Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Prólogo

En un lugar perdido del bosque, un lobezno se detuvo al pie de un árbol. Aún sollozando, se acurrucó entre las raíces y buscó consuelo ocultando el rostro con su cola. Tenía frío. Estaba solo y temía no poder volver con su familia. Se encontraba lejos de su manada; tanto que yacía a unos cuantos metros de tierras sin dueño.

Lo observé atento desde una rama.

Cuando la luna terminó su recorrido por el horizonte, el pequeño perdió el agarre de su forma salvaje y regresó a parecer un niño de hombre. Era un Hijo de Diana, que, a diferencia de los Malditos de Aithan, tenía su alma vinculada con el espíritu del bosque, adorador del astro plateado. Al quedar desnudo, su fuerza disminuyó. Supe que era cuestión de tiempo para que le llegara la hora de su muerte. Estaba mojado y a poco de entrar en hipotermia.

—Ven —dije.

Él levantó la cabeza, no obstante, al creer que se había tratado de un susurro del viento, se acostó de nuevo. La caída de copos de nieve aumentó y una delgada capa blanca no tardó en cubrir su alrededor.

Emprendí vuelo.

—Ven —repetí, esta vez dando vueltas sobre él.

El niño me miró. No lució sorprendido por tener a un búho hablándole, pero sí interesado.

—Ven.

Aproveché su atención para guiarlo hacia el claro. Me posé sobre una piedra y esperé.

La cría se había sentado para no perderme de vista, mas no caminó hacia mí. No era tan ingenuo después de todo. Sabía que estaba en el límite de su territorio y que fuera de él sería todavía más vulnerable. Sus instintos se lo decían. Sin embargo, yo no desaprovecharía esa gran oportunidad.

Extendí mis alas y solté un silbido que no era característico del ave que encarné. Ante sus ojos, la nieve cerca de mí se derritió y transformó en el césped más verde; salieron flores y creció un arbusto de arándanos azules. La calidez se extendió hacia él, apenas tocándolo, llamándolo a adentrarse en ella.

Aquello produjo una reacción. El niño se puso de pie con la ayuda del tronco. El hambre y la necesidad de calor tuvieron más poder. La supervivencia le ganaba a la razón. Tambaleante, caminó. Su cuerpo estaba sucio con barro y sangre seca, así como contaba con raspones en sus brazos y rodillas. Además el rugido de su estómago indicó que llevaba tiempo sin comer. No pude evitar preguntarme qué le había ocurrido. Un lobezno como él debía mantenerse bajo cuidados extremos.

Le di refugio en mi burbuja, la cual era una grieta en el espacio-tiempo. Era el mismo lugar, pero en otra época del año guardada en mi memoria. Para lograr preservarla por mayor tiempo, recuperé mi cáscara humana.

—Eres como yo —habló el pequeño.

Avanzó un par de pasos encima del pasto antes de derrumbarse sobre su trasero.

—Algo así —repliqué indispuesto a darle explicaciones. Yo era un brujo, descendiente directo de la mismísima Priska, no un hombre lobo.

Abandoné mi roca. Tomé un puñado de arándanos y me agaché frente a él para extender mi palma abierta. Se las ofrecí.

—¿Quieres?

Asintió, ya aproximando sus manitas para agarrarlas. Las saqué de su alcance.

—Espera un momento. Mira lo que puedo hacer.

Cubrí los frutos con mi otra mano. Mientras murmuraba una corta frase en lengua muerta, vi el miedo en él volver al presenciar el brillo que adquirieron mis ojos, pero aquel sentimiento desapareció cuando revelé el resultado. Lo que había en mis manos ya no eran simples arándanos, sino una torta hecha con ellos.

—Ahora es mejor, ¿no es cierto?

—Sí, señor. Es increíble.

—Si la quieres vas a tener que hacer un trato conmigo.

—¿Como una promesa?

Sonreí. El chico era listo.

—Exacto, es como una promesa. Jura que nunca te olvidarás de este día. Recordarás que me debes la vida, pequeño, y si pido tu ayuda tendrás que dármela como pago.

Tomó el pastel de mis manos.

—Está bien, lo prometo. Es lo justo. —Le dio un mordisco—. Papá siempre nos cuenta de cómo le salvó la vida a mi tío y por eso se convirtió en nuestro protector cuando él ya no pudo cuidarnos. Y mamá dice que hay que ser agradecidos.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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