía siempre Arfa. Su larga cabellera blanca, no paraba de jugar encantada con el viento, balanceándose al ritmo de sus suaves ondas.

 

Adam, el menor de los tres hermanos, se estaba desperezando, intentando recordar el último sueño que había tenido, cuando escuchó a su madre chillar. Un dulce olor, a masa crepitando en una sartén, lo saco de su ensimismamiento. Si la fe podía mover montañas, a él lo movía todo lo que pudiera pasar por sus papilas gustativas. Con el pelo rizado y enmarañado de color rojo intenso cereza (era en lo único que se parecía a su padre) se levantó de un brinco. Bueno, en realidad, no era en lo único, aunque el aún no lo sabía. ¿Dónde demonios he dejado mis zapatillas? Bueno… no importa, me pongo los calcetines y bajo descalzo.

 

Anne llevaba ya horas despierta, casi no había dormido, hoy se estrenaba como coordinadora del círculo de lectura del instituto y estaba muy nerviosa. Vendrían alumnos de otras academias. Se había levantado de madrugada para volver a leer la obra que iban a discutir y hacerse una guía, con anotaciones sobre el autor, el contexto y algunos puntos importantes a tratar en la reunión. Anne era la viva imagen de su madre, había heredado su belleza que escondía debajo de unas gafas de estilo nerd cuadradas y un largo cabello rubio platino mal recogido.

En ese momento, estaba distraída escribiendo en su diario personal. Se lo habían regalado el año anterior para su décimo cuarto cumpleaños. Fue un regalo muy especial ya que llevaba tiempo pidiendo uno nuevo. Ya no era una niña y el anterior era muy infantil. Este era simplemente perfecto, hecho a mano, lo habían encargado exclusivamente para ella le habían dicho sus padres. De color azul turquesa, su favorito. A veces se quedaba embobada simplemente pasando sus dedos por la cubierta, hecha en relieve, simulando las olas del mar. Le transmitía una peculiar sensación de paz y tranquilidad.

Dejó el diario en la mesita de noche, cogió el conjunto perfectamente planchado, que había tardado dos horas en escoger la noche anterior y se fue al baño a prepararse para estar impecable.

 

Y Ander, bueno, Ander seguía durmiendo, como siempre. Aunque esta vez tenía una buena excusa, la noche anterior había estado hasta altas horas de la noche hablando por el móvil. La culpa la tenía una chica, Céline. Era una situación extraña para él, acostumbrado a que las chicas suspiraran al pasar, Céline nunca había parecido para nada interesada. Llevaba tres años detrás de ella, desde que la conoció el primer día de instituto y por fin hoy, ella había aceptado tener una cita. Si Anne era la viva imagen de su madre, Ander lo era de su padre. Alto, facciones suaves y equilibradas, el pelo también rizado del mismo color que su padre. Aunque desgraciadamente solo se parecía en el exterior. En el caso de Ander, ni una montaña podría haberlo movido, a él solo lo movía todo lo que pudiera generar un beneficio hacia su persona.

El grito de su madre lo mal despertó de súbito, enfurruñado encendió a tientas la lamparilla y con los ojos rojos aún, fue hasta el armario. Sacó la ropa nueva que había ido a comprar, para la ocasión el día anterior y se fue al baño.

 

— ¿Tú quieres solo café John? — escuchó Adam que le preguntaba Marie a su padre,  mientras pasaba por el salón para ir hacia la cocina.

— Sí amor, muchas gracias — le contestó John desde el salón, sentado como cada mañana en su butaca, enfrascado en la lectura de las noticias del periódico, con su bata favorita de franela a rayas, verde y rojo oscuro, que hacia juego con su cabello rizado.

Al ver a Adam sin zapatillas, su madre le lanzó una de sus típicas miradas asesinas.

— ¿Qué te he dicho de andar descalzo por casa Adam? ¡Por dios! Encima los calcetines son blancos, míralos, ya están negros. Ves enseguida a tu cuarto y ponte las zapatillas.

— Vale… Mama… — dijo Adam poniendo los ojos en blanco, dándose media vuelta para ir a la habitación, no sin antes coger una tortita del plato.

Subió las escaleras, en el pasillo se encontró con Ander, su hermano mayor, delante de la puerta del baño.



Diego Zicavo

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En el texto hay: fantasia, aventura, dosmundos

Editado: 02.07.2020

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